lunes, 5 de noviembre de 2018

Felicitaciones para un supremacista


“Macaco” y “negro de mierda” le profirió el futbolista argentino Leandro Desabato (Quilmes) a su colega de profesión, Grafite, entonces jugador del Sao Paulo. El incidente se produjo el 13 de abril de 2005, durante el desarrollo de un partido de Copa Libertadores de América en el estadio Morumbí, lo que motivó que efectivos policiales, ni bien el jugador rioplatense traspuso la línea de cal cuando se cumplieron los 90 minutos, fuera detenido durante cuarenta horas, y su club se viera obligado a pagar casi cuatro mil dólares para que se instruyera su liberación. Entonces, hace trece años, estaba muy claro que los dichos racistas eran condenados social y penalmente en un país en que por fin los pobres, los desheredados de la tierra, se convertían en prioridad democrática.

Las cosas han cambiado, transcurrida algo más de una década, porque un candidato a la presidencia, perteneciente a la más nauseabunda derecha que pudiera existir en el planeta que hasta la propia Marine Le Pen ha condenado desde París, ha utilizado un lenguaje de odio y discriminación étnica durante toda su campaña, emprendiéndola contra mujeres, afros, homo y transexuales. Ese candidato que lleva el sugestivo Mesías como segundo nombre es ahora el presidente electo del Brasil, y  varios políticos han saludado su triunfo calificando la elección de “limpia” entre los que hay que destacar a Luis Almagro como Secretario General de la OEA, Sebastián Piñera, presidente de Chile; el ex presidente Jaime Paz Zamora,  los exvicepresidentes de Gonzalo Sánchez de Lozada, Victor Hugo Cárdenas y Carlos Mesa; el exvicepresidente de Hugo Banzer, Jorge Quiroga; el alcalde suspendido de Cochabamba, José María Leyes y otros anticomunistas que viven en una especie de guerra fría mental, pertenecientes a las llamadas plataformas ciudadanas que defienden con uñas, dientes y quién sabe con qué otras armas si lo consideraran necesario, el  resultado del referéndum del 21F2016.

Algunos otros, medianamente más astutos, han preferido enviar congratulaciones a la democracia y al pueblo brasileño en genérico, a sabiendas de que la personalización de los parabienes es implícitamente un reconocimiento a que en las reglas de juego, más importa el juego que las reglas, ya que no puede generar dudas que las autoridades electorales le han permitido a Jair Mesías Bolsonaro, decir que lo que se le pegara la gana, apelando, además, a las noticias falsas esparcidas a través de las redes sociales para consolidar el voto en aquellos como él que creen en un Brasil blanco, de ojos azules, incapaces de mezclarse con escorias humanas como los migrantes bolivianos, tal como en su momento el campante ganador, ex capitán de ejército, tributario de las dictaduras militares, lo afirmara sin ambages, superando las torpezas y los excesos de otro parecido a él, llamado Donald Trump.

Los grandes líderes y tomadores de decisiones pertenecientes a la izquierda y el progresismo no deben darse el lujo de subirse en los aviones de los ricos, de los Marcelos Odebrecht, de los propietarios de OAS, de los Queiroz Galvao o de los Camargo Correa, y menos ceder ante coimeras tentaciones que desnaturalizan su génesis política e ideológica. Que eso lo sigan haciendo los conversos y los culipanderos que tienen como proyecto invariable el privilegio del mercado por encima de las necesidades apremiantes de los sectores más deprimidos de la sociedad. “La estrategia de la izquierda es no robar” ha dicho lucidamente Pepe Mujica desde Montevideo, porque la corrupción debe continuar siendo una marca distintiva de los conservadores, de los adoradores del capital transnacional, de los facilitadores de la explotación despiadada de los trabajadores del campo y las ciudades,  del saqueo y el despojo de nuestra biodiversa riqueza, de aquellos que en el fondo son tremendamente parecidos a Bolsonaro, pero que su hipocresía políticamente correcta y un cierto pudor por el respeto a valores humanos elementales, les impide poner en evidencia a través de un discurso o un tweet.

Bolsonaro presidente será algo distinto que Bolsonaro candidato. Moderará su lenguaje, muy probablemente aprenderá a medir sus palabras, pero ningún cambio de estilo o tono impedirá que deje de creer en el supremacismo como guía de sus acciones,  para controlar la sociedad y la economía. Privilegiará a los poderosos empresarios, restituirá privilegios y escenarios para los altos mandos militares. y el resto, incluídos los 45 millones que votaron por el tardío candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, deberán someterse a sus criterios de orden y limpieza, incluído Luiz Inácio Lula da Silva al que tratarán de pudrir en la cárcel de Curitiba y Dilma Roussef, que no logró ganar el curul de Senadora por Mina Gerais, alejada de la presidencia a través de un golpe de Estado “suave” por presuntos hechos de corrupción que hasta ahora no han sido demostrados.

