viernes, 26 de febrero de 2010

La pasión desangelada

Pasión es ímpetu dice la elemental definición del Larousse y agrega que se trata de "emoción fuerte y contínua que domina la razón y orienta la conducta". Para decirlo de otra manera, la pasión potencia la motivación, es el intangible de eso que quiero hacer con toda el alma o eso por lo que lucharé con una fuerza mental tan grande que nadie pueda detenerme. Si la pasión me envuelve en tal estado de convicción, debería estar en condiciones de creer ciegamente en mí, de estar convencido que eso de llevarse el mundo por delante es una posibilidad real. La pasión es pues, el nexo profundo entre el hincha y el jugador, es el elemento activador de ése cúmulo de deseos relacionados con la sed de triunfo.
Desperdigado por todo el orbe, cada vez más popularizado en su práctica (véase China), el fútbol es ahora como nunca antes, una pasión acribillada por el poder del dinero, por todo aquello que lo rodea y lo explica como negocio. Se advierte con mayor nitidez en esta primera década del siglo XXI que los derechos de televisación, los sponsors, la publicidad que gira y gira alrededor de un campo de juego para las transmisiones en vivo, y las transferencias de la estratosfera millonaria figuran como elementos centrales sobre los intereses que desata en el globalizado mercado del primer mundo.
¿Y el juego? ¿Y su primigenia esencia lúdica? De eso se habla cada vez menos, y a estas alturas ya puede decirse que casi se ha convertido en asunto relegado a hinchas, adeptos y fanáticos con añoranzas de tiempos que ya fueron. El verde césped, la pelota, los partidos de barrio, los posters pegados en las paredes de los cuartitos humildes de las casuchas de extramuros, los cromos o las figuritas de los álbums de cada mundial, las tapitas y las bolitas con que se reproducía en miniatura el juego son ahora combatidos y arrinconados por una maquinaria atiborrada de marcas "exclusivas" para cada torneo, por los partidos diseñados para el play station, las páginas web hiperespecializadas sobre cada equipo, cada liga, cada torneo.
Las lecturas puntillosas y las evocaciones sobre el preciosimo del talento futbolístico de cada partido que cobraban fuerza de homenaje en soberbias tertulias y debates o artículos periodísticos, han quedado desplazadas por la glamorosa musculatura de Cristiano Ronaldo enfundado en su auto deportivo y acompañado por alguna modelo de alta costura y edulcorada exposición mediática.
Football is money como nunca antes aunque el Jorge Valdano versión Real Madrid/Florentino Pérez, quiera forzar las cosas afirmando que lo que transcurre en la cancha queda fuera de la excesiva influencia de dólares o euros, digitada a gran escala por esa mafia de guante blanco llamada FIFA.
¿Cómo poner a salvo los sentidos creativos, antropológicos del juego, frente a esa creación de necesidades de consumo edificadas por penetrantes e irresistibles estrategias de merchandising? Ls respuesta es en apariencia sencilla: Con futbolistas concientes de su estirpe y del placer del juego, de que sus desempeños en la cancha pasan por el amor al balón, la transpiración, el esfuerzo y el divertimento...pero esos jugadores existen hoy? Seguro que sí, pero no por estas latitudes en las que además de escasear el talento y la búsqueda de la perfección, ha proliferado el culto a la desorganización y a la negación del precepto básico que indica que para tener un fútbol atractivo y de alta competición, se necesita producir futbolistas y para ello hay que invertir con paciencia para obtener resultados.
Seguramente por todo esto, el conductor del Barsa, Pep Guardiola, ha optado por las declaraciones a que su club lo obliga en conferencias de prensa oficiales e ineludibles por contrato. Sería para nosotros, a este lado del charco, el estilo firmado por Marcelo Bielsa que no concede entrevistas exclusivas y cuando habla se entretiene con la bobería preguntona de los "puestos 2" que acuden a registrar sus declaraciones después de los partidos que juega la selección chilena, a la que dirige con su implacable inteligencia y provocadoras frases como la ya célebre "soy especialista en fracasos."
La Bruja Verón más cerca del retiro que de nuevos desafíos ha demostrado que haber jugado en equipos de élite europeos sirve para agregar rigor y autoexigencia, pero sin que tal cosa signifique renunciar a unos orígenes a los que ha retornado para vestir la camiseta de Estudiantes de la Plata, cuadro con el que cerrará el círculo de su notable carrera, probablemente jugando una nueva Copa del Mundo que como hacía muchos años no estaba tan claro que Argentina no ganará bajo la conducción de Diego. En una dimensión de menos resonancia, podría decirse algo parecido de Matías Almeyda que luego de sufrir una terrible crisis al haber colgado los botines después de una larga estancia en Europa, ha retornado a jugar y a su cuna, River Plate, como otra certificación de que uno puede darse la vuelta al mundo en veinte años, pero los jugadores de sepa acaban retornando a las fuentes en las cuales se engendró la inspiración y la identidad.
En Bolivia se ha conseguido lo in-creíble. La desorganización, la estrechez de miras o el cortoplacismo y la voracidad dirigencial han terminado por alejar a muchísima gente de los estadios y del seguimiento apasionado a eso que el lugar común llama "equipo de mis amores." Derrotas, mal juego y casi nula producción de nuevos valores hacen que quienes sentimos que nos mataron la pasión, miremos las cosas con la frialdad que cubre la televisión por cable un partidito por Copa Libertadores en el que el equipo local de turno es humillado por goleada.
Así el fútbol es imposible y así se entiende que muchos jovenes pertenecientes a las clases medias urbanas sigan al Madrid, al Manchester, al Barcelona, al Chelsea o al Milán y manifiesten una inevitable indiferencia por los que generaban en el país eso que se llama pasión de multitudes. El fútbol sin pasión termina convirtiéndose en una aburrida costumbre de domingo y por eso, hace bastantes años prometí que mientras Sandro Coelho estuviera en el Tigre, no escribiría una sola palabra más acerca de los colores que encendieron mis ilusiones infantiles. Me ha ido peor, porque Coelho no sólo que volvió, sino que lo hizo en calidad de DT. Dios salve al fútbol en Bolivia de las garras de la mediocridad.






