jueves, 23 de mayo de 2019

El departamento


El chiste de la democracia pactada decía que Leopoldo Fernández era tan pobre que apenas tenía un solo departamento…el departamento de Pando. Prefecto y Cacique, el preclaro líder territorial del entonces más pobre y aislado territorio del país, manejaba vidas y haciendas para unos en el mejor sentido y luego para otros con el desenlace producido con las muertes de campesinos emboscados en una zanja en la zona de El Porvenir el año 2008.
En cambio, el departamento de propiedad horizontal del matrimonio Teresa Gisbert Carbonell-José de Mesa Figueroa, situado en el edificio Brasilia, calle Juan José Pérez esquina 6 de agosto, no cuesta ni a bala 30 mil, 19 mil o 55 mil dólares según pudiera establecerse a partir de un convencional avalúo comercial practicado por una entidad bancaria, porque sencillamente el metro cuadrado en zona tan céntrica, diagonal al monoblock central de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), está por encima de los mil dólares, ahora y también hace una década cuando fue adquirido por una señora de apellidos Hinojosa Imanareco. Si esa propiedad horizontal cuenta con una extensión de ciento veinte metros cuadrados, está claro que el precio es incluso mayor a los ciento dos mil dólares en que más adelante la misma ex pareja del Coronel Gonzalo Medina, lo habría  revendido con rotundo éxito.
No tengo la menor idea de los precios de los departamentos, -- mientras el hijo de José de Mesa se desgañitaba tratando de explicar y complicándose gratuitamente con el depósito que le hicieran a una de sus cuentas personales --,  que Evo Morales comenzaba a entregar a familias damnificadas por el deslizamiento de un apreciable número de viviendas en una deleznable zona de la ciudad, como lo son el 60 por ciento de las mismas en toda La Paz, según el mismísimo alcalde Luis Revilla. Es decir que esto me hizo notar que Mesa hijo no refirió una sola palabra de solidaridad con las familias caídas en desgracia que por ahora duermen en carpas en la cancha Fígaro, lo que lleva a suponer que calculó no decir ni pío en un asunto en el que el Gobierno Municipal de La Paz deberá dar explicaciones estructurales, superada la crisis, cuando al final de cuentas, los departamentos de los que dispone el gobierno nacional terminen cobijando a la gran mayoría de esas casi dos centenas de familias que lo perdieron todo por las inclemencias del cambio climático, las urgencias que no permiten elegir donde vivir y las irregularidades para autorizar construcciones donde sea y como sea.
Este lío sobre departamentos debe llevarnos inevitablemente a comparar las dimensiones simbólicas del departamento de Leopoldo Fernández, del departamento de los Mesa Gisbert y los departamentos del plan de vivienda gubernamental, felizmente deshabitados, para que pasaran a ocuparlos unas familias a las que jamás se les pasó por la cabeza ni por un segundo, que los sueños de la casita propia se les harían trizas en un abrir y cerrar de ojos.  El departamento de Leopoldo ha sido democratizado a lo largo y ancho, han dejado de mandar caciques de distintos tamaños y los pandinos ahora son más bolivianos que hace aproximadamente dos décadas. El departamento de los papás del ex vice y ex presidente, ha levantado dudas razonables acerca de cómo se vende y compra en Bolivia, de cómo se hacen transacciones inmobiliarias a través de, seguramente, escrituras públicas en las que figuran unas cifras y contratos privados en que aparecen los montos reales y completos.
Para redondear mi panorama sobre la propiedad horizontal, decidí examinar el archivo y me encontré con “El apartamento” (1960), película de Billy Wilder en la que el protagonista (Jack Lemmon) cedía el suyo a los jefes de su empresa, para que se convirtiera en refugio de amoríos clandestinos de los que participaba como amante la chica de la que se enamora (Shirley MacLaine). La crítica de distintas épocas considera esta sencilla película una obra maestra por su claridad argumental, la sencillez de su trama y el oficio de sus intérpretes, capaces de exponer los matices del comportamiento humano a partir de sus pulsiones, así que entre los distintos departamentos aquí abordados prefiero en primer lugar los de la solidaridad con los caídos en desgracia y el cinematográfico de Wilder que se refiere a la doble vida de tantos seres humanos, que en casa tienen una cotidianidad y en el departamento otra escondida, esa que no admite pruebas de su existencia.