El panorama internacional es patético si se considera que al ex izquierdista uruguayo, Luis Almagro, empleado de alto standing del sistema interamericano financiado por los Estados Unidos, celebra el triunfo de Bolsonaro y persiste en su campaña en la que tacha de dictador a Nicolás Maduro: Está claro, es preferible un explícito militante del conservadurismo y de la derecha, que un converso, como los hay tantos en nuestras comarcas, que terminan alinenadonse con quienes, comenzando desde la retórica electoral, pisotean los preceptos consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, vigentes desde 1948. 




Originalmente publicado el 31 de octubre en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)

martes, 23 de octubre de 2018

Post La Haya: Con el resultado puesto


Forman parte del comemierdismo  --para algunos toda una corriente filosófica—aquellos que juegan a estupendos, insinuando siempre el “te lo dije”, cuando antes de que sucediera lo peor, callaran la boca por ser políticamente incorrecto ir a contracorriente del sacrosanto patrioterismo en el que propios y extraños, izquierdas y derechas, dicen coincidir en que el regreso soberano al Oceano Pacífico es un bien mayor, por tratarse de la reparación de una injusticia y de la puerta hacia el mercado internacional que ayudaría a modificar en positivo las relaciones económicas de Bolivia con el mundo.

Insisto en que la demanda presentada ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) fue impecable. Que se trabajó con denuedo desde 2013, cuando ni imaginábamos que algún día llegaría un 21F o un fallo controvertido del Tribunal Constitucional. Se emprendió esta suerte de estrategia y aventura para intentar sacudir a Chile, el “adversario indolente” según Jaime Paz Zamora (1993), frase que precipitó la renuncia de su Canciller, Ronald MacLean Abaroa, a diez días de la finalización del gobierno del Acuerdo Patriótico. El sacudón internacional se prolongó por un lustro y con el fallo emitido el pasado 01 de octubre hay un explícito reconocimiento, en la parte introductoria del documento de 178 párrafos, que nuestro país nació a la vida independiente con 400 kms. de costa marítima, contenido central astutamente invisibilizado por la estrategia celebratoria de comunicación política del gobierno de Sebastián Piñera.

Sin duda que perdimos, que el objetivo de que la Corte conminara a Chile a la obligatoriedad de un diálogo negociador para una salida soberana no se cumplió porque el conservadurismo de la mayoría de los jueces, la correlación de fuerzas entre el país demandante y el país demandado, y un presunto lobby pudieron más, pero esa derrota no es lo catastrófica que pretenden los militantes del comemierdismo, esos que en lugar de cerrar filas en nombre de los intereses bolivianos, utilizan el tema para conectarlo con los ímpetus prorroguistas del presidente Evo Morales en sentido de que el fallo, si va a ser reconocido por ganador y perdedor, debe serlo en todos sus alcances y no solamente por lo que dice el artículo 177, porque Chile tendrá claro ahora que hay una instancia jurídica internacional que acepta que Bolivia tuvo Litoral, que éste fue arrebatado por una invasión y una guerra sucia, y lo más importante: Que no haya obligatoriedad, a pesar de los varios y consistentes antecedentes presentados por nuestro país, no significa que el problema pendiente haya desaparecido, hecho que la misma CIJ reconoce en el artículo 176, y por lo tanto, los chilenos saben que Bolivia jamás renunciará su derecho a regresar a lo que ese eslogan militar llama “los puertos del progreso”.

Candidatos fracasados siempre con menos del 10 por ciento en las encuestas, oportunistas con un pie adentro y otro afuera --utilizando el problema marítimo para beneficiar imagen y proyección estrictamente individuales-- tránsfugas que dan lecciones de democracia desde el derecho y la ciencia política, operadores-opinadores que le pegan en el palo apostando al candidato equivocado para generar una unidad opositora que no va a producirse, columnistas que redactan a coro “la derrota de Evo” como si no se tratara de un emprendimiento en que todos jugábamos con la misma camiseta, conforman el patético escenario público clasemediero obsesionado con que “el indio tiene que irse”, como si Bolivia comenzara y terminara con su presencia o su ausencia en el poder, luego de doce años de una abrumadora acumulación de hechos demostrables acerca de cómo este país es bastante diferente del que teníamos hasta diciembre de 2005.

Hablar con el resultado puesto, pontificar desentendiendosé del involucramiento que pocas horas antes les era útil, pone en evidencia que los fantasmas del pasado quieren ahora llegar hasta los últimos pisos de la Casa Grande del Pueblo, cuando las reglas de juego dicen que el orden de los factores sí altera el producto porque una cosa era el neoliberal trípode Mercado-Estado-Sociedad y otra muy distinta es el triángulo Estado-Sociedad/Mercado. Con esos jugadores que usan el “resultado puesto” para operar en favor de ciertos intereses, muy lejanos a las aspiraciones y demandas de las mayorías nacionales, no hay caso: Hace mucho que viven con respiradores artificiales.


