viernes, 23 de diciembre de 2022

La asombrosa normalidad de Messi

 

Qatar 2022 ha permitido verificar, nuevamente, que el fútbol se eleva a su máxima expresión de belleza por sobre los escombros que los trabajadores dejan, hasta ofrendando sus propias vidas, en las construcciones de estadios de lujo y comodidades insultantes. Es el capitalismo elevado a sus máximas expresiones simbólicas que nos dice, partido a partido, que para que comience a rodar el balón en los campos de juego, hay que poner por delante la explotación a los migrantes provenientes de la India y de otros países que viven alrededor de ese territorio nacional que de futbolero tiene nada, que discrimina la diversidad de las preferencias sexuales y penaliza al que lleve cualquier distintivo que aluda a la bandera del arco iris de las felicidades alternativas, contestatarias del orden y la ley conservadores.

Qatar es la expresión simbólica de un siglo XXI en el que mandan los petrodólares por sobre las grandes tradiciones históricas y culturales, pero cuando Lionel Messi comienza a desplazarse en las canchas, reingresamos en los pasadisos que nos internan en las patrias del divertimento, del juego, de la celebración por el triunfo o del llanto por la derrota. Que sería de la humanidad sin la posibilidad de que sus seres vivos expresen, apenas nacen, su profunda necesidad interior de aprender a jugar, de compartir, de explorar capacidades creativas para descubrir alguna o para resignarnos a saber de nuestras limitadas destrezas.

Messi ha roto, por lo menos durante casi dos décadas, la monotonía y cierta previsibilidad de los fines de semana y de los partidos en días ordinarios de la Champions League. Nos ha ofrecido un festival continuado y casi indetenible de que hay genios en la vida que nacen para jugar por los millones de hombres y mujeres que apenas pueden hacerlo porque el día a día los conduce al trabajo y al agobio. Y lo ha hecho desde el contradictorio y casi inexplicable lugar de una vida marcada por la normalidad, entendida esta como renuente al estrellato, a los lujos asiáticos, a las extravangancias, al exhibicionismo de la fama y de la fortuna.  Messi ha hecho de la familia su profundo lugar en el mundo, de sus compañeros de juego, el  perfecto argumento del que habla el genial Alejandro Dolina: Se juega al fútbol para hacernos mejores personas, para que nos comprendamos como seres humanos de una manera en que se impongan la solidaridad, el desprendimiento, lejos del egoísmo y la arrogancia individualista. En suma, para querernos entre nosotros, un poquito más.

Desde esa normalidad, sin incidentes mediáticos que caracterizan a tantos rock stars del fútbol de élite, desde su compañera Antonella, desde sus tres hijos, Messi se erige como el hombre más normal catapultado  por su inteligencia superlativa para manejar el balón atado al pie y su genio, a la categoría de jugador histórico, del mejor jugador de  todos los tiempos de acuerdo a la medición masculina tan fálica, que expresa la manía de comparar quién la tiene más grande. No es necesario ir por ahí con Messi. Durante sus dos décadas como futbolista fuera de serie ha ganado por regularidad de rendimiento, por persistencia, ha ganado como el más goleador del Barcelona y la Selección Argentina, ha ganado como el asistidor perfecto  para que sus compañeros la empujen al arco, y también, cuando no ha estado en la mejor de sus formas ha sabido  jugar tan mal, casi desapareciendo del verde césped, para demostrarnos que su genio, su vocación profunda por el juego, emerge desde esa normalidad que nos informa que hasta los más grandes, los  diferentes, los tocados por varitas mágicas, se pueden equivocar y feo, con todo el derecho que les asiste por su simple y sencilla condición humana.

La felicidad que he vivido durante esta Copa del Mundo se llama Lionel Andres Messi Cuccittini. Así como lloré desconsoladamente cuando mi procer del fútbol Diego Armando Maradona, partió de este mundo cruel, lloro con felicidad infantil luego de que Messi me saca de la planicie con un regate, una gambeta, un pase filtrado, un tiro libre perfecto y hasta de un penal marrado. Como bien dijo ese cíclope que tiene por arquero, la Selección Argentina, el Dibu Martínez, “esto es para los 45 millones de trabajadores que no la pasan bien hoy día en mi país”: Una suerte de obrero bajo los tres palos que ataja los penales necesarios para que la patriada conductora de Messi llegue a buen puerto.