Originalmente publicado en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF) el 08 de mayo

jueves, 14 de marzo de 2019

Menos calle que Venecia


En una más de tantas declaraciones forzadas,  el candidato ilustrado dijo que Evo Morales no tiene calle porque se la pasa viajando en helicóptero. El mismo sujeto ya se había equivocado atribuyéndole al Ministro de Comunicación, una declaración que hizo su propio escudero vicepresidencial el 31 de enero en entrevista concedida al diario que alienta su candidatura, en sentido de que a su propio binomio le faltaba calle, esto es, contacto con la gente de a pie, esa mayoría anónima que decide el destino democrático del país cada cinco años.
Diego Armando Maradona dijo de Mauricio Macri en tiempos en que conducía los destinos del club Boca Juniors, que tenía menos calle que Venecia, una más de esas metafóricas frases que grafican cómo se percibe a esos arquetípicos multimillonarios , y me parece que con bisoña sinceridad, Gustavo Pedraza se ha atrevido a reconocer que él y  Carlos Diego De Mesa Gisbert, carecen de lo mismo que según Maradona carece Macri, el mandamás bonaerense que se ha entregado con las manos “atados” al Fondo Monetario Internacional, cautivado por 50 mil millones de dólares y al carisma de su jefa, la longilínea Cristhine Lagarde.
Carlos D. dejó atrás esas aptitudes hipercríticas televisivas con las que defendía la capitalización pensada por Goni,   al haber decidido situarse en el barro de la politiquería de baja estofa con fuertes dosis de olvido e imprecisión, y cómo no, una insultante falta de autoexamen sobre su desempeño como sujeto de perfil público.
Si de honestidad intelectual se tratara, además, el candidato de CC debería obligarse a  escribirle una carta de agradecimiento al presidente del Estado Plurinacional que al nombrarlo portavoz de la causa marítima para el juicio ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) lo rescató de la intrascendencia con la que bajó de perfil en la última década impartiendo charlas a audiencias de universitarios desprevenidos y escribiendo sentencias en modo columna para diarios de derecha antimasistas en distinta gradación. Es a partir de Morales que Mesa decide labrar su candidatura y salir al paso ahora para acusarlo de “no tener calle” es cuando menos desagradecido.
Desde esta lectura, Carlos D. es el segundo candidato del MAS para las elecciones de octubre de este 2019, porque de no haber sido Evo,  no se habrían generado las condiciones para que el segundo vicepresidente de Goni  --quien se pasó por el forro el “ni olvido ni perdón” para reparar justicieramente la masacre de Octubre de 2003 producida en El Alto--, esté hoy nuevamente pontificando como sólo él sabe hacerlo en un contexto en el que sale ampliamente desfavorecido con esos insípidos encuentros de plaza principal que como bien ha dicho el Ministro Canelas saben a paquete turístico.
Y si de espacios públicos hablamos para intentar determinar quién conoce mejor estos, si Carlos D. o Evo Morales en un recuento de sus trayectorias, es necesario en primera instancia  definir que la carretera es la expresión rural de la calle urbana y  la cancha de fútbol del pueblo  el equivalente a la plaza del barrio, márgenes en los que nadie podrá desconocer –ni el propio Mesa, vecino acomodado del club de Golf de Mallasilla, La Paz—que Evo Morales ha sabido hacer de ese conocimiento y experiencia a cielo abierto, un instrumento de lucha que ha bloqueado muchísimas veces al partidismo MNR-MIR-ADN para defender la hoja de coca y los cocales, y para abrirse paso por esas mismas rutas, hacia la toma del poder como nunca antes había sucedido en Bolivia con un proyecto campesino de reivindicación de lo indígena, bajo los códigos del sindicalismo disciplinado al que la democracia meramente representativa no le era suficiente para buscar destino y luego empoderamiento en pleno arranque del siglo XXI, derrotando, entre otros, al mismísimo Mesa, el último de los presidentes neoliberales que dominaron nuestra escena entre 1985 y 2005 .
De calle le conocemos a Mesa que va al Megacenter de Irpavi para asistir al cine, generalmente acompañado por una amiga íntima, en su momento socia empresarial y mas tarde jefa de gabinete cuando ocupó el Palacio Quemado. Mesa no tiene calle o la tiene igual que Macri y tendrá que jalarle las orejas a Gustavo Pedraza por habernos removido la memoria. Como ejemplo demostrativo de esta afirmación, hay que recordar que huyó del Hernando Siles de un encuentro por copa Libertadores en el medio tiempo porque Bolívar perdía 1-5 contra el Atlético Paranaense (2002) y en la segunda etapa logró la proeza de lograr el 5-5 en un partidazo de esos que se recuerdan siempre.
Los que tenemos calle y nos conocemos al dedillo las arterias de nuestra La Paz, los que no negociamos los códigos de lealtad en la gradería futbolera, no nos movimos a pesar de la momentánea catástrofe, mientras él abandonaba la cómoda y exclusiva butaca numerada que tiene reservada invariablemente. Los goles de la academia los anotaron Miguel Mercado, Horacio Chiorazzo en dos oportunidades, Martin Lígori y Julio César Ferreyra y por supuesto que el opinador televisivo de entonces tuvo que resignarse a verlos en los reprises televisivos nocturnos.
El helicóptero que utiliza Evo Morales le sirve para bajar a la realidad de las provincias, aquellas, la gran mayoría, a las que ningún presidente en ejercicio jamás llegó. Mesa puede pretender hacerles creer a muchos lo que no es. Los que lo conocemos hace cuatro décadas, desde cuando trepaba con inequívoca prepotencia a  sus púlpitos de orador sentencioso, nos queda claro que se trata solamente de una figura pública sin la espontaneidad necesarias para el auténtico contacto callejero, tema sobre el que podría darle variadísimas lecciones el ahora presidente del Concejo Municipal de La Paz, Pedro Susz, con el que compartiera por muchos años la dirección de la Cinemateca Boliviana.