Originalmente publicado el 10 de octubre en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)

lunes, 17 de septiembre de 2018

1 de octubre de 2018


La sabiduría y lucidez de Ana María Romero de Campero me enseñaron que este oficio del periodismo, por tratar a diario con la coyuntura como sustento fundamental en la elaboración de contenidos noticiosos y opinativos, es presa, muy frecuentemente, de la superficialidad y un margen de error en las apreciaciones temáticas que toca encarar, bastante más altos que los de otros oficios o disciplinas profesionales. En ese contexto miro hoy cómo algunos que en cierto momento de sus trayectos fueron periodistas, habitan la cotidianidad con el desagrado que les produce la persistencia de Evo Morales  en la continuación del ejercicio del poder para alcanzar los objetivos que se ha propuesto hacia 2025, cuando Bolivia deba celebrar el bicentenario de su fundación republicana. Ese desagrado ha afectado objetivamente la calidad y la transparencia con la que pretenden continuar sus carreras y los ha convertido en seres de trajes grises, que hasta por la inauguración de un nuevo estadio de fútbol se indigestan. Es aceptable y comprensible el ejercicio del conservadurismo o la simpatía por los amos del norte, pero que eso tenga que afectar el buen funcionamiento del estómago y el sentido del humor, resulta penoso y digno de una resignada tolerancia.
Dicho esto, y sin ninguna otra pretención que la de entregar este espacio del que dispongo en ANF, me planteo el desafío de hacer del Ahora, una especie de catapulta para la mirada que debe proyectarse en el tiempo acerca de acontecimientos que marcarán nuestra historia más allá de las frívolas refriegas electorales tan momentáneas como intrascendentes, y en esa lógica digo que el 01 de octubre de 2018 será un día fronterizo entre el antes y el después del problema marítimo, de una reivindicación a la que Bolivia nunca renunciará, sencillamente porque nació a la vida como país, con costa soberana sobre el Océano Pacífico.
En el juicio planteado por nuestro país ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, exigiendo la demanda de obligatoriedad a negociar que tiene Chile, Bolivia ha acertado por donde se vea: Estrategia sólida, abogados competentes y experimentados, un Embajador y Agente muy concentrado en su trabajo, al que jamás se le ha escapado un adjetivo agraviante en contra de ningún personaje de la política exterior chilena y un presidente del Estado, enfocado en conseguir que la comunidad internacional, a través de una de sus principales instancias multilaterales en materia jurídica, reconozca la existencia de un asunto pendiente de territorialidad y acceso al mar que la mismísima República de Chile se encargo de reconocer en distintos momentos del siglo XX y del siglo XXI.
A quince minutos de las diez de la mañana del 01 de octubre, a nueve días de recordarse los treinta y seis años de la recuperación de la democracia concretada el 10 de ese mismo mes de 1982, los jueces instalados en el Palacio de la Paz, habrán dicho su palabra y estamos casi convencidos que instando, a través de su fallo, a que Bolivia y Chile se sienten a conversar –lease negociar--, desde ahora respaldados por el derecho internacional, no para revisar el Tratado de 1904, no para que se nos devuelva Antofagasta, no para instalar una caricaturesca soberanía ya que eso debe quedar en el anecdotario de los escibidores de twitter, sino mas bien, para instalar un diálogo que esta vez no quede suspendido o mañosamente interrumpido, sino para buscar una solución en la que nuestros dos países, deberán encontrarla de una serie de alternativas que no dañen a Chile en lo más mínimo, y favorezcan a Bolivia en su irrenunciable vocación de regreso al Pacífico. Eso es todo. Para algunos es nada, para otros demasiado desafío, y complejo como cualquier laberinto, que después de haber ensayado varios caminos dentro de él,  tiene objetivamente una sola entrada y una sola salida.



Originalmente publicado en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF) el 14 de septiembre.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Demócratas light.com

Un buen amigo de sobrias costumbres, conocimiento apreciable de la historia de Bolivia y de los entresijos de la vida de las ordenes salesiana y jesuita, me aconsejó hace un par de meses decir públicamente por qué soy un renegado de la clase media, esa a la que por mi condición socio económica, pertenezco según ciertas categorizaciones sociológicas, aunque no me guste ni una pizca.

