“Empiezo por el final/ Terminaré
en el principio/ Mis intereses, quizá/ No fueron saludables/ Yo ya no puedo
cumplir/ Hazañas que prometí/ Solo seguir cantando/ La traición duele hacia
atrás/ No sabés cuándo comienza/ Un ángel sonso, amateur/ Me condenó al
paraíso/ Solo me falta saber/ La fecha y el lugar/ Y allí iré cantando/ Mis
amores refugié/ En el arcón del amor propio/ Al soberbio todo le es/ Sufrido y
muy aburrido/ Yo ya no puedo cumplir/ Hazañas que prometí/ Solo marchar
cantando/ Más de una vez me escuché decir/ Que en la resistencia está/ Todo el
hidalgo valor de la vida/ Yo ya no puedo cumplir/ Hazañas que prometí/ Solo esperar
cantando.”
Abro esta columna con la
transcripción de “Encuentro con un ángel amateur” (2021), canción que escribió
Carlos Alberto Solari (Paraná, Argentina, 1949)
cuando ya había quedado atrás su legendaria banda “Patricio Rey y sus
redonditos de ricota” y en ese tiempo en que la gloria ya se vislumbraba eterna
para su trayectoria musical, se puso a la cabeza de “Los fundamentalistas del
aire acondicionado”.
El nombre de este rockero
enigmático, provisto de un fuego poético que no admite comparación, lo hace
tocayo de Charly García (Carlos Alberto García Moreno), pero principalmente nos
quedará grabada de su imagen, la decision de su banda de amigos de renombrarlo como
Indio, porque así le llamaban a otro Solari, Jorge, futbolista de River Plate y
luego entrenador.
Ese otro Indio tiene hoy 81 años.
En el país de la grieta, un Indio de River facilitó con su apodo el convertir a
este otro Indio de Boca en una leyenda, el músico más amado por esas masas
argentinas futboleras y musicales que cobran forma de expresividad emocional a
través del fanatismo y la lealtad incondicional. Será por eso que la Argentina
popular resiste, porque a quienes le escriben, le cantan y los encantan con una
estrofa, una gambeta, y un gol, les profesan un amor colectivo de esos que, en
otros sitios, difícilmente pueden encontrarse con tan extraordinarios extremos
de expresividad y agradecimiento: Una jugada, una canción, un gol, un
estribillo han conseguido tantas veces el milagro de la felicidad colectiva en
ese Río de la Plata que amó para siempre a Gardel, a Maradona, y a este Indio
Solari por el que se han manifestado millones en las calles, las plazas y los
estadios de esa Argentina que hoy resiste la crueldad tarareando “Encuentro con
un ángel amateur”.
El Indio Solari no se volteaba a
mirar si lo llamaban Carlos, Alberto o Carlos Alberto porque hizo del apodo, su
verdadero nombre, con el “respeto, admiración y solidaridad hacia los pueblos
originarios de nuestra región”. Ninguno de sus gigantescos colegas, Spinetta,
Charly, Fito Páez, probablemente a excepción de Gustavo Ceratti y Soda Stereo,
ha logrado reunir 300 mil personas en sus convocatorias musicales. Es el ídolo
de masas al que no le interesó trascender fronteras rioplatenses porque se
dedicó por entero a conectar con las argentinas y los argentinos, a hacer de
sus puestas en escena, huracanes de rock en que los ángeles exterminadores y
los demonios incontrolables se daban cita para compartir en una misma noche,
sueños parecidos de alegrías, decepciones, tristezas y dolores cauterizados por
sus textos y su música.
El Indio Solari fue atacado por
un accidente cerebro vascular mientras nadaba este viernes 5 de junio. Sufrió a
continuación, casi de inmediato, un paro cardio respiratorio, a diez años de
habersele diagnosticado el mal de Parkinson, del que dijo en 2016 “me está
pisando los talones pero aquí estoy” y habría que agregar como premonitorio el
“sólo esperar cantando” de su ángel amateur.
En el apogeo de “Patricio Rey y
sus redonditos de ricota” (1993), el Indio ya se había referido a su ángel
musical con el título de “Un ángel para tu soledad”:
“Ya sufriste cosas mejores que
estas/ Y vas a andar esta ruta hoy cuando anochezca/ Tu esqueleto te trajo
hasta aquí/ Con un cuerpo hambriento, veloz/ Y aquí, gracias a Dios/ Uno no
cree en lo que oye/ Ángel de la soledad/ Y de la desolación/ Preso de tu ilusión,
vas a bailar/ A bailar, bailar/ Es tan simple, así no podés elegir/ Claro que no
siempre, ¿ves?, resulta bien/ Atado con doble cordel/ El de simular/ No querés
girar maniatado/ Querés faulear y arremolinar, oh, no/ Medís tu acrobacia y
saltás/ Tu secreto es/ La suerte del principiante/ No puede fallar/ Alguna vez,
quizás, se te va la mano/ Y las llamas en pena invaden tu cuerpo/ Y caés en
manos del ángel de la soledad/ Y él,
gracias a Dios, tampoco cree en lo que oye/ Ángel de la soledad/ Y de la
desolación/ Preso de tu ilusión, vas a bailar/ A bailar, bailar/ Por mis penas,
bailá/ Y por tu soledad”.
Cuando el año 2005, Diego
Maradona, al que el Indio llamó “el vengador de los pobres”, lo invitó a su
programa televisivo “La noche del 10”, este que se ha erigido como procer del
rock en castellano, rechazó el llamado. Decía que la televisión no era para el,
sabedor de que a Diego no le gustaba que lo contradijeran, y menos frente a
cámaras. El Indio era el Indio que preservaba su vida personal, sabedor que
ella no le pertenecía a nadie más que a el. Así lo recordaremos, inalcanzable para ser
presa del show frívolo, y absolutamente entregado a sus miles de seguidores que
lo escucharán siempre con devoción religiosa. Los ídolos son así. Capaces de
viajar hacia la eternidad, y convertir ese
viaje en mística inmortal.
Originalmente publicado en la columna Tocaré madera - Urgente.bo el 08 de junio
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