Desde mi sensibilidad, el amor al juego es esencialmente prioritario por sobre la heroicidad del triunfo, pero está claro que se ingresa a la cancha para ganar, mejor si jugando como juega Messi con los suyos para demostrarnos que desde la normalidad, pero también desde el rigor de la  protesta contra sus enemigos que lo envidian y amenazan, se puede ser el tipo de la película que hace felices a millones de argentinos y no argentinos, que no dejamos de asombrarnos con sus proezas y su inteligencia suprema.



Originalmente publicado en la columna Contragolpe de La Razón el 17 de diciembre

El asesinato polìtico de Sebastián Moro

 

A la medianoche con un minuto del 10 de noviembre de 2019, el diario Página 12 de Buenos Aires publicaba “Un golpe de Estado en marcha en Bolivia”, nota despachada desde La Paz por su corresponsal Sebastian Moro que también trabajaba con la Confederación Sindical Unica de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB). En dicho reporte periodístico, Moro pormenorizaba lo que horas después se materializaría con la “sugerencia” del Alto Mando Miliitar a Evo Morales que hacia el final de la tarde de ese mismo dìa, anunciaba su renuncia a la Presidencia del Estado Plurinacional de Bolivia.

En los trece párrafos de la nota escrita por Moro se refieren las condiciones imperantes en Bolivia, caracterizadas por los motines policiales, las insinuaciones militares que luego se traduciría en el derrocamiento de Evo y en el caótico ambiente callejero que tenía a las clases medias conservadoras marchando a paso de parada del brazo de uniformados para escrachar, amedrentar y si se veía  necesario, agredir a los “mugrosos indios” del Movimiento al Socialismo (MAS) que salían a oponerse al cambio de gobierno por la vía de la violencia, la represión y días más tarde a través de las masacres que provocaron 37 muertes en las zonas de Huayllani-Sacaba de Cochabamba y Senkata de El Alto de La Paz.

Hoy, a tres años de los acontecimientos producidos en Senkata, debemos también recordar que a los pocos días de los convulsionados días del golpe de Estado que catapultó a Jeanine Áñez a la presidencia de Bolivia, Sebastián Moro fue encontrado en su casa de La Paz, con marcas en su cuerpo producto de una tremeneda golpiza. Conducido a un hospital de la ciudad, debido a la gravedad y contundencia de las agresiones sufridas, el periodista argentino falleció, tragedia que hoy día tiene a parte de su familia en nuestro país clamando por justicia.

Sebastian Moró vivía en Bolivia y sus credenciales informan que era un periodista comprometido con la defensa de los derechos humanos e identificado con el Proceso de Cambio liderizado por Evo Morales. En el maremágnum de acontecimientos e informaciones, esta penosa e indignante historia no está consignada en mi libro “Democracia interrumpida, crisis de Estado y gobierno de facto en Bolivia”, vacío que repararé como corresponde en una segunda edición prevista para 2023.  

A Moro lo mataron por ser periodista de izquierda, por proclamar abiertamente su identificación con el gobierno del MAS y por trabajar con la principal organización que aglutina a los trabajadores campesinos de Bolivia a través de su medio impreso Prensa Rural y radio Comunidad. Lo mataron los paramilitares o parapoliciales que han vuelto a salir a las calles del Plan Tres Mil de Santa Cruz de la Sierra para saquear, masacrar y violar a sus habitantes, migrantes collas dizque residentes de la ciudad más hospitalaria de Bolivia “bajo el cielo más puro de América”, con el grosero pretexto de defender una fecha para la realización del Censo Nacional de Población y Vivienda.

Ese mismo 19 de noviembre de 2019, este periodista fue víctima de la criminalización mediática perpetrada por los tocayos Peñaranda y Garafulic. En la Brújula digital de Peñaranda se publicó “La diputada masista Susana Rivero y su esposo Julio Peñaloza fueron vistos en el aeropuerto de El Alto este martes, con rumbo a Lima con conexión a México, según testigos que estaban en la terminal aérea” y en Página Siete algo parecido:.”La asambleísta Susana Rivero y su esposo fueron vistos en el aeropuerto. Testigos vieron a la diputada y a Julio Peñaloza abordando un avión rumbo a México.”