Originalmente publicado el 14 de marzo en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)

domingo, 10 de marzo de 2019

El Patrón del Bien


Un relator de Fox Sports subrayó el homónimo: Pablo Escóbar Gaviria fue el Patrón del Mal, el jerarca del narcotráfico colombiano que tanta muerte y tragedia sembró en su país, pero como estaba jugando el partido que narraba por Copa Libertadores, este otro Pablo Escóbar (Olivetti) se convertía, a partir de ese momento, en el Patrón del Bien. Desde entonces, el gran capitán atigrado, de estirpe futbolera paraguaya por temperamento, valentía y compromiso ha hecho honor al sobrenombre que le quedará para siempre, pues no sólo fue Patrón en el sentido hacendal de la palabra, como propietario territorial del campo de juego, sino también en las connotaciones del patrón de comportamiento que supo imponer constituyéndose siempre en una misma persona, en la cancha, en el vestuario o en el comedor de diario de su casa en el que comparte con disciplina cotidiana con su familia de compañera e hija argentinas, y de pequeños hijos bolivianos.
El 18 de diciembre de 2018, tal como lo había anunciado un mes antes, se retiro de la práctica del fútbol, fiel a la seriedad con la que se toma a si mismo. Dijo que colgaría los botines y con todo el dolor de sus entrañas en un partido en que The Strongest goleó a Blooming de Santa Cruz por el torneo de la división profesional, anotó cuatro despidiéndose del verde césped honrando su palabra porque a sus cuarenta años resultaba sensato determinar la hora de la partida.
Si existe una idea-fuerza que todavía me liga al fútbol boliviano, como fiel hincha atigrado marcado por el destino antes de nacer, esa se llama Pablo Daniel Escóbar Olivetti, con quien tengo grabadas, transcritas y editadas diez horas de conversación que convertiremos en libro durante este año a pesar de los vientos y mareas que nos lo han impedido hasta ahora. Grabamos en la soledad y en el silencio de los recintos soleados y deshabitados del estadio Rafael Mendoza Castellón de Achumani a fines de 2017 y en esos diálogos queda evidenciado cuan importante es, por lo menos para mí, como persona y periodista, que un referente de multitudes tenga la entereza cotidiana para hacer coincidir el Ser y el Parecer.
Muy rápido, muy de buenas a primeras, Pablo se convirtió veinte días después en el entrenador del equipo al que le entregó lo fundamental de su vida deportiva y en el que supo cultivar sus valores personales. Formado en una escuela nacional y a través de un programa virtual de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA), se hizo profesional en la materia y comenzó a dirigir a los compañeros con los que había compartido el tricampeonato y esa brillante Copa Libertadores de 2017 en la que Alejandro Chumacero fue uno de los goleadores con ocho anotaciones.
The Strongest está hoy en el podio de la tabla de posiciones del fútbol profesional, pero un traspié sufrido en condición de local, saliendo derrotado por Nacional Potosí, luego de ir ganando 2-0, el último jueves de febrero en el Hernando Siles,  ha situado a Pablo en zona de inestabilidad, de esas que suele fabricar cualquier hinchada a la que caracteriza el exitismo y la urgencia por resultados al día, asunto que exhibe el costado más desagradecido de este hecho socio cultural  llamado fútbol definido por el entrenador italiano Arrigo Sacchi como lo “más importante de lo menos importante”, considerando los millones de seguidores que en distintas intensidades consagran su tiempo libre animando a los equipos de los amores de cada quien.
La práctica dirigencial de los clubes bolivianos informa que ante las primeras señales de inestabilidad en materia de resultados, la propensión pasa por cambiar precipitadamente al técnico, y así tenemos varios que han girado una y otra vez por los mismos equipos, práctica que es una evidencia más de que en nuestro país el fútbol es frágil y poco competitivo internacionalmente, debido al cortoplacismo de miras. Mientras en el vecindario sudamericano se continúa trabajando en el mediano y largo plazo para generar nuevos valores de manera contínua, aquí se trata de de poner y sacar técnicos como si se tratara de pañuelos desechables: Se extraen de cajas que inicialmente tienen la apariencia de mágicas, se usan y se botan.
Los símbolos de las instituciones, aquellas figuras que han hecho historia por calidad, rendimiento y regularidad en cada una de sus actuaciones se merecen el respeto agradecido de sus seguidores. Ese es el trato que corresponde darle a este Patrón del Bien, un futbolista que ha vestido las camisetas atigrada y de la selección nacional con oficio, talento, pero sobre todo con una convicción propia de los líderes naturales, esos que deberán ser recordados por siempre, en este caso en las gradas de la Curva Sur del estadio de Miraflores, allí desde la cual, un puñado de delirantes y exitistas, confunde un mal resultado con una carrera impecable que se merece el bronce reservado para los héroes inmortales. 
Nuestro Pablo Escóbar es el Patrón del Bien,  y así lo tendremos presente por siempre aquellos que sentimos el “The Strongest levanta tu corazón” como una forma de ser, como una manera de vivir.