Pues bien, considerando sensato y oportuno el consejo de éste amigo, digo ahora que aprecio mucho a las clases medias de países como Argentina y Uruguay, inscritas en el discurso progresista y transformador de nuestra historia signada por desmembraciones, despojos, saqueos, opresión, violaciones a los derechos humanos y tutelaje político digitado desde Washington, y las aprecio y respeto, precisamente, porque una cosa es tertuliar con conocimiento de causa –lease de la historia y sus avatares—y otra hacerlo desde la sarta de prejuicios y vocación discriminatoria emparentada con el supremacismo, que ha caracterizado nuestra historia republicana, con barones de la plata, el estaño y la goma como referentes fundamentales que explican por qué los indios y las indias fueron reducidos a “mulas de carga”, invisibilizando y violando sus orígenes étnico culturales, su derecho a la vida y al trabajo digno, a la participación ciudadana y a la reapropiación de sus tierras y territorios.

La clase media con ínfulas jailonas (viene de high society, para los que no lo saben), esa misma que por obra y omisión, validaba golpizas impunes de dirigentes de organizaciones indígenas, campesinas y Sin Tierra en la plaza 24 de septiembre e inmediaciones de Santa Cruz de la Sierra (2006 – 2008), se ha refuncionalizado en “plataformas ciudadanas” que bajo la consigna del triunfo que por una nariz –51 contra 49—impediría la modificación del artículo 168 de la Constitución que habilite a una nueva postulación a Evo Morales, pretenden erigirse en la voz incuestionable de la democracia expresada en las urnas, ahora que aymaras, quechuas, guaraníes, y todos los pueblos y naciones originarias ya son bolivianos y bolivianas como nunca antes de 2006 lo fueron.

Cualquier manual básico de marxismo dice que existen solamente dos clases sociales  --proletaria y burguesa-- que han escrito la historia moderna de la humanidad a partir de las revoluciones francesa (1789) y rusa (1917), y en esa lógica, la aparición de las clases medias con todos sus matices en las sociedades urbanizadas del siglo XX terminan constituyéndose, según el argot callejero, en clases “a medias” –indecisas, ambiguas, pendulares, oportunistas--, y son las que determinan destinos electorales como sucediera el 18 de diciembre de 2005 que con un porcentaje definitorio, generó el acabose de las dos décadas de gobiernos neoliberales que administraron el poder desde el pacto, la componenda y la repartija, democracia de la que somos parte con sus pocas luces, todas sus imperfecciones y miserias, aunque parte de esa clase media le siguiera entregando su confianza a herederos de la dictadura y de la tecnocracia, con porcentajes de voto que no fueron suficientes para detener la carrera que Evo Morales ostenta como recordman difícilmente igualable de procesos electorales y en permanencia consecutiva en el cargo.

Esa clase media boliviana, que se alimenta de matrices de opinión cual si tratara de un recetario de repostería, utiliza palabras como las siguientes para defender sus pretendidas convicciones democráticas: “Dictadura. Dictadores. Caudillos. Castro-chavismo. Bolivia no debe llegar a ser como Cuba y Venezuela.” No incluye la palabra comunista porque no sabe que es el comunismo, y en realidad porque no sabe de qué consta la compleja historia boliviana antes de que arribaramos a este siglo XXI.

El único objetivo de esa clase media muy conservadora en la retórica familiar, pero absolutamente desmadrada en las redes sociales, es que “el indio tiene que irse”, que se debe “respetar la voluntad del soberano” y ahí juegan sus cartas los operadores financiados por los Ricky Ricones de la política criolla, disfrazados de “analistas políticos” en los medios, y camuflándose  en esas plataformas que como única certeza las mueve la inviabilidad de la candidatura de Evo y después que venga lo que sea, al final si el indio se va, lo que suceda a continuación es lo de menos: He aquí entonces las razones de mi absoluto rechazo a las clases medias bolivianas de barrio tradicional, esas que suscriben con la docilidad movida por sus prejuicios y su racismo, afirmaciones como que Evo ya es parte del pasado y como si en realidad el parque jurásico de la política boliviana no estuviera conformado por esos que vanamente quieren encasillar al MAS en el tablero de la partidocracia, cuando los aciertos y los grandes yerros del MAS son producto de otro tiempo y otra manera de hacer política en una democracia en la que nunca un solo partido contó con dos tercios de voto  parlamentarios.
La clase media, en términos generales, no tiene visión de país porque no lo conoce, porque su sentido de país comienza y termina en un par de gestos patrioteros aprendidos en las horas cívicas escolares. En realidad quiere el retorno al orden establecido de visibles e invisibles.  Sí tiene un listado interminable de prejuicios, de afirmaciones basadas en la prepotencia que otorgan algunas billeteras y cuentas bancarias, y en la histeria moralista que desatan ciertos excesos y desatinos producidos por el poder en sus distintas expresiones --económica, política, judicial, militar o policial--. Pretenden convertir el folklore y el anecdotario político en categoría histórica y por ello sus comentadores redactan y redactan manifiestos en los que queda confundida la lectura crítica con la operación política, formando parte, de esa manera, de los equipos detractores del evismo.  Son neutrales. No tienen partido, no tienen candidato, pero a la hora de la verdad votarán por los de antes, porque no han sabido participar de la construcción de un ahora. Viven de un eslogan machaconamente repetido donde se debe y puede, así como en lugares en los que la falta de respeto en la que incurren los tiene sin cuidado. 