En su plan persecutorio, como palanca mediática golpista, el execrable periodismo practicado por estos personajes, no sólo que nos criminalizó seguramente con el objetivo de ser “cazados” como lo pretendía el Ministro de la muerte , Arturo Murillo, con todos los masistas “sediciosos, terroristas y narcotraficantes” sino que publicó una falsedad porque jamás abordamos avión alguno a México. Resulta que nuestro temor a pisar el aeropuerto de Viru Viru nos obligó a buscar otra conexión que nos condujera a Buenos Aires, ciudad en la que artesanos de Caminito salieron en nuestra defensa cuando unas señoronas muy cruceño blancoides se acercaron para agredirnos. Nos habían reconocido gracias a las fotos registradas en el aeropuerto de El Alto y publicadas por Brújula digital y Página Siete, corrijo, Página Miente.

En una de las fotografías publicadas por estos genios de la mentira y la manipulación mediática aparece mi hijo Sebastian, entonces menor de edad. Ni siquiera por eso, Peñaranda recordó que alguna vez (1995) lo había llevado a trabajar al diario Ultima Hora que por entonces me encomendaron relanzar sus propietarios, herederos de Mario Mercado.

Con la rabia y el dolor contenido, porque mi historia es insignificante frente a la tragedia que vive la familia de Sebastian Moro, me sumo a su clamor: ¡Justicia con cárcel para sus asesinos golpistas!




Originalmente publicado en la columna Contragolpe de La Razón el 19 de noviembre

Bolsotrump

 

El que es WASP desde los Estados Unidos de América pavoneándose hacia todas las latitudes está arreglado de por vida. White (blanco), Anglo Sajón y Protestante son las credenciales que les franquean acceso ilimitado a los dueños del mundo, hacia todos los territorios que les parezca necesario penetrar sin pedir permiso, y que además de haber acumulado obscenos volúmenes de capital y de dominio económico transnacional, ahora salen al ruedo para reafirmar su predestinación étnica, religiosa, de clase y de casta.  Se trata, en buenas cuentas, del modelo Bolsotrump, una suerte de mix genético entre constructor de rascacielos neoyorkino con supremacía fálica -machista, depredador sexual y misógino- y gris ex militar brasileño partícipe de las dictaduras de los 70 con nombre de predestinado: Jair Mesías.

Trump en la meca de la hipócrita democracia de la “unión americana” ha sido el instigador de un intento de golpe de Estado al estilo gorila sudamericano, paramilitares incluidos, averiando la cuidada arquitectura de El Capitolio y Bolsonaro ha dedicado  los cuatro años de su languideciente mandato a sacarse de encima a cuanto negro, maricón, indígena, lesbiana y chica trans que ensuciaba su paisaje,  instalando el odio con método, con vocación de enviado de Dios capaz de generar ovaciones en las iglesias evangélicas de todo el Brasil y que hoy rezan a nuestro señor Jesucristo a fin de que el demonio Lula con su talante de obrero metalurgista pernambucano no llegue a la presidencia por tercera vez, nada menos que para instalar el comunismo y sentar a su siniestra al mismísimo demonio.

El filósofo francés Eric Sadin afirma con lucidez que vivimos tiempos de la tiranía de los hombres dispersos parapetados con anonimato de redes sociales, que nos encaminamos hacia un totalitarismo de la multitud y que estamos en condiciones de presenciar y soportar un fascismo de nuevo tipo con la mercantilización integral de la vida. En este nuevo contexto, determinado por el tecnoliberalismo que nutre sus arremetidas de la mentira-noticia como instrumento manipulatorio y de control social, la democracia es un asunto menor, porque de lo que se trata no es ya de respetar las reglas de juego, reconocer los derechos del otro y jugar al bien común. Los hombres dispersos creen en la palabra de Dios hecha carne y ahí están los Camacho y los Calvo, que ven en el sujeto contestatario histórico popular de la formación social boliviana, el portador del virus que infectará sus jardines exclusivos de vida opulenta, y que ha llegado a este paraíso terrenal, para servirlo, para “muchachearlo”, para tenerlo bajó su bota Dingo si osa levantar la cabeza.

Para que todo esto funcione en Bolivia es necesario el aparato Unitel, Red Uno, El Deber, cadenas de supermercados, exportadores de soya, y constructores que tramitan sus inversiones en las lavanderías del dinero negro. Hay que apellidar Monasterio, Kuljis o Rivero brothers para organizar la mentira y edificar las fachadas debidamente maquilladas para que no se noten los descascaramientos internos, y así tenemos que el paro indefinido producto de una misa de feligreses entre fashions y cunumis, llamada Cabildo, había sido tan selectivo y discriminador como lo son las mentalidades con los que estos émulos del ideal WASP despliegan sus narrativas de la falacia y de la impostura.