Originalmente publicado el 04 de marzo en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)



lunes, 18 de febrero de 2019

El Alpacoma de la política boliviana

Se han apoderado de las redes sociales versión boliviana, unos especímenes que ejercitan su empeño cotidiano en hacer del nuestro, un país ridículo que apuesta a no tomarse en serio a si mismo y que ha convertido la repostulación de Evo Morales en el principio y el fin de la vida planetaria. Es para quedar impresionado y de tanto sin sentido perpetrado de a 140 caracteres por minuto, será bueno tener claridad y cierta experiencia para decidir si desternillarse de risa o ponerse a llorar con la dignidad de quien sabe hacerlo sin buscar consuelo.
Bolivia es hoy, en términos generales, una nación de naciones sin partidos políticos, y con candidatos presidenciales que compraron o se prestaron siglas. Mesa se hizo del FRI.  Cárdenas de UCS. Paz Zamora regresa a su fuente primigenia --el PDC-- que le cierra espacio a una señora que vive en un helicóptero creativo inventando bases venezolanas allí donde nunca las hubo ni las habrá.  El hijo del chapaco Gringo Limón encabeza la candidatura de un MNR que ya no es un partido hace mucho, sino una broma melancolica de un ayer que persiste en revalidarse durante un siglo XXI signado por nuevas formas de percibir y aprender la vida.
 Así tenemos a Mesa con la sigla del  partido fundado por el Motete Zamora que nació a la vida institucional como maoísta y acabó en los brazos de Paz Estenssoro y Banzer. También figura Cárdenas, el otrora katarista palmoteandose con unos reaccionarios e intolerantes evangélicos de Santa Cruz de la Sierra que, juntos, lograron manotear la sigla del partido de Max, el cervecero, un asistencialista que quiso ser presidente y encontró la muerte antes de  tiempo, pero más vale que ahorremos más descripciones allí donde lo que encontramos a cada paso son anécdotas, unas debajo de otras, en forma de tweets. Los dos, Mesa y Cárdenas, hay que recordarlo siempre, fueron vicepresidentes de Gonzalo Sánchez de Lozada y Sánchez Bustamante.
Con la excepción del Movimiento al Socialismo (MAS) que es una confluencia en que cohabita la multitud plebeya con todas sus formas, colores y olores, desafiando la autosuficiencia letrada de variados presuntuosos que leyeron mucho y comprendieron poco, y el centro derechista Movimiento Demócrata Social (MDS) de Santa Cruz, en la desintitucionalizada política boliviana hay siglas con personería jurídica vaciadas de inteligencia, visión de mundo, visión de país, militantes, instancias jerárquicas orgánicas o células barriales.  En el primer caso, el candidato formalmente ingresado en el escenario electoral –ese era su objetivo medular en estas primeras primarias—es el tres veces electo con mayoría absoluta Evo Morales, y en el segundo caso, encontramos a un Senador de nombre Oscar Ortíz que estoy casi seguro, ni siquiera sabe como ejecutar el paso básico de la cumbia.  El uno antiimperialista a más no poder, y el otro, pro yanqui, como lo confirman sus distintas ligazones con partidos políticos del circuito de la derecha latinoamericana alineada con Washington y con fundaciones entrenadas en tratar de penetrar sin permiso nuestras dignidades combatientes a tutelajes e injerencias como las que se ejercitan a diario contra la muy lastimada Venezuela de Nicolás Maduro.
Ese el patético panorama que nos encara hacia octubre de este recién nacido 2019: 1. Bolivia dijo no, pero también dijo Sí. 2. El Vice desplegando su mejor esfuerzo para explicar los impresionantes números de la nueva economía asentada en un modelo distinto al mercantil neoliberal, pero seguramente, como él mismo dijera, preocupado porque concurrieron a las urnas menos de la mitad de los militantes de su partido. 3. Samuel al que por fin le demostraron que no siempre una candidatura es posible solamente con una chequera rotunda y quedó fuera del ruedo sin siquiera haber ingresado al vestuario para jugar. 4. La sarta de portavoces remunerados, operadores disfrazados de analistas neutros que acuden a impartir capacitaciones a Los Yungas, que cuando están en la ciudad, juegan agazapados sobre sus teclados a escribir cuanta bazofia crean necesaria para hacer un Alpacoma virtual, un relleno que de sanitario tiene nada, y de miseria humana lo viene completando casi todo.
Y si de relleno sanitario las redes sociales invadidas por la politiquería no muestran nada, como botadero de desperdicios tóxicos cumplen todos los requisitos: Insultos, agravios, calumnias, injurias, difamaciones, racismo, misoginia, homofobia, falsedades e inexactitudes estadísticas, lo que significa que se han pasado trece años indigestados con el “Indio Presidente” y nunca se detuvieron a planear un proyecto genuinamente alternativo, capaz de remplazar la democracia pactada (1985 – 2005) que cumplió su ciclo hecha añicos y conseguir, con ambición inteligente, derribar el proyecto masista que a esta hora sigue siendo el único con Introducción, Desarrollo y Desenlace, tal como ya se pusiera de manifiesto en la Asamblea Constituyente en la que ganó el Sí frente  a la negación, esa con la que persisten en arrancar a Evo de la silla presidencial que ha pasado del piso dos del Palacio Quemado, al veintitantos de su nueva oficina situada en un rascacielos que lleva el nombre de Casa Grande del Pueblo, y en la que casi nunca está porque sigue viajando a tres o cuatro zonas rurales por día.
Frente a tan desolador panorama carente de creatividad, el pasado fin de semana fui a ver “La mula”, última película del gigante y conservador Clint Eastwood que a sus 90 años sigue demostrándonos que pueden existir ciudadanos de derecha dignos y coherentes, que si se atreven a ingresar en el circuito del narcotráfico articulado por los carteles mexicanos, saben que les espera la cárcel, declarándose culpables en los estrados judiciales sin necesidad de que los abogados hagan su trabajo…aquí no, los representantes del conservadurismo señorial y nostálgico no tienen nada que ofrecerle al país hasta ahora y cuando cometen delitos cuelgan el cartel de “persecución política”. Supongo que inventarán algo a  título de “programas de gobierno” en los próximos diez meses para justificar su travesía hacia las elecciones de octubre. Como alguna vez dijo el ahora octogenario Jaime Paz Zamora: Qué difícil es amar a Bolivia.





