Si todos los empresarios
nacidos y no nacidos en estas tierras supieran imitar a Johnny Delgado Achával,
muy probablemente el destino nacional sería distinto. Si las conductas de
inversionistas extranjeros y nacionales que posaron sus ojos en nuestra riqueza
minera a lo largo del siglo XX, habrían discurrido por trayectos alejados de la
imposición, la represión y la masacre es probable que hoy estaríamos hablando
de un país interculturalmente posicionado.
Como los dueños de Bolivia,
y por supuesto que sus trabajadores históricamente explotados, no saben quién
fue Delgado (1939 – 2023) es bueno hacer saber que se trata de un geólogo y
empresario minero que se asoció a un estadounidense llamado Thomas Kaplan con
quién coincidió en el convencimiento de que en Nor Lípez, Potosí, en San
Cristóbal, dormía un gigantesco yacimiento de plata que luego se descubriría,
contenía plomo-plata y zinc-plata (Ag-Zn-Pb).
Delgado lo hizo felizmente
todo al revés. No acudió al poder político –se dice que era simpatizante de ADN
y amigo del Gral. Banzer--, para a través de las consabidas influencias con el
poder, tomar posesión de la zona con los millones de dólares necesarios de
respaldo para hacer fortuna, aunque sin fama, cosa que parecía no interesarle.
Para que el proyecto fuera
posible, se hacía necesario trasladar el pueblo de San Cristóbal hacia otro
lugar debido a que sus oriundos habitantes residían en el lugar donde se
encontraba el mineral a explotar. Sin desesperación, con una llamativa
paciencia infrecuente en el capitalista que todo lo quiere a velocidad
meteórica –el tiempo es dinero--, Delgado decidió sentarse con los comunarios
quechuas del lugar para escuchar sus criterios acerca del proyecto minero.
La escucha de Delgado se transformó en diálogo
sostenido, basado en primer lugar, en un profundo respeto a la cosmovisión de
los lugareños originarios quienes finalmente firmaron un acuerdo cuidadosamente
negociado que podría considerarse un hito histórico cultural de la minería
boliviana.
Delgado y los originarios de
San Cristóbal acordaron trasladar el pueblo entero hacia otro lugar con todo el
dolor que significaba dejar las tierras de origen. Esto me recordó a cómo el
peruano irlandés Carlos Fermín Fitzcarrald había querido traspasar una
gigantesca barcaza de un río a otro a través de un cerro con el fin de
construir un teatro de ópera en pleno Amazonas, cuando en tiempos coloniales
las obsesiones de los conquistadores pasaban por la búsqueda de El Dorado.
Delgado hizo todo ciñéndose
a las expectativas y a la lógica identitaria de los indígena-campesinos de la
zona. En un año, el nuevo pueblo estaba edificado y en dos, se terminaba de
instalar el nuevo templo en el que sería entronizado el patrono San Cristóbal
(1997-1999). En todo ese proceso, el géologo Larry Buchanan contratado para
realizar las exploraciones preliminares indispensables, en conversaciones con
los que más tarde serían trabajadores de la mina a cielo abierto, comprendió
que había que respetar a El Tío de la mina, porque de lo contrario el objetivo
no sería conseguido. Producto de ese acercamiento entre la ciencia y la
tecnología occidentales y las arraigadas creencias, producto del sincretismo
cultural religioso, la experiencia de Buchanan se convirtió en un libro escrito
junto a su esposa Karen Gans que tiene edición sólo en inglés: “The gift of the
Tío” (“El regalo de El Tío”).
Sobre esta excepcional
historia, se puede leer “San Cristóbal, una mina sin par en la historia de
Bolivia” de Mariano Baptista Gumucio (2015) y The Social License, the story of
the San Cristobal Mine” de Robert Boutilier e Ian Thomson (2019) con versión en
castellano a cargo de este periodista (2020). Acerca de la historia e identidad
de San Cristóbal tuve además el privilegio de editar “Cuentos, mitos,
tradiciones y leyendas del Gran Lípez” (2017), con textos originales de niños y
jóvenes asesorados por los profesores de la escuela del pueblo.
Durante 2025, he dedicado mi
tiempo a realizar una investigación que recoge 15 testimonios de este que en el
lenguaje empresarial se denomina “caso de éxito”. Los comunarios con los que conversé cuentan
que las comunidades aledañas tenían desconfianza en Delgado y Kaplan, mientras
que los cristobaleños tuvieron el coraje de asumir el riesgo, y hoy recuerdan
con gratitud y aprecio a Delgado. Hoy día San Cristóbal es un pueblo con
fuentes de trabajo diversificadas por el crecimiento exponencial de la mina:
agricultura, ganadería y turismo. Segundino Mamani, profesor rural, trabajador
de la mina y uno de los negociadores sentado en la mesa instalada por Johnny
Delgado es contundente: “En este pueblo no hay pobreza”.
Resulta notable que el gran
capital y una comunidad altiplánica indígena pudieran conseguir asociarse de
manera tan inteligente y desprejuiciada.
Alberto Colque, también negociador del acuerdo para la puesta en marcha
del proyecto minero y hoy Superintendente de Campamento de San Cristóbal le
dijo en su momento a Buchanan: “Ingeniero usted sabe mucho, pero no sabe todo y
lo que le falta posiblemente lo sepamos nosotros, y si juntamos los dos
saberes, podríamos solucionar los problemas del país.”
Con este texto se
inaugura la columna Tocaré Madera del periodista Julio Peñaloza Bretel. Los
contenidos aquí publicados son exclusivos para Urgente.bo.
Originalmente publicado el lunes 23 de marzo
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