Basta mirar los reportes de “último momento” o los servicios informativos de horario estelar de la televisión logiera, para comprobar la forma en que se despliegan relatos con privilegiados del paro cívico que no paran, y en sus fábricas y centros de producción laboral trabajan como si se tratará de trastiendas de universos paralelos. Nada de eso. Que paren los pobres. Que bloqueen las rotondas “nuestros cambas” que son algo así como “nuestros masistas” que por supuesto no son masistas y que tienen devoción por el patrón, por el facho de nuevo siglo porque como bien dijo el borjano beniano Wálter Guiteras, “hombre blanco nunca miente”.  

Una sencilla, pero incisiva investigación periodística, nos llevaría a la comprobación de que el tan mentado modelo cruceño, tal como es concebido por la oligarquía y sus “élites pensantes” es nada más que una bandera detrás de la que se oculta ese acomplejamiento independentista que amenaza con federalismo porque no soporta que la historia de Bolivia se haya construido desde este infumable andinocentrismo por el que han pasado las luchas sociales, los golpes de Estado, los dictadores, los neoliberales con carcasa democrática y toda clase de conservadores. Detrás de ese modelo están los grandes negocios bien tapados por la mentira  y la manipulación mediática,  a costa , siempre, de papá Estado, de las inyecciones de capital provenientes de la corrupción en la institucionalidad cruceña, de la economía ilícita y de una identidad en la que no se admiten, jamás se admitirán, “cruces de llamas con monolitos”. Ahí están. Esos son. Están hechos de un racismo insuperable.



Originalmente publicado en la columna Contragolpe de La Razón el 05 de noviembre

 

 

Cuarenta menos uno

 

El 10 de octubre de 2022 muchos dirán que celebramos 40 años de democracia ininterrumpida. Muchos otros contestaremos que son 40 menos uno. Que en 2019, con el  pretexto de un fraude electoral nunca demostrado, se produjo el derrocamiento inconstitucional del presidente Evo Morales para dar paso a un gobierno que jamás de los jamases podrá quedar inscrito en el registro de la legalidad democrática.

El gobierno presidido  por Jeanine Áñez, fue producto de la violación a la Constitución y a los reglamentos legislativos para convertirse en tal y a continuación ejerció el poder de manera autoritaria, violatoria de los derechos humanos y corrupta. La ex presidenta está en la cárcel, sentenciada a diez años de reclusión por vulnerar la Constitución y las leyes, y su principal colaborador, el ex Ministro de la muerte, Arturo Murillo, también está en la cárcel (Miami, Florida) por negociados en la compra de materiales represivos destinados a  masacrar al pueblo.

Acabo de visionar “Argentina, 1985” (Santiago Mitre, 2022) extraordinario documento cinematográfico que registra la titánica tarea de los fiscales Julio Strassera y Luis Moreno Ocampo en el enjuiciamiento y condena de los nueve jerarcas militares argentinos que sembraron  el terrorismo de Estado entre 1976 y 1983, encabezados por  el Teniente Coronel Jorge Rafael Videla. En  el final de su vibrante alegato, Strassera, (personificado por Ricardo Darín), pronunciaría una  frase-consigna que quedará marcada en la memoria histórica de América Latina: “Nunca más”.

No sucedió lo mismo en Bolivia que precisamente en 1985 inauguraba dos décadas de neoliberalismo con la participación de un hermano de sangre de Videla dentro el “Plan Cóndor”, el General Hugo Banzer Suárez, que luego de dejar el gobierno en 1978, después de siete años como dictador, reingresó a la política por la puerta democrática con la fundación de su propio partido, Acción Democrática Nacionalista (ADN), que apuntaló el reajuste estructural dictado desde el Consenso de Washington a través del Decreto Supremo 21060  con el que empezaba a funcionar la democracia de pactos, interviniendo la Marcha por la Vida, dejando sin trabajo a 23 mil mineros y confinando dirigentes sindicales –esa sí que era persecución política de verdad—a la localidad de Puerto Rico, Beni.