Originalmente publicado el 30 de enero en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)

lunes, 24 de diciembre de 2018

Travesía electoral (De Goni a Evo)


Después del trauma colectivo producido por el descalabro del gobierno de la UDP (1982-1985), fulminado por el salarialismo cobista y el boicot de las bancadas empresariales instaladas en  el parlamento de entonces (MNR-ADN), se desdibujaba el horizonte utópico, propio de los idealismos de los 60 y 70, con la reaccionaria visión de los que se empeñaron en convencer a la siempre temerosa y vacilante clase media que los comunistas asociados con los miristas y los movimientistas de izquierda encabezados por Hernán Siles Zuazo, se comerían a nuestros niños, nos arrebatarían nuestras casas y el populacho se apoderaría el país. “La indiada se nos viene encima” diría una tía de esas que respiraba racismo por todos los poros. 

La hiperinflación inauguró un estado de derecho con libertades libertinas que precipitaron el adelantamiento de elecciones y  la apertura de una ventana por la que Jaime Paz Zamora se coló en la papeleta de presidenciables, resignándose a que, finalmente su tío Victor (Paz Estenssoro) sería presidente sin ganar elecciones, asociándose con Banzer como ya lo hiciera en el golpe de Estado en 1971, inaugurando la democracia pactada todavía sin repartija de poder y pegas: El General vivía urgido por demostrar que era tan demócrata como sus pares de la multicolor y multisigno, con el nefasto antecedente de que siete años antes cerraba otros siete de dictadura con Plan Cóndor y masacres de Tolata y Epizana incluídas.

Desde entonces he ejercido ciudadanía en las urnas, en aquella elección de 1985 votando en blanco. Cuatro años después no dudé en marcar por el candidato que se desataba las manos y evitaría que el ex dictador ingresara a Palacio por la compuerta democrática: Goni  no era de izquierda, pero su aparente centrismo prometía librarnos del reingreso de  la bota militar con el betún abrillantado por ese voto duro con  promedio de 20 por ciento, a la silla presidencial. Años después caeríamos en cuenta que el dictador desarrollista de los 70 no era desde la ideología económica muy diferente de ese Sánchez de Lozada que terminó sus días de vida pública como un vulgar represor inducido al suicidio poltico por su Ministro de Defensa, Carlos Sánchez Berzaín.