domingo, 14 de febrero de 2010

De la borrachera a la mentira, de la mentira a la renuncia, de la renuncia a los adobes

Nos encanta chiparnos allí donde todo debiera ser claro y no merecer más de una explicación. Si Félix Patzi hubiera pensado dos veces antes de comparecer ante los medios y en lugar de renunciar pedía disculpas, sin inventar lo de la prima muerta, seguramente tendríamos en la cancha electoral al sociólogo aymara, pensando en la estrategia de campaña y en un inminente triunfo.
Patzi complicó lo simple: Si sabía que se exponía a trampas de alcoholes, radiopatrullas y cámaras con mayor razón debió cuidarse. Si como él mismo dijo cuando ya era tarde, el Príncipe de este gobierno encabeza un entorno blancoide que intriga y calienta las orejas del presidente, su obligación era la de ponerse a buen recaudo las veinticuatro horas del día para cuidar como tapado altiplánico su candidatura.
Confundido por la presión del canciller para la renuncia y las peticiones de sus hermanos de algunas organizaciones, Patzi empeoró las cosas mandándose a mudar a Patacamaya para fabricar adobes como autocastigo, cuando su "falta" la había cometido a cincuenta metros de El Montículo de La Paz. Es una lástima que un intelectual talentoso y combativo, haya terminado enredado en sus contradicciones y en su falta de serenidad para actuar. Ya es tarde, y los que quiera hacer antropología política de este asunto que continúen engrosando un librote que ha quedado simplificado a la anécdota y al folklore carnavalero.