En 1985, el gobierno de Raúl Alfonsín respaldaba en Argentina a Strassera y Moreno Ocampo para enjuiciar y sentenciar a los militares golpistas genocidas. En 1985, el cuarto gobierno de Victor Paz Estenssoro firmaba en el Palacio Quemado de Bolivia, el Pacto por la Democracia, reeditando lo que fuera en 1971 el golpista Frente Popular Nacionalista (FPN) encabezado por Banzer con la participación de las Fuerzas Armadas, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y la Falange Socialista Boliviana (FSB).

En mis cuarenta años de periodismo, vale decir en los cuarenta años de democracia menos uno, no se me pasó por la cabeza que volveríamos a tener en Bolivia, otra vez, golpistas con distintas jerarquías y diferentes intensidades de actuación. Estaba convencido de que el último gran enemigo de la democracia y sus libertades ciudadanas se llamaba Luis García Meza, pero en 2019, fui desmentido por una realidad lacerante con el regreso de las fuerzas militares y policiales a las calles para perseguir, amedrentar, apresar indebidamente, sembrar pruebas incriminatorias, esta vez , contra los actores de la esfera popular boliviana que cometieron sacrilegios tales como los de hacer flamear wiphalas en las carreteras y en las barricadas oponiéndose a la llegada de los golpistas de nuevo Siglo que entre los desmanes, torpezas, y crímenes cometidos, demostraron por qué Bolivia, entonces, había dejado de ser democrática, a pesar de la vigencia de la Asamblea Legislativa Plurinacional presidida en sus dos cámaras por representantes del MAS, que estuvo a muy poco de quedar políticamente intervenida y clausurada por el gobierno de Áñez y sus esbirros.

Quienes se llenaron la boca de virtudes democráticas desde 1982, terminaron tan golpistas como sus antecesores y mentores político ideológicos. Así, Tuto Quiroga termina su carrera política tan golpista como el Gral, Banzer. Lo mismo que Oscar Ortíz. Lo mismo que el hijo de un falangista del golpe de los 70, hoy gobernador de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho. Lo mismo que Carlos Mesa, el vicepresidente de Sanchez de Lozada, adorador de Paz Estenssoro. Lo mismo que Samuel Doria Medina. Lo mismo que Waldo Albarracín. Lo mismo que Rolando Villena (+). Lo mismo que curas católicos como Monseñor Eugenio Scarpellini (+).

Hay que recordar por estos días a los auténticos luchadores por las libertades ciudadanas, y en este último tiempo, a quienes, desde las carreteras y las organizaciones sociales se movilizaron para recuperar a través de elecciones producidas en 2020, la senda de la democracia con gobernantes electos por el pueblo.



Originalmente publicado en la columna Contragolpe de La Razón el 08 de octubre

Enemigos

 

El juego diplomático que permite diferenciar a enemigos de adversarios funciona cuando en el corazón de una sociedad no se encuentra instalado el odio. Eres mi adversario en la cancha y cuando termina el partido podemos tranquilamente tomarnos un par de cervezas en el mejor plan, intercambiando criterios y argumentando con serena civilidad nuestras diferencias. Sería ideal que así funcionara la pluralidad democrática, pero desde que el exitoso progresismo latinoamericano, desde que los triunfantes líderes de nuestra izquierda con fuerte acento nacionalista demostraron que el Estado podía ser el motor de la equidad y de la estabilidad económica y social, los odiadores antimasistas, antichavistas y anticastristas cargaron las tintas, y tantas veces los bates de beisbol y las armas de fuego para eliminar en modo asesinato político, a indigenas, negros, homosexuales, chicas trans y otras identidades alternativas anti sistema. Referencias: Donald Trump y Jair Bolsonaro.

En buenas cuentas, sentimos el odio soplándonos las nucas durante los cruentos días del golpe de Estado encabezado por Mesa, Camacho, Áñez, Murillo, Ortíz, Carvajal y toda esa cáfila de fracasados electorales que viven en modo masturbatorio, que ya bastante debilitados continúan buscando dónde se encuentra la pócima para hacer del MAS el cadáver necesario a esos intereses que pretenden contradecir la resistencia popular, las luchas sociales, la defensa de los recursos naturales, y  las batallas por imponer una legítima autodeterminación que nos permita prescindir por más de una década de Embajador o Virrey de los Estados Unidos y se le diga No, con firmeza ideológica y claridad técnica, al Fondo Monetario Internacional (FMI).