Banzer, Paz Estenssoro y Sanchez de Lozada, secundados por Paz Zamora, adscribieron a Bolivia al unipolar neoliberalismo que impidió por dos décadas consecutivas la emergencia de un proyecto alternativo que nos permitiera comprobar esperanzados que otra izquierda era posible. Así sobrevivimos durante ese tiempo en el que nos convencieron que el pragmatismo insensibilizado con las variopintas demandas sociales era el único camino para que el país no se nos muriera.
Rehacios al militarismo dictatorial sudamericano de los 70-80  debidamente digitado por el departamento de Estado norteamericano, creímos con espantosa ingenuidad que Goni sería el empresario distinto que cambiaría las cosas, pero lo único que logró fue posponer, --aparte de dibujar las condiciones del nuevo saqueo a cargo de las transnacionales que tomaría forma en su siguiente gobierno (2002-2003) -- la llegada del General a la presidencia, cosa que finalmente sucedería en 1997, elección en la que al igual que en 1993, no volví a votar por el que ni siquiera llegó a Bachelor en Filosofía y Letras de la Universidad de Chicago, cineasta aficionado y exitoso millonario de la empresa minera mediana COMSUR.   

Voté por Goni en 1989, y en elecciones municipales una vez por Juan del Granado (2004) y otras dos por Luis Revilla (2010 y 2015), convencido de la importancia de la continuidad institucional y programática para La Paz, y fue en 2002 que sufragué por segunda vez en mi vida electoral por un candidato presidencial con el criterio de no entregarle el parlamento en charola de plata a los gonistas, banzeristas y a los manfredistas (de Reyes Villa) y decidí marcar por Evo Morales que perdió apenas por una diferencia de 1.62 por ciento de los votos con un extraño corte de luz en medio de un crucial recuento nunca debidamente explicado por esa Corte Nacional Electoral presidida por nuestro maestro de la Comunicación, Luis Ramiro Beltrán. A partir de entonces continué votando por Evo --2005, 2009 y 2014--, y además voté por el Sí en el referéndum revocatorio que se transformó en ratificatorio (2008), lo mismo que por la nueva constitución política (2009) y por una nueva repostulación el año 2016 con el mismo criterio por el que voté por Del Granado y Revilla para Alcaldes, el de la prioritaria continuidad, en el entendido de que el ciclo político que persigue el objetivo central de la erradicación total de la pobreza extrema no debía ser interrumpido en el contexto de la llamada Agenda 2025, objetivo mucho más posible de alcanzar con el nuevo modelo económico que con el clásico liberal del que ya sabemos cómo fracasó y por qué terminó desmoronándose con presidente escapando en helicóptero desde el colegio Militar de Irpavi.

En la democracia de elección presidencial indirecta, Paz Estenssoro fue presidente con el 30 por ciento de los votos (1985), Paz Zamora apenas con el 22 por ciento (1989), Sanchez de Lozada con el 35 por ciento (1993), Banzer nada más que con el 22 por ciento (1997), con el mismo porcentaje Sanchez de Lozada para su segundo mandato –22 por ciento—(2002) y luego vendrían las palizas de legitimidad propinadas por el sorprendente Evo Morales que ganó la primera vez con 54 por ciento (2005), 64 por ciento la segunda (2009) y 61 por ciento la tercera (2014).

En el referéndum revocatorio convertido en ratificatorio, Morales logró un aplastante 67 por ciento (2008) y la aprobación de la nueva Constitución Política del Estado alcanzó un 61 por ciento (2009). Desde entonces nos convertimos en Estado Plurinacional de Bolivia y demasiadas cosas han cambiado significativamente para el país, incluída una trama de culebrón muy de melodrama latinoamericano, en el que una señora que ha debido pasar una apreciable cantidad de veces por el cirujano plástico jugó a la mentira mediática propiciada por algún loco del parque  -- todas las ciudades tienen sus locos del parque—que primero afirmó que esta dama había sido madre de un hijo del presidente, para luego de conseguido el triunfo del No el 21F, el mismo personaje dijera que no había hijo. La acusación pasaba por tráfico de influencias entre esta señora de apellido Zapata y el primer mandatario, cosa que nunca pudo demostrarse , pero que sirvió perfectamente, a través de una mentirosa operación mediática, para que el No se impusiera al Sí por tres puntos, cerrándole el paso a la modificación del artículo 168 de la Constitución Política del Estado que permitiría la repostulación presidencial.

Esta es la historia electoral boliviana en las casi cuatro décadas de democracia ininterrumpida de la que goza Bolivia. Hoy nos encontramos en un atolladero polarizador porque una sentencia constitucional habilitó a Evo Morales para ser nuevamente candidato en las elecciones de octubre de 2019, reconociendo su derecho humano a postularse. Bolivia dijo No, pero Bolivia también dijo Sí –51 contra 48 por ciento—y esa es la contradicción principal entre quienes profieren alaridos en sentido de que Evo no tiene más derecho a ser candidato, y los otros, pertenecientes a las organizaciones de indígenas, campesinos, trabajadores urbanos y neocapitalistas de nuevo tiempo, están persuadidos de lo contrario. El show debe continuar.