Con todos estos argumentos, tengo que sentirme sereno y convencido, de caminar por la vida como un renegado de la clase media a la que pertenezco sin pertenecer. 


Originalmente publicado en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF) el 14 de agosto.

lunes, 13 de agosto de 2018

El pontificado de Carlos D.

El 9 de agosto de 1980 escuché por primera vez a Carlos Di-ego Mesa Gisbert, cuando se acercaba a treintañal y repartía sus tareas entre el periodismo radiofónico y la dirección de la Cinemateca Boliviana. Se trataba de una charla acerca de la sociología del cine que dictaba a estudiantes en el auditorio del viejo Goethe Institut de La Paz, en la que hacía gala de una gran fluidez de palabra para decir las cosas, provisto de una retórica propia del que, por sobre todas las cosas, ama desbordadamente escucharse a si mismo y ejerce como oficio el de orador.
Obtusos y mezquinos son los que, a pesar de su indisimulable y muy reconocido egocentrismo, pretenden negarle virtudes y aportes a este personaje que supo mamar de las fuentes materna y paterna en el buen hábito de la lectura como pasaje al conocimiento humanístico, aunque varios malvados, corroídos por la envidia, lo consideren “un océano de conocimientos con un milímetro de profundidad”.
Mesa ha escrito sobre cine, fútbol, arquitectura, arte, política y hasta una novela que algunos entendidos no dubitan en tachar de pésima y de la que no tengo otro conocimiento que el de su título --“Soliloquio del conquistador”--, pero fue particularmente destacado en el ámbito del comentario de noticias,  que lo llevó por varias estaciones televisivas hasta que decidiera armar su propia emisora y terminara convirtiéndose en el más eficaz portavoz de las políticas capitalizadoras y/o privatizadoras a la cabeza de Gonzalo Sánchez de Lozada, del que posteriormente se convertiría en acompañante de fórmula electoral como candidato a la Vicepresidencia el año 2002.
Los febrero y octubre negros de 2003 terminaron por extirpar a Sánchez de Lozada del poder y del país, para que Mesa se convirtiera en presidente de la República, lo que para unos fue un acto de consecuencia con la lógica de la sucesión constitucional alimentada por la embajada de los Estados Unidos,  y para otros se trató de una traición, criterio que en su momento esgrimió el que fuera ministro de Defensa de entonces, Carlos Sánchez Berzaín, que prestaba servicios profesionales con su bufete de abogados a Periodistas Asociados Televisión (P.A.T), la empresa de Mesa y socios, y la que luego, según el yerno de Sanchez de Lozada, Mauricio Balcazar, puso en el tapete de negociaciones en una operación que podría resumirse esquemáticamente como “pauta publicitaria por candidatura vicepresidencial.”  
Hay quienes dicen que en su presidencia --duramente cuestionada por afines al gonismo como Irvin Alcaraz y Cayetano Llobet (+) en sendos libros-- a Mesa se le pasó por la cabeza cerrar el parlamento  y que en su momento consideró que el candidato del MNR el año 2002 debía ser él, y no Goni, ambición que no se atrevió a proponer, tal como lo afirmara el mismo yerno de Sanchez de Lozada, Mauricio Balcazar.
Así como ese amor desmedido por sí mismo, le significó imponerse en los ámbitos donde decidió actuar, ahora Mesa debe rendir cuentas por algunos de sus actos como presidente. Como crítico de cine, como estadístico de fútbol, como conocedor del barroco mestizo y como opinador de televisión, Carlos D. fue un personaje que alcanzó notoriedad, pero como político, su tibieza, su conducta ambigua e indecisa, ha sido inversamente proporcional a sus indiscutibles cualidades de discurseador, ese que nos amenazó tantas veces con renunciar porque nos estábamos portando mal, en actitud propia del paternalismo colonialista alojado en sus genes y en su subconciente, allá en las profundidades en las que seguramente prefiere no escudriñar.
Patricio Quispe, presidente de las Víctimas del Octubre Negro, dijo que buscaron a Mesa como en media docena de oportunidades para convencerlo de que se animara a declarar en el juicio civil instaurado en el Fort Lauderdale, Estado de Florida, contra Gonzalo Sánchez de Lozada y Carlos Sánchez Berzaín. Nunca lo recibió y por supuesto que no se incomodó en tomar un avión hasta Miami para hacer efectivo ese su “ni olvido ni perdón” cuando asumió como primer mandatario del país: Revolcón en El Alto y palabras que se llevó el viento.
El asunto que ha terminado con la ecuanimidad de Mesa y sus ayudantes, esos que forman entornos y saben a la perfección la tarea de hacer coro, es el caso Quiborax en el que su gobierno violó la ley y desoyó consejos de sus colaboradores más allegados, omitiendo poner en práctica unas auditorias  imprescindibles, antes de expulsar a los inversionistas chilenos a las patadas, lo que derivaría en un caso de arbitraje internacional que obligó a pagar al Estado boliviano una indemnización de 42 millones de dólares.
No obstante de semejante antecedente, objetivo e incontrastable, Mesa, fiel a su estilo, sigue pontificando acerca de su accionar y conducta, como si una supuesta defectuosa y controvertida estrategia de defensa del Estado boliviano a cargo de su Procuraduría General, lo eximiera de la responsabilidad de ser él quien originó este desastre para Bolivia. Está claro: Si Mesa no expulsaba indebidamente a Quiborax, y lo hacía respetando el ordenamiento jurídico del país que presidía, no se hubiera llegado jamás al Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI).
En los pasillos de la política, la victimización de Mesa estaría sirviendo para convertirlo en el candidato de la vieja partidocracia hoy realineada bajo algunas nuevas siglas, pero conociendo como conocemos a Carlos D…quién sabe si finalmente será candidato. Quién sabe…si se tiene en cuenta que su perfil psicológico no admitiría ni por un segundo ser derrotado por las huestes masistas, las organizaciones sociales, los populistas de izquierda, o los socialistas y comunistas nostálgicos, con 65 años de vida en la que ya es parte de nuestra historia como el último gonista y quién lo dudaría, el primer mesista.