No hay fuerza imperial que pueda doblegar la historia emancipatoria de obreros, campesinos e intelectuales progresistas y como comprueban a diario cómo se acabaron sus privilegios de clase, los neofascistas salen de sus madrigueras con toda la violencia impulsada por su odio obsesivo y esos,  por supuesto que no son adversarios, son nuestros enemigos en nombre de la historia, la liberación nacional y la lucha por una vida digna y justa para los de abajo.

El editor- operador de una página digital que publica una fotografía en la que aparezco, con fines de persecución y linchamiento no es un adversario de ideas, es mi enemigo con el que no hay reconciliación posible. Ese mismo editor y operador de los gringos, que para guarecerse bajo un paraguas gremial hace sana-sana con la periodista que escribió contra el, por haber defendido a un feminicida sigue siendo mi enemigo con el que reconciliación es una palabra inexistente, aunque alguna vez yo le consiguiera trabajo como jefe de redacción en un diario. La presidenta de Derechos Humanos que dice que un puñado de motoqueros que golpean “masistas” es una “resistencia necesaria”, no es mi adversaria es mi enemiga. El supuesto periodista de El Deber que escribe en su cuenta de Twitter que al magnicida frustrado de Cristina Kirchner “le falto ensayar”, no es mi adversario, es mi enemigo, porque sus palabras lo evidencian como a un fascista que considera que la eliminación física es el camino para recuperar el orden conservador y excluyente.

No hay proceso político consistente y coherente si no se tiene claro quién es el sujeto histórico y quienes son los enemigos que siempre han perseguido a ese sujeto histórico para acallarlo en forma de masacres militares y represiones policiales como ha sucedido en Sacaba-Huayllani, Senkata y El Pedregal. Mujeres y hombres haciendo flamear wiphalas en las carreteras son enemigos de la reacción, del neoliberalismo derrotado y del racismo, ese que produjo 37 muertos en noviembre de 2019, y que insisten de manera delirante que no fueron producto de un asalto al poder que aquí y en cualquier otra galaxia se llama Golpe de Estado.

A los enemigos que no soportan que en la historia de Bolivia nadie podrá quitarnos lo bailado con el empoderamiento de lo indígena originario campesino hay que combatirlos todos los días, con la fuerza de las ideas y la contundente demostración de las verdades históricas que nos constituyen y desde 2006 potencian nuestra pluriidentidad, y nuestra voluntad de nunca más someternos al tutelaje de los que se llevaron siempre nuestras riquezas a insultantes precios de gallina muerta, gracias a cipayos como Paz Estenssoro, Banzer o Sánchez de Lozada.

Este es un alegato desde la izquierda. Desde el periodismo con identidad y absoluta claridad ideológica. No vamos a atacar a nadie. No vamos a buscar revanchas que envilecen y degradan el espíritu, pero si vamos a seguir combatiendo, con nuestra palabra crítica y nuestro compromiso con las mayorías que forman parte del campo popular, a todos esos cultores del odio, muchos de ellos pretendiendo pasar por periodistas, que han hecho de ese odio y la persecución en sus variadas formas, su modus vivendi. No son adversarios, son nuestros enemigos.



Originalmene publicado en la columna Contragolpe de La Razón el 24 de septiembre

Cómo pasar a la historia

Muchos años antes de su muerte, Fidel Castro, el comandante eterno de nuestra Cuba revolucionaria instruyó con claridad y determinación que no quería su nombre y su efigie en ninguna obra material. En otras palabras, decidió que su nombre quedara tatuado en corazones y entrañas por decisiones estrictamente personales, así como tuvo que sorprenderse cuando su legendario rostro barbado fue dibujado para siempre en la pierna izquierda de Diego Armando Maradona.

Fidel ha pasado a la historia como el líder de una obra humana heroica y conmovedora para los progresistas del mundo y como el autócrata demonizado por los conservadores y los creyentes defensores de la tramposa democracia plural del mundo capitalista.  Esa obra se llama Revolución y todavía sigue siendo bloqueada por los sucesivos e imperiales gobiernos de los Estados Unidos que no pudieron, ni con 638 intentos de asesinato, eliminar la consigna histórica ¡Patria o muerte! que ya ha trascendido la misma existencia de ese abogado graduado en la Universidad de La Habana y que ha gobernado un país –transformándolo-- de manera contínua durante más de medio siglo, y que en el ranking de permanencia en el poder, sólo queda detrás de Lilibeth, la Reina Isabel Segunda del Reino Unido, que ha fallecido luego de siete décadas ostentando la corona en forma de sombreros de colores desde el palo de rosa más delicado hasta el amarillo más chillón.