Originalmente publicado en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF) el 18 de diciembre

lunes, 5 de noviembre de 2018

Felicitaciones para un supremacista


“Macaco” y “negro de mierda” le profirió el futbolista argentino Leandro Desabato (Quilmes) a su colega de profesión, Grafite, entonces jugador del Sao Paulo. El incidente se produjo el 13 de abril de 2005, durante el desarrollo de un partido de Copa Libertadores de América en el estadio Morumbí, lo que motivó que efectivos policiales, ni bien el jugador rioplatense traspuso la línea de cal cuando se cumplieron los 90 minutos, fuera detenido durante cuarenta horas, y su club se viera obligado a pagar casi cuatro mil dólares para que se instruyera su liberación. Entonces, hace trece años, estaba muy claro que los dichos racistas eran condenados social y penalmente en un país en que por fin los pobres, los desheredados de la tierra, se convertían en prioridad democrática.

Las cosas han cambiado, transcurrida algo más de una década, porque un candidato a la presidencia, perteneciente a la más nauseabunda derecha que pudiera existir en el planeta que hasta la propia Marine Le Pen ha condenado desde París, ha utilizado un lenguaje de odio y discriminación étnica durante toda su campaña, emprendiéndola contra mujeres, afros, homo y transexuales. Ese candidato que lleva el sugestivo Mesías como segundo nombre es ahora el presidente electo del Brasil, y  varios políticos han saludado su triunfo calificando la elección de “limpia” entre los que hay que destacar a Luis Almagro como Secretario General de la OEA, Sebastián Piñera, presidente de Chile; el ex presidente Jaime Paz Zamora,  los exvicepresidentes de Gonzalo Sánchez de Lozada, Victor Hugo Cárdenas y Carlos Mesa; el exvicepresidente de Hugo Banzer, Jorge Quiroga; el alcalde suspendido de Cochabamba, José María Leyes y otros anticomunistas que viven en una especie de guerra fría mental, pertenecientes a las llamadas plataformas ciudadanas que defienden con uñas, dientes y quién sabe con qué otras armas si lo consideraran necesario, el  resultado del referéndum del 21F2016.

Algunos otros, medianamente más astutos, han preferido enviar congratulaciones a la democracia y al pueblo brasileño en genérico, a sabiendas de que la personalización de los parabienes es implícitamente un reconocimiento a que en las reglas de juego, más importa el juego que las reglas, ya que no puede generar dudas que las autoridades electorales le han permitido a Jair Mesías Bolsonaro, decir que lo que se le pegara la gana, apelando, además, a las noticias falsas esparcidas a través de las redes sociales para consolidar el voto en aquellos como él que creen en un Brasil blanco, de ojos azules, incapaces de mezclarse con escorias humanas como los migrantes bolivianos, tal como en su momento el campante ganador, ex capitán de ejército, tributario de las dictaduras militares, lo afirmara sin ambages, superando las torpezas y los excesos de otro parecido a él, llamado Donald Trump.

Los grandes líderes y tomadores de decisiones pertenecientes a la izquierda y el progresismo no deben darse el lujo de subirse en los aviones de los ricos, de los Marcelos Odebrecht, de los propietarios de OAS, de los Queiroz Galvao o de los Camargo Correa, y menos ceder ante coimeras tentaciones que desnaturalizan su génesis política e ideológica. Que eso lo sigan haciendo los conversos y los culipanderos que tienen como proyecto invariable el privilegio del mercado por encima de las necesidades apremiantes de los sectores más deprimidos de la sociedad. “La estrategia de la izquierda es no robar” ha dicho lucidamente Pepe Mujica desde Montevideo, porque la corrupción debe continuar siendo una marca distintiva de los conservadores, de los adoradores del capital transnacional, de los facilitadores de la explotación despiadada de los trabajadores del campo y las ciudades,  del saqueo y el despojo de nuestra biodiversa riqueza, de aquellos que en el fondo son tremendamente parecidos a Bolsonaro, pero que su hipocresía políticamente correcta y un cierto pudor por el respeto a valores humanos elementales, les impide poner en evidencia a través de un discurso o un tweet.

Bolsonaro presidente será algo distinto que Bolsonaro candidato. Moderará su lenguaje, muy probablemente aprenderá a medir sus palabras, pero ningún cambio de estilo o tono impedirá que deje de creer en el supremacismo como guía de sus acciones,  para controlar la sociedad y la economía. Privilegiará a los poderosos empresarios, restituirá privilegios y escenarios para los altos mandos militares. y el resto, incluídos los 45 millones que votaron por el tardío candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, deberán someterse a sus criterios de orden y limpieza, incluído Luiz Inácio Lula da Silva al que tratarán de pudrir en la cárcel de Curitiba y Dilma Roussef, que no logró ganar el curul de Senadora por Mina Gerais, alejada de la presidencia a través de un golpe de Estado “suave” por presuntos hechos de corrupción que hasta ahora no han sido demostrados.

