lunes, 19 de julio de 2010

Un espectáculo para pensar

El fútbol es la opción de múltiples combinaciones para leerse desde esquinas que en las topografías de la lógica son imposibles, pero que en las conexiones de la ficción lúdica terminan convirtiéndose en posibilidades reales. Conectar, por ejemplo, el hecho de que España le deba en cierta medida la obtención de la copa del mundo al fútbol holandés, no precisamente al que jugó su adversario en la final, sino el que construyeron a partir de Michels, Cruyff, y los varios desembarcos de técnicos y jugadores en el Barcelona que tiene un antes y un después de los holandeses, sobre todo del Ajax, en su historia.
Un amante del fútbol bien jugado, ofensivo, en el que la marca ganadora está dada por el talante del equipo y los talentos de ciertas individualidades debería ser hincha de River y no de Boca, me dijo con certeza Marco Sandy. Leo una declaración de Nicolás Burdisso, mientras la selección argentina aviva la llama de la ilusión en Sudáfrica que confirma el dardo que me disparó el simbólico defensor bolivarista : "Con Bianchi esperábamos, esperábamos, hacíamos un gol y a defendernos...jugabamos muy a la italiana." Y yo que odio al catenaccio, hincha de Boca hasta la muerte.
Debo explicarme y razonar esta que en los hechos reales aparece como una tremenda incoherencia y debo comenzar por decir que si hay un territorio en el que las verdades terminantes no existen es el del fútbol. La relatividad está marcada por la irrepetibilidad de cada uno de los partidos y la lógica puede entenderse cuando termina campeón el equipo que en lo posible ha sabido encontrar el engarzamiento entre la calidad del juego y la eficacia ganadora.
Pero la militancia tiene que ver no sólo con la elección de un cuadro por su estilo de juego o los rasgos estéticos dominantes a lo largo de su existencia. Pasa por la traducción en el juego de unos aparentemente insondables dispositivos ideológicos, y en el caso de mi adoración por la camiseta xeneize, esto se debe a mi aprecio eterno por la raigambre popular, tanguera, pobre y villera que representa Boca. Y si a eso le sumo que se pusieron la camiseta azul y oro Angel Clemente Rojas, Diego Armando Maradona, Juan Román Riquelme y Carlos Tévez, y desde la bolivianidad, Milton Melgar, tengo que ese que parece un cliché es en realidad, una guía de vida: Boca es un sentimiento. Una manera de entender con profundidad y poesía a los hombres y mujeres de esta América Latina saqueada, exaccionada, manoseada haasta límites que produjeron revueltas, guerrillas, revoluciones, dictaduras, represiones, desapariciones y formidables respuestas populares para derrocar a los tiranos y ladrones que nos mantienen pobres...y villeros. ¿O no eran bolitas y bosteros en cantidades apreciables, los que derrocaron en 2001 a De la Rua y sus secuaces?
En la cancha Boca expresa todo eso, pero es desde su potencia popular, repleta de sufrimientos y momentos terminales que ha llegado a convertirse en el club más ganador en la historia mundial de los equipos de primera división y alta competición.
Si fuera el fútbol por el fútbol, desprovisto de su carga histórico, social y cultural, por supuesto que sería de River y ahora que lo dirije Angel Cappa con mayor razón, para mi gusto, el director técnico rioplatense que mejor interpreta y explica el respeto por el buen trato de la pelota y que el pasado año, con un equipo de laburantes casi logró hacer campeón a Huracán. Pero no. Soy y seré siempre hincha de Boca, aunque no por eso deje de reconocer que los legados de calidad futbolística que nos ha dejado el equipo de la banda roja son de agradecer, para no ir muy lejos, desde el Beto Alonso hasta Enzo Francescoli.
Con toda esta fundamentación se entenderá por qué abomino al Real Madrid, el equipo de la Falange española, por más de cuatro décadas entronizada en el poder dictatorial, y respeto al Barsa de los culés republicanos y antifranquistas. Y se entenderá, también, que para mí no existen los hechos de masas ahistóricos y desactivados del pensamiento humano que gesta desde los horrores más inimaginables hasta las celebraciones más democráticas y desbordantes.