Guardando las distancias, en nuestros pagos, el presidente Luis Arce acaba de entregarle el Cóndor de los Andes a la inmensa y entrañable Matilde Casazola, poeta y cantautora que ha consagrado su vida a escribir y a cantar, y que es parte del  patrimonio histórico cultural de Bolivia. A sus once años ganó un premio de Juegos Florales, lo que significa que viene dedicada a la música y a la poesía, siete décadas. ¿Cómo pasará a la historia nuestra Matilde? Simple y llanamente con sus canciones que se podrán seguir escuchando con emoción ahora y después.

 

Leo la biografía de Fidel escrita por Katiuska Blanco y compruebo que la desinformación sobre la revolución cubana, la invisibilización de las grandes transformaciones producidas en la Isla se debe a una estrategia perfectamente articulada por los grandes aparatos mediático ideológicos de Occidente, que han pretendido estereotipar y frivolizar la figura del líder, de la manera en que se van edificando los legendarios personajes del comic, a los que siempre considero agentes de la CIA, provistos de magia y espectáculo cinematográfico de alto vuelo en materia de efectos especiales.  Veo la serie televisiva “The crown” en sus cuatro temporadas, y compruebo la importancia identitaria, cultural y geopolítica de Lilibeth, mandamás de una casa real donde se imponen costumbres enraizadas por varios siglos y que por supuesto provocan gestos de admiración y respeto, así como de rechazo e indignación de quienes consideran a las monarquías , artefactos estatales vetustos, anacrónicos y que deberían ser definitivamente abolidos. Y escucho a Matilde Casazola, a través de su propia voz, y de muchas otras “Desde lejos yo regreso/ Ya te tengo en mi mirada/ Ya contemplo en tu infinito mis montañas recordadas/ Desde lejos, desde aquellos horizontes que se escapan/ Hoy regreso a tu infinito Pachamama Pachamama”. Y así, uno va construyendo su propia memoria histórica, archivo de la vida para compender y sentir los entrecruzamientos de pasado-presente-futuro.

Recodaré siempre a Fidel como al líder más importante de la historia de América Latina. Al líder de los pobres, los obreros y los campesinos triunfantes desde 1959.  A Lilibeth como la jefa de Estado en que los contenidos y formas fueron importantes en las mismas proporciones. Y a Matilde la leeré, la escucharé, a través de su propia voz y y de otras tantas que han multiplicado su talento para la palabra y la música.

Uno recuerda a los personajes de su propia vida, como ellos mismos van construyendo, tantas veces de manera subconciente, cómo quieren ser recordados.  Y ahora que está metido en una “champa” guerra, de esas que la mayor parte de las veces terminan en anécdota, no recordaré a Evo Morales por estas nimiedades, y como no parece empeñado en proyectar su imagen en plan trascendental, será mejor que cada uno decida con que pedazo de Evo se queda. Yo me quedó con el marchista de las carreteras, el propiciador de la inclusión social definitiva y revolucionaria de la Asamblea Constituyente, y el nacionalizador de nuestros recursos naturales, con los que Bolivia comenzó a caminar por los senderos trazados por indígenas, campesinos, y trabajadores de las ciudades. En otras palabras, con el mejor Evo, con el que supo hacer de su presidencia, el escenario para la emergencia única e irrepetible de los de abajo, como nunca antes se pudo en nuestra historia colonial y republicana.



Originalmente publicado en la columna Contragolpe de La Razón el 10 de septiembre

El periodismo golpista quiere volver a la carga

 

 La condescendencia ya es mucho premio para ese puñado de impunes agazapados en los medios de comunicación de la derecha que vuelven a tantear posibilidades de ir otra vez a la carga contra quienes no comulgamos con su excluyente visión de país,  y para ello se ensaña contra los periodistas más serenos y tolerantes de Bolivia. Acaba de suceder con el rabioso Los Tiempos de Cochabamba que no ha dudado en publicar una fotografía del colega y compañero Freddy Morales, corresponsal y representante legal de Telesur en Bolivia. Lo ha hecho fiel al estilo de la persecución política, juidicial y mediática con la que se actuó en el gobierno de facto presidido por Jeanine Áñez, en plan criminalización e incitación al linchamiento. Estos personajillos son los que le abrieron las puertas a ese fascista español de nombre Alejandro Entrambasaguas, que entre sus proezas figura el apresamiento, el encadenamiento a una cama de hospital y la tortura contra la empresaria Lorgia Fuentes a la que le inventó desde un amante ministro hasta negocios que jamás hizo con el gobierno del MAS.