Originalmente publicado el 07 de julio en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)

sábado, 23 de junio de 2018

El olor de la dictadura

El empeño de construír para el imaginario colectivo, el perfil de un Evo Morales/dictador de República bananera pasa por consejos del marketing político y estrategias desinformadoras  y simplificadoras de las transnacionales de la manipulación noticiosa, con el objetivo de evitar que las presidencias y los liderazgos que en América Latina lograron derrotar al neoliberalismo y a los cipayos de los intereses del capital imperial, superen las dos décadas de vigencia en las que se ha logrado reducir significativamente el tutelaje y la injerencia estadounidense en los asuntos políticos de muchas democracias de nuestro continente y por ello en México ya tiembla el establishment con el inminente triunfo de Andrés Manuel López Obrador en elecciones presidenciales. 


En ese cuadrilátero de persuasión incesante que tiene su extensión en las redes sociales, con mucho de  escoria y poco de rigor, Evo es un delirante que ha construído un palacete repleto de lujos innecesarios, gracias a un subconciente compensatorio de las carencias materiales de su pobreza de origen y ha decidido viajar a Rusia a ver un partido de fútbol, por si fuera poco, desprovisto de atractivo para el exigente paladar de los que saben, en el que el anfitrión descorrerá los telones de la Copa del Mundo enfrentando a Arabia Saudí.

La guerra diaria es feroz y no tiene pausa. Sin que todavía Evo se haya reunido con Vladimir Putin, Samuel Doria Medina y Victor Hugo Cárdenas, creen haber demostrado que un acuerdo para invertir mil millones de dólares a través de Gazprom en materia hidrocarburífera es nada más un pretexto para asisitir a la inauguración mundialera que tendrá hipnotizado al planeta durante un mes. Es tan despiadada y oportunista esta confrontación que ahora Jaime Paz Zamora, a través de un tweet, atribuye el mérito de la clasificación de Bolivia a USA 94 a su gobierno, a todas luces, una mentira más grande que la nueva Casa Grande del Pueblo.

Mientras se consigue engatusar a nuevas generaciones clasemedieras y conservadoras de nuestro país, reviso la historia y observo a algunos personajes que llaman dictador a Evo Morales: Jorge Quiroga Ramírez, hijo del Embajador de Bolivia en Malasia durante la dictadura de Banzer y vicepresidente cuando el General se recicló a la democracia. Ernesto Suárez Sattori, hijo de “Mandy” Suárez, Prefecto del Beni durante la dictadura de Luis García Meza. Capitán Manfred Reyes Villa, hijo del Ministro de Defensa de la dictadura garcíamezista, Gral.  Armando Reyes Villa. Y no sé si el Cnl. Arturo Doria Medina, Comandante del regimiento Tarapacá en la Masacre de Todos Santos (1979), apodado “Mariscal de la muerte”, ¿tío de Samuel?…y si no es así,  por lo menos con el mismo apellido paterno.

