domingo, 15 de julio de 2007

¿Quiénes son los arcaicos?

Con el objeto de impugnar el retorno de los territorios a sus ocupantes originarios, a los pueblos indígenas bolivianos se los califica desde alguna tribuna de élite, como arcaicos, primitivos, nostálgicos de un pasado al cual es imposible retornar.
Estas observaciones se dirigen especialmente a cuestionar la cosmovisión aymara que tiene como eje la percepción de que el futuro está en el pasado, que construír lo que venga pasa necesariamente por recuperar unas prácticas de hace siglos y que se han transmitido a través de la oralidad y a la fuerte defensa de usos y permanente reinvención de costumbres.
Si uno se interna en las heladas y altas tierras altiplánicas, si uno observa un ritual en Omasuyos o en Pacajes, podría pensar que esto es cierto, que los indígenas del occidente del país son unos retrogrados, ombliguistas, incapaces y renuentes a integrarse al mundo total, marcado por las coordenadas globales de los centros de poder cultural y mercantil.
Ese tema se debate constantemente en distintas esferas y con distintos grados de intensidad, pero a propósito de retrogrados y afines, ¿podríamos también, con esta lógica, calificar de arcaicos a los empresarios cruceños que persiguen autonomía departamental para mantener intactos sus circuitos de influencia y de dominio? ¿No será nada más que una operación marketera hacernos creer que los agroindustriales, ganaderos y afines son unos señores muy modernos que quieren edificar una burguesía fuerte con alto sentido nacional?
Si los aymaras, y en general los indígenas mayoritarios del altiplano son unos regresionistas, creo que los abanderados del corporativismo presidido por Branko Marinkovic tienen una mentalidad peor de retrograda con ese discurso medieval a través del que no hay duda que en el inconciente colectivo de estos dueños, está alojado un sentido atroz de la propiedad: la tierra, sus recursos naturales, sus hombres, mujeres y niños. Es decir, la explotación de la riqueza a cargo de los peones de siempre.
¿Qué es peor entonces, el profundo y ancestral apego al comunitarismo de la Pachamama o este despiadado juego cotidiano de estos terratenientes que manejan 4 por 4, toman wisky, se meten alguna que otra línea de cocaína y alguna vez levantaron un travesti en las oscuras calles aledañas a la plaza 24 de septiembre resguardados por sus ventanillas polarizadas?
No hay duda: Estos que fueron a universidades estadounidenses, que vacacionan en Miami, que van de putas cuando sus mujeres viajan a los spas de los centros mundiales, estos son los verdaderos arcaicos de espíritu, tipos sin educación sentimental, sin nutrientes culturales que vayan más allá de la joda de viernes, y por lo tanto incapaces de leer las fuentes que explican y justifican los discursos reivindicadores de Moxos, Chiquitos, Guarayos o el Chaco.
Así se explica que Branko haya alambrado la Laguna Corazón que es originalmente una propiedad colectiva y ahora se ha convertido en el lugar de remanso de una familia que seguramente se viene dando el lujo de contemplar los atardeceres bien resguardada por paramilitares y mastines que impiden que los guarayos se acerquen con las malvadas pretensiones de avasallar tan bonito y bien decorado lugar. Qué modernidad: Una reserva natural apropiada por una familia de inmigrantes europeos.
Si Marinkovic lo hubiera considerado necesario, en lugar de alambres, hubiera puesto una muralla y esta es en buenas cuentas la atroz realidad de Bolivia, la de unos gamonales estacionados subconcientemente en el siglo XV o XVI y que por supuesto, cuando salen de Bolivia van a los tiendas por departamentos o a los supermercados, y muy dificilmente a los museos de historia.
Y esta es la realidad atroz que hay que cambiar en los próximos cien años. Con paciencia, madurez, claridad política y sin usar las mismas armas empuñadas por los fascinerosos grupos de choque de la Unión Juvenil Cruceñista, brazo tonto y útil de los ricachos incultos y ordinarios del Comité Cívico Pro Santa Cruz. Con las armas del pensamiento, la creatividad, el trabajo y las convicciones jamás sepultadas por ninguna arremetida colonial.

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El comentador

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