No señores de Los Tiempos, no es delito firmar un contrato por pauta publicitaria otorgado por el gobierno de turno. Es un derecho que se ejerce como todo el periodismo empresarial conservador de Bolivia lo hizo durante toda la noche neoliberal y al que nunca se le cuestionó, desde ninguna esquina, las generosas pautas que firmaba con los gobiernos de Paz Zamora, Banzer, Tuto, Goni, y Mesa. Se firmaban contratos por aquí y por allá, incluida la incorporación de un comentador de noticias como candidato a la Vicepresidencia en 2002.

Los antecedentes de la persecución ejercida por los Peñaranda boys y las Cajías girls durante el tenebroso e inepto gobierno de Áñez han sido debidamente registrados en distintas publicaciones –se han publicado 21 libros sobre el golpe y el gobierno de facto de 2019-2020—y contra ese inventario no hay nada que negociar. Se dedicaron a fomentar la difamación, la calumnia y las noticias falsas. Accedieron a información confidencial de la Unidad de Investigaciones Financieras (UIF) para hacerla pública, cometiendo delitos de manera confesa y ahora se encuentran abocados a decidir cómo se debe o no procesar a un locutor metido a gerente de la televisión estatal que también violó la norma, realizando una indebida contratación de un ciudadano que no cumplía con los requisitos para acceder al cargo que finalmente se le entregó: Presentador en pantallas.

A estos reaccionarios, de redacción plana y carentes de estilo, les encanta traficar fotografías como acaban de hacer con una de Freddy Morales. De esa manera alimentan el morbo de quienes ven en periodistas “zurdos”, a los engendros del demonio, los malvados comunistas que quieren arrebatar propiedades privadas, que sueñan con regímenes como los de Cuba y Venezuela. Ya quisiéramos en Bolivia una educación y una salud como las cubanas y unas políticas de defensa de la mujer y de igualdad de género como la venezolana. Ojalá algún día pudiéramos alcanzar logros tan significativos que favorecen la calidad de vida de las mayorías.

Enfilo el cierre de este texto sabatino, a minutos de haber concluido la marcha convocada por el Pacto de Unidad en respaldo al gobierno de Luis Arce y David Choquehuanca. Los mentirosos de siempre, ya están afanados desde sus diarios, sus programas televisivos y espacios radiofónicos en desviar la atención de la noticia principal: Según el Secretario Ejecutivo de la Central Obrera Boliviana (COB) la marcha realizada el jueves 25 de agosto ha superado en participación a la larga marcha realizada en 2021. Sobre el asunto dirán lo de siempre, son tan previsibles que es fácil recordar sus muletillas: El MAS obligó a la administración pública, se financió con dinero del pueblo, la gente que llegó de las zonas rurales recibió dinero para participar y algunas majaderías más que forman parte del catálogo de la mentira que ahora si toma forma cartelizada de operar. Parecen empeñados en terminar de darle razón a Juan Ramón Quintana que hace algunos años los etiquetó como “Cártel de la mentira”.

Mentirosos. Inescrupulosos. Productores de noticias falsas. Financiados por agencias estadounidenses especializadas en tutelaje e injerencia. Simplificadores de la realidad. Prejuiciosos. Racistas. Y en el gobierno de facto, traficantes de información financiera confidencial publicada gracias a sus privilegiados contactos con los tiranos y represores del gobierno de Áñez. Son lo que se autoproclaman independientes, objetivo e imparciales. Una cáfila de impostores que ven a sus colegas situados en la vereda izquierda como enemigos. Nosotros somos sus enemigos y por eso publican fotos de incitación a la violencia pitita. Para nosotros, ellos son enemigos, pero no sólo de nosotros, periodistas, sino de la causa nacional popular a partir de la cual Bolivia es gobernada desde 2006.



Originalmente publicado en la columna Contragolpe de La Razón el 27 de agosto

 

 

El anverso del horror

  Ha sucedido en distintas latitudes que varios creadores audiovisuales fueron advertidos a través de preguntas formuladas por la crítica es...