La lista es larga, profusa y huele mal porque estos herederos del autoritarismo más violento que haya soportado nuestra historia y que conculcaron libertades políticas y derechos humanos, luego de haber crecido en las residencias del privilegio que el abuso gorila generaba, son en este siglo XXI, los más grandes demócratas que hayamos conocido en el país, y en esa lógica, Tuto es un embajador de buena voluntad contra las “dictaduras” de Venezuela y Cuba, Ernesto Suárez es el paladín beniano del Estado de Derecho, y Manfred Reyes Villa…dicta conferencias sobre la situación de Bolivia por Skype ofreciéndonos lecciones de civismo y ejemplar comportamiento ciudadano!

Como tengo una idea muy clara de cómo eran los militares de esos tiempos,  comprendo de qué manera, en los herederos de las dictaduras de ayer, quedarán eternamente impregnados los olores de las botas con los que juegan a ciudadanos demócratas de última generación, pero que quieren disimular con el uso de aguas de colonia de marca. Tratan de contar algunas historietas heroicas cuando en el Ejército se le sublevaron a García Meza, oficiales entre los cuales figuraba  alguno que había sido Edecán del banzerato. Eran los  tiempos en que el chiste de que los militares tenían el problema geométrico de intentar colocarse una gorra ovalada en una cabeza cuadrada, no se podían comentar en voz alta porque la persecución política  -- esa sí que era persecución política—se encontraban a la vuelta de la esquina.

Los hijitos de papá con grado militar no pueden recordar que mientras ellos jugaban al básquet en Santa Cruz de la Siera o manejaban triciclos y bicicletas en las cercanías de sus cómodas casas, sus progenitores gobernaban el país a punta de persecuciones, apresamientos, torturas, desapariciones y asesinatos que generaron el tenebroso terrorismo de Estado que supo inaugurar Victor Paz Estenssoro, principal socio político de Banzer en dictadura y en democracia,  con la puesta en vigencia del llamado “Control Político” en los años 50, del que alguna vez hablaron tantos militantes falangistas y lamentablemente, gran parte de ellos, han dejado nuestro mundo: El dictador Banzer generó en dos distintos momentos de la historia contemporáena, pactos políticos entre represores, paramilitares y víctimas: En 1971 la Falange Socialista Boliviana (FSB) se alió al partido que lo  había azotado en calles , plazas y calabozos, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y en 1993 se asoció con Jaime Paz Zamora y su Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) para  formar gobierno, partido que había nacido en la clandestinidad contra la dictadura banzerista.

Los impostores –muchos de ellos sin conocer su verdadera condición-- hijos, sobrinos y nietos de los que fueron verdaderos dictadores en nuestro país, hablan de dictaduras, y llaman dictador a Evo Morales. Algunos, más pretenciosos, escriben panegíricos reivindicativos de su rol institucionalista en las Fuerzas Armadas, cuando en realidad todos los oficiales del Ejército, la Fuerza Aérea y la Fuerza Naval asumieron, y muy en serio el siguente cuento:

- “¿Qué quieres ser cuando crezcas hijo?

- Militar papá… 

-Militar…y por qué?. 

-Porque cuando sea grande quiero ser Presidente”.














Originalmente publicado el 12 de junio en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)

