He perdido la cuenta de las veces
en que los maestros de oficios menores me fallaron, pero que en realidad son
los imprescindibles para que las cosas y las personas funcionen. Algunos de
ellos me demostraron con creces sus indiscutibles habilidades para la
reparación de averías eléctricas, tuberías ensarradas por el transcurso de las décadas,
ajustes de tornillos y barnices impecables de maderas, sastres que han hecho de
cuantos jeans han caído en sus manos, prendas de vida alargada gracias a
parches perfectos y costuras que les cerraron el paso a las hilachas para que
los pantalones superaran la vida útil programada por el sistema de consumo: Se
gasta, se rompe y a comprar uno nuevo. Conservo pantalones de mezclilla,
parchados por todas partes, que superan las dos décadas de uso, gracias a este
sastre que no para de trabajar, desde dar vuelta cuellos de camisa hasta coser
botones que volaron por algún descuido.
Del canaletero, ningún reproche.
Gracias a su extraordinaria capacidad y precisión, arregló un alero de mi techo
para que nunca más en tiempos de aguacero se me inundará la casa. Tengo
pendiente sentarme un día con el para que me cuente dónde, cómo y en cuánto
tiempo aprendió ese tipo de arreglos contra tempestades, granizos y nevadas.
Creo no equivocarme si digo que es el único de todos estos genios que facilitan
la vida cotidiana, que nunca me plantó, que llegó puntual cuando dijo que
estaría, que arregló lo que tenía que arreglar cuando dijo que lo haría para evitarme
un nuevo dolor de cabeza por una lluvia que se filtra por los resquicios menos
pensados e inunda de desesperación e impotencia.
El sastre me falló muy pocas
veces y el experto en canaletas nunca, pero los demás, todos los demás, que no
son pocos, me fallutearon siempre, y de todos ellos, algunos incluso se robaron
unos peniques con el consabido “adelantame para el material” para desaparecer
hasta el día de hoy.
Casi todos, desde los talentosos
hasta los mediocres que venden verdura podrida, son, somos fallutos en este
país de históricas promesas incumplidas, y esto cuando se verifica en los
escenarios de las grandes decisiones ya resulta cosa seria como ese
ofrecimiento de campaña electoral que inauguraba el uso del marketing político boliviano
en 1989: Los estudios de opinión encomendados por Goni Sánchez de Lozada informaban
que la más alta expectativa de la gente estaba centrada en el deseo de contar
con una actividad laboral estable. Consecuencia: Goni ofreció 250 mil empleos a
los incautos bolivianos que le creyeron, le creímos, votaron, votamos por el (para
evitar el triunfo de Banzer) y eso le permitió llegar al primer lugar del podio,
aunque todavía no a la presidencia. Cuatro años más tarde el mismo personaje
alcanzaba la silla del Palacio Quemado, pero por supuesto que ya se había
olvidado de su apantalladora promesa.
Los 250 mil puestos de trabajo
ofrecidos quedarán en el recuerdo de los ingenuos que votaron, votamos por el
candidato de la casilla rosada y que años después tuvo que salir rajando en
helicóptero por esa autosuficiencia muy característica de los poderosos
convencidos de su infalibilidad.
También nos falluteo Evo. No fue
luego del referéndum de 2016, cuando en principio, resignado, aceptó su derrota
en el referéndum del 21 de febrero y empezó a buscar relevo. Sucedió 20 meses
después, en noviembre de 2017. Junto con su entorno palaciego decidió inventar
el “ser candidato como derecho humano”, una grosería mayúscula validada por un arbitrario
e incongruente Tribunal Constitucional. De esta manera, Goni y Evo resultaron
en este sentido, igual de fallutos. El primero hizo una promesa de campaña
incumplida y más tarde llegarían otras con el “Plan de todos”. El segundo metió
a Bolivia en el túnel de la crisis institucional desde hace casi una década, y
las consecuencias nos siguen sacudiendo como replicas de un terremoto que nos
trajo hasta 2025 en que el oriundo de Isallavi le facilitó los caminos a
Rodrigo Paz para ganar las dos instancias electorales que le permitieron llegar
a la presidencia.
De esta manera Evo, por anular
sus ex hermanos y compañeros, Andrónico y Del Castillo, endiablado de ira por
haber quedado inhabilitado como candidato, instruyó en primera vuelta el voto
nulo que siempre favorece al primero de la tabla, y en la segunda, ordenó voto
comunitario por Paz-Lara para cerrarle el paso a Tuto al que considera el más
distinguido agente del imperialismo norteamericano. A siete meses de instalado
el nuevo gobierno, para Evo y la gran mayoría de la Bolivia popular, Paz es
ahora el nuevo lacayo del norte.
Así de falluta es Bolivia. Evo
con la disminuida, pero cualitatitva influencia sobre una porción del
electorado, ayudó a Paz Pereira a ser Presidente, y este que se benefició del
voto, con el valor agregado obtenido por el Capitán Lara, ni bien alcanzó el
triunfo, tomó como decisión inaugural de su mandato, eliminar el impuesto a las
grandes fortunas, beneficiando a ese puñado de millonarios fuga capitales que
tiene Bolivia.
Con estos antecedentes, quedará
claro que si hay algo que aquí no falla, es el falluterío, puntualmente
practicado por el electricista, el plomero, el sastre y el Presidente del
Estado, en mi caso con esa excepción que confirma la regla: La del canaletero
que con su trabajo un día supo rehacer los aleros y ajustar los bajantes para
cerrarle el paso a nuevas probables inundaciones en mi casa. Felizmente