sábado, 6 de febrero de 2010

Chuparemos hasta morír...(hermanito)

Félix Patzi ha enterrado su carrera política en una de esas insulzas y absurdas incursiones en el alcohol.
Dicen la leyenda, el prejuicio y algunas experiencias recogidas en testimonios pasmosos, que las borracheras del altiplano aymara son horrendas hasta el paroxismo. Dicen que los habitantes de los andes bolivianos, una vez se pasan de copas, se transfiguran en espectros capaces de cometer desmanes lindantes con la violación, el asesinato, o el linchamiento. Sumisos y humildes en la normalidad diurna, son unas fieras sueltas cuando chupan hasta morír, cuando deciden terminar como estropajos al amanecer.
El rictus del miedo escénico del que quiere ser actor de teatro y se paraliza en el escenario porque el público lo cohíbe es ciertamente menos inquietante que el gesto desencajado de un aymara danzando en zetas al borde de la carretera en alguna celebración patronal o familiar. Nada tiene que ver su gesto habitualmente ensimismado y taciturno con este otro producto de varios días de descontrol etílico.
A todas estas imágenes descritas por mi padre hace tres décadas, me ha remitido el semblante de este Patzi que escapaba de la Policía a las tres de la mañana en pleno centro de la ciudad y que ha sido conminado a renunciar a candidato para la gobernación de La Paz por el propio Evo que muy a contracorriente de los hábitos campesinos...no chupa, porque sabe de los daños y perjuicios que puede provocar el alcohol en las profundidades existenciales y en los objetivos políticos.
Chupar hasta morír es una vocación que no he conocido de manera tan nítida en otros territorios que no sean los andes bolivianos. Conozco los estados de gracia a que puede conducir un cuidadoso saboreo de buenos vinos, pero también sé lo lamentable que es pasarse de la raya y transitar por estados de ánimo indeseables como la depresión o la agresividad, resultados de esa tontería de excederse a sabiendas de las consecuencias.
Los Patzis y los choferes de los buses que no quieren perder sus licencias porque se creen inmortales y estupendos, porque creen que cuando se está chispeado no pasa nada, hasta ahora no saben que el vicio posterga el crecimiento personal y que entre estar chispeado y estar mula de borracho hay un imperceptible línea fronteriza.
Y por si todo lo anteriormente dicho fuera poco, aparecen tipos detestables como Franklin Durán, ejecutivo de los transportistas, que en plan negociador y perdonavidas amenaza con un paro y bloqueos de carreteras ante la decisión gubernamental de empezar a tomar al toro por las astas, teniendo en su opaca conciencia que le fue decomisada la licencia por infeliz borracho reincidente.
Si la boliviana no es una sociedad alcohólica, ya no quedan dudas de que en términos gremiales y corporativos es una sociedad que se caracteriza por tener demasiada conciencia y sentido de ubicuidad sobre sus derechos, pero un enorme desprecio por sus obligaciones: Empresarios que no quieren estatismo pero que vivieron del Estado cada vez que tuvieron amigos en el poder para obtener recursos que su ineficiencia les impedía, maestros trostskystas que lloriquearon por décadas el salario mínimo con escala móvil, pero que hasta ahora no dan señales de una sustancial mejora cualitativa de sus saberes y su capacidad para enseñar/aprender, choferes que quieren seguir chupando y manejando impunemente en las carreteras donde para ellos debe seguir reinando el descontrol, burócratas que se creen inmortales porque le dicen al pobre usuario simplemente No.
Dejémonos de joder con cacareos sobre el Proceso de Cambio mientras no alcancemos conciencia de que tal cosa será imposible si seguimos chupando hasta morír y que le robaremos los impuestos al prójimo porque no acudiremos al trabajo al día siguiente, porque estamos de chaqui hermanito, o porque la resaca es el recinto sagrado de la mediocridad emborrachada en que muchos y muchas debaten su cotidianidad.
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