En pleno fragor del combate,
cuando ningún mortal gobernado por el racionalismo y una previsible resignación
imaginaba que Argentina podía dar vuelta el resultado contra Egipto, apenas
Messi anota el gol del empate, cuando los desconcertados herederos de los
faraones se disponen a sacarla del medio, el goleador histórico de las Copas
del Mundo –ya suma 21 anotaciones-- utiliza los índices para ponérselos en las
sienes y así transmitirles a sus compañeros que el corazón está en la cabeza,
que es desde ahí que uno milita en la patria sentipensante y que por ello está
llamado, otra vez más, a no darse por vencido. A los pocos minutos llega el
cabezazo de Enzo Fernández para sellar el definitivo 3-2: Delirio albiceleste
como si se hubiera jugado algo así como una final adelantada.
Tenía planeado emprender un retrospectivo
vuelteo al mundo mundial para este primer texto que escribo para Premium, la
casa periodística de Ramiro Siles con quién, como editor, he tenido la
oportunidad de escribir en cinco copas del mundo y un par de copas América (La
Prensa, La Razón), artículos diarios durante el desarrollo de los torneos.
Tenía planeado digo, porque la patriada albiceleste de octavos de final de
anotar tres goles en doce minutos para dar vuelta el marcador me ha obligado a
posponer la mirada abarcante que pretendía acerca de esta Copa 2026 que ahora
se juega en cuatro tiempos, y en la que el presidente de la democracia
MAGA-Epstein, metió la cuchara para que la FIFA levantara la sanción por
expulsión a un delantero de su selección (Balogun) con el fin de que quedara
habilitado para jugar contra Bélgica, y que la justicia poética se encargaría
de hacer lo suyo despachando a los Estados Unidos de América goleado con el
mismo marcador, pero al revés, con el que debutó frente a Paraguay: 1-4.
Argentina ha ido avanzando en el
torneo con un ostensible y llamativo ritmo de juego contenido, sin la precisión
en velocidad que lo hacía un cuerpo colectivo danzante e incontrolable y que le
permitió obtener el primer lugar en la clasificatoria sudamericana de principio
a fin. Y a esa ralentización en el manejo de los tiempos hay que añadirle la
incomodidad que significa no tener la posesión de la pelota en pasajes
decisivos de partidos como el jugado contra Cabo Verde y este último contra
Egipto.
La primera media hora, Egipto copó
los espacios del campo que evitaron que Argentina pudiera imponer su habitual
superioridad en la cancha a partir de los circuitos que genera su medio campo y
si a esto se le agrega el peor record en la carrera de Messi –cuatro penales
marrados en todas sus participaciones mundialistas--, las cosas se tornaban
complejas en tanto los de Mohamed Salah desplegaban contraataques eficaces y
efectivos que pillaban en horribles retrocesos a los centrales Cuti Romero y
Lisandro Martínez.
Con el 0-2 propinado por los
africanos, y a los 78 minutos del trámite, se instalaron presagios de un triste
acabose de la campeona de Qatar 2022, hasta que Cuti Romero, tal como lo
hiciera frente a los caboverdianos, sin pedirle permiso al orden táctico, se hizo
otra vez centroatacante para recibir un envío de Messi cual si fuera lateral
derecho, que le permitió nuevamente anotar de cabeza. Como si ese desbarajuste
posicional no fuera suficiente en el que Scaloni y su cuerpo técnico ya no tenían
nada que ver, cuando se estaban jugando los últimos minutos reglamentarios, el
ingresado Montiel, el verdadero lateral por derecha sustituto de Tagliafico,
apareció no se sabe de donde en el centro del área superpoblada de rojos y
albicelestes para entregarle de espaldas al arco una pelota a Messi que disparó
con una furia poco frecuente en él y que del travesaño se metió en el arco del
extraordinario portero Shobeir que ya había sacado por lo menos dos disparos de
gol a Julián Alvarez y a MacAllister.
Como para que el clima del
partido creciera en exacerbación, hay un gol anulado a los egipcios por
infracción previa contra Lisandro Martínez y también un reclamo de penal contra
Salah por supuesta infracción de Julián que precisamente, producto del robo del
balón al goleador del Liverpool, gesta la jugada épica del partido: Cual si
fuera zaguero central, no centro delantero, Alvarez piensa desde el vértice
izquierdo de su propia área en entregársela a Messi, quién le indica con el
dedo que se la tire larga y cruzada a Lautaro Martínez que en ese momento se
viste también de lateral derecho y envía un centro perfecto para que Enzo
Fernández que calcula a la perfección su carrera y el lugar del salto que le
permite el cabezazo para el gol del triunfo: Un centro delantero en posición de
central le envía un balonazo a otro centro delantero en posición de lateral
derecho que a su vez la manda por los aires a la cabeza de un mediocampista
ofensivo que ya le había hecho un gol decisivo a México hace cuatro años en
Qatar. Para ese momento crispante y épico del partido, los egipcios también
terminan presos del desacomodo producto de sus enloquecedores contraataques que
los obligan al retroceso desesperado e infructuoso.
A más de 100 minutos jugados,
termina el partido, Messi se desata en llanto, lo mismo que Scaloni, el que no
salta es inglés se vive en las graderías, los desbordes de alegría se apoderan
de todas las ciudades argentinas y recuerdo aquí a Fito Páez: “Yo vengo a
ofrecer mi corazón”, y vaya que lo han entregado desde la cabeza a los pies
exponiendo una fortaleza emocional que anuncia la probabilidad de que Argentina
podrá tener hoy muchas más dificultades para ganar, pero también deja en claro,
que el rival, para ganarle, debe saber
que sus esfuerzos tienen que redoblarse como contra ningún otro adversario.
Con templanza y coraje, un rendimiento intermitente y una fe infinita en si mismos –el “robo” de Leandro Paredes cuando hay amenaza de un tercer gol egipcio es descomunal--, estos jugadores volvieron a recordarnos, en primer lugar, que el fútbol es sentimiento cuando se lo juega desde las entrañas.
Originalmente publicado en la columna Tocaré madera, Urgente.bo el 13 de julio