El panorama internacional es patético si se considera que al ex izquierdista uruguayo, Luis Almagro, empleado de alto standing del sistema interamericano financiado por los Estados Unidos, celebra el triunfo de Bolsonaro y persiste en su campaña en la que tacha de dictador a Nicolás Maduro: Está claro, es preferible un explícito militante del conservadurismo y de la derecha, que un converso, como los hay tantos en nuestras comarcas, que terminan alinenadonse con quienes, comenzando desde la retórica electoral, pisotean los preceptos consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, vigentes desde 1948. 




Originalmente publicado el 31 de octubre en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)

martes, 23 de octubre de 2018

Post La Haya: Con el resultado puesto


Forman parte del comemierdismo  --para algunos toda una corriente filosófica—aquellos que juegan a estupendos, insinuando siempre el “te lo dije”, cuando antes de que sucediera lo peor, callaran la boca por ser políticamente incorrecto ir a contracorriente del sacrosanto patrioterismo en el que propios y extraños, izquierdas y derechas, dicen coincidir en que el regreso soberano al Oceano Pacífico es un bien mayor, por tratarse de la reparación de una injusticia y de la puerta hacia el mercado internacional que ayudaría a modificar en positivo las relaciones económicas de Bolivia con el mundo.

Insisto en que la demanda presentada ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) fue impecable. Que se trabajó con denuedo desde 2013, cuando ni imaginábamos que algún día llegaría un 21F o un fallo controvertido del Tribunal Constitucional. Se emprendió esta suerte de estrategia y aventura para intentar sacudir a Chile, el “adversario indolente” según Jaime Paz Zamora (1993), frase que precipitó la renuncia de su Canciller, Ronald MacLean Abaroa, a diez días de la finalización del gobierno del Acuerdo Patriótico. El sacudón internacional se prolongó por un lustro y con el fallo emitido el pasado 01 de octubre hay un explícito reconocimiento, en la parte introductoria del documento de 178 párrafos, que nuestro país nació a la vida independiente con 400 kms. de costa marítima, contenido central astutamente invisibilizado por la estrategia celebratoria de comunicación política del gobierno de Sebastián Piñera.

Sin duda que perdimos, que el objetivo de que la Corte conminara a Chile a la obligatoriedad de un diálogo negociador para una salida soberana no se cumplió porque el conservadurismo de la mayoría de los jueces, la correlación de fuerzas entre el país demandante y el país demandado, y un presunto lobby pudieron más, pero esa derrota no es lo catastrófica que pretenden los militantes del comemierdismo, esos que en lugar de cerrar filas en nombre de los intereses bolivianos, utilizan el tema para conectarlo con los ímpetus prorroguistas del presidente Evo Morales en sentido de que el fallo, si va a ser reconocido por ganador y perdedor, debe serlo en todos sus alcances y no solamente por lo que dice el artículo 177, porque Chile tendrá claro ahora que hay una instancia jurídica internacional que acepta que Bolivia tuvo Litoral, que éste fue arrebatado por una invasión y una guerra sucia, y lo más importante: Que no haya obligatoriedad, a pesar de los varios y consistentes antecedentes presentados por nuestro país, no significa que el problema pendiente haya desaparecido, hecho que la misma CIJ reconoce en el artículo 176, y por lo tanto, los chilenos saben que Bolivia jamás renunciará su derecho a regresar a lo que ese eslogan militar llama “los puertos del progreso”.

Candidatos fracasados siempre con menos del 10 por ciento en las encuestas, oportunistas con un pie adentro y otro afuera --utilizando el problema marítimo para beneficiar imagen y proyección estrictamente individuales-- tránsfugas que dan lecciones de democracia desde el derecho y la ciencia política, operadores-opinadores que le pegan en el palo apostando al candidato equivocado para generar una unidad opositora que no va a producirse, columnistas que redactan a coro “la derrota de Evo” como si no se tratara de un emprendimiento en que todos jugábamos con la misma camiseta, conforman el patético escenario público clasemediero obsesionado con que “el indio tiene que irse”, como si Bolivia comenzara y terminara con su presencia o su ausencia en el poder, luego de doce años de una abrumadora acumulación de hechos demostrables acerca de cómo este país es bastante diferente del que teníamos hasta diciembre de 2005.

Hablar con el resultado puesto, pontificar desentendiendosé del involucramiento que pocas horas antes les era útil, pone en evidencia que los fantasmas del pasado quieren ahora llegar hasta los últimos pisos de la Casa Grande del Pueblo, cuando las reglas de juego dicen que el orden de los factores sí altera el producto porque una cosa era el neoliberal trípode Mercado-Estado-Sociedad y otra muy distinta es el triángulo Estado-Sociedad/Mercado. Con esos jugadores que usan el “resultado puesto” para operar en favor de ciertos intereses, muy lejanos a las aspiraciones y demandas de las mayorías nacionales, no hay caso: Hace mucho que viven con respiradores artificiales.


Originalmente publicado el 10 de octubre en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)