jueves, 7 de junio de 2018

El cerebro del Vicepresidente


El vicepresidente Alvaro García Linera ha hecho un conteo inexacto de sus neuronas: No tiene setenta millones, sino, por lo menos ochenta y seis millones, si nos atenemos a la media científica que informa de qué están hechos los cerebros de todos nosotros, mortales, normales, inteligentes por condición humana y no por determinación divina. Lo que seguramente quiso decir el segundo mandatario de nuestro Estado Plurinacional, no tiene que ver con la cantidad y las supuestas características enigmáticas de su complejo cerebral, sino con las ideas que ha ido conectando a partir de la utilización libresca, sistemática, disciplinada de los saberes a los que ha podido acceder, esto, acicateado por cinco años de reclusión en Chonchocoro, sitio en el que hay que rebuscárselas creativamente para construír una cotidianidad cargada de sentido, a fin de no caer en la desesperación a que puede conducir el encierro, y para mantener cierta coquetería intelectual, mejor si debidamente adornado con alguna pañoleta de seda que ayude a combatir la helada altiplánica de la ciudad de El Alto.
Las neuronas de García Linera tienen que ser iguales a las de Doria Medina, Tuto Quiroga o Rubén Costas, pero lo que sí puede diferenciarlas de las que poseen sus adversarios políticos a los que no ha dudado en tachar de mediocres, es que el estudiante de Matemáticas de la UNAM, lee y escribe, estudia y reinterpreta, vuelve a Marx y a Gramsci continuamente, e intenta ensamblar la teoría filosófica, política y sociológica que ha sabido asimilar con habilidad autodicacta, desempeño que le ha permitido posicionarse como el vicepresidente más influyente de la historia de Bolivia, porque además de ser un comunista leído y formado, es un disciplinado jefe de la gestión pública y un enemigo de las estructuras de pensamiento esquemáticas y reduccionistas de fuente neoliberal, contenidas de un profundo sentido de injusticia social donde los pobres agravan su condición a diario y cada vez con mayor desesperanza como lo está demostrando el gobierno de Mauricio Macri en Argentina, que le ha estirado la mano al Fondo Monetario Internacional (FMI), reviviendo los 90 del menemismo, aquella época en la que el modelo de ajuste estructural  asoló a nuestros países con sus oprobiosos niveles de injerencia política y económica.
No creo que sea necesario hacer aspavientos de las neuronas que poseemos y que podrían conducirnos a pretenciosas e innecesarias autovaloraciones. Eso de que cada panadero alaba su propio pan, sobra en el caso del Vicepresidente. En lo que sí podríamos coincidir es en la crítica que dice que Bolivia cuenta con un promedio abrumador de políticos que no ha leído la historia de su propia nación, que desconoce y niega su esencia identitaria, que no concibe al país como parte de la comunidad internacional en la que ahora juega un rol con características de visibilidad, y en algunas temáticas, de protagonismo. Ciertamente, García Linera ha desarrollado una sostenible lectura de la realidad, mientras varios de sus adversarios de la derecha han optado por el anquilosamiento de sus visiones, producto de condición de clase, prejuicios ideológicos, rechazo a las miradas progresistas e inclusivas en nuestras sociedades y menosprecio  por el debate y la renovación del pensamiento que conduzca, por los menos, a nociones elementales del destino que se pretende para Bolivia.
En el torneo de neuronas todos quedan más o menos empatados, pero es en el festival de las ideas en el que algunos han dado patéticas muestras de cómo la demagogia puede conducir a extravíos que provocan vergüenza ajena, que impulsarían a considerar que el razonamiento es un derecho humano que estamos obligados a respetar y digo esto porque la grosería ha sido rebasada en todos sus límites cuando se afirma que la nueva Casa de Gobierno debería ser convertida en un hospital oncológico para trescientas camas, en el entendido de que se trata de una ostentosa e innecesaria edificación destinada exclusivamente a cubrir las expectativas de autosatisfacción del circunstancial Presidente del Estado.
El antiguo Palacio Quemado es una vieja casona adaptada y readaptada de manera precaria e insuficiente, considerando las necesidades de infraestructura y operatividad que reclama un Estado moderno. Tiene el despacho del presidente, el del vicepresidente, dos salas de reuniones y un comedor en el tercer piso; los salones Rojo, de los Espejos, la sala de reuniones de gabinete mas tres oficinas destinadas al funcionamiento del Ministerio de la Presidencia en el segundo piso; la Jefatura de la Casa Militar, la sala de prensa y la Gaceta Oficial de Bolivia en la planta baja…esas son las instalaciones de la central gubernamental del trabajo, que cuenta, además, con varias oficinas desperdigadas por aquí y por allá a través de contratos de alquiler. Uno visita el Palacio de Pizarro en Lima, la Casa Rosada en Buenos Aires, Planalto en Brasilia, Carondelet en Quito o el Palacio de la Revolución en La Habana, y a simple comparación, lo que tiene La Paz es propio de un pequeño país anclado en el siglo XIX y por ello queda más que justificada una nueva infraestructura con suficientes espacios para oficinas y salas de reuniones , que permitan superar el inquilinato estatal, más allá de si en el nuevo recinto habrá jacuzzi, sauna o gimnasio, reductos que no necesariamente están vinculados al lujo y al derroche, sino a la necesidad indispensable de contar con ambientes que sirvan para el combate al estrés y a las jornadas laborales de veinte horas contínuas diarias.
Los promotores de esta grosería demagógica, son precisamente aquellos que conciben al Estado como residual a los intereses del capital financiero internacional, a la transnacionalización, el despojo y el saqueo de nuestro patrimonio de  riquezas naturales y recursos humanos. Por eso se empeñan en instalar en el imaginario esa peregrina caricaturización acerca de cómo es posible que un gobernante de izquierda pueda aspirar al confort capitalista, cuando ese  tipo de privilegios es zona exclusiva de los adoradores del mercado, esos que compran hoteles de cinco estrellas en los que muy probablemente no hay siquiera una pequeña enfermería para emergencias.
En un contexto de creatividad política tan  gracioso como vergonzante, el Vicepresidente García Linera debe tener la plena certeza de que no es necesario volver a retar a debate “de a cinco” a sus enemigos políticos. Que con ideas como la de la Casa de Gobierno a ser convertida en hospital, no  hay competencia neuronal posible, que la chacota es parte de la política de cualquier sociedad, y que mientras la oposición tradicional y conservadora continúe fragmentada y anecdótica, sus posibilidades de nuevos fracasos electorales seguirán a la orden del día.


Originalmente publicado el 29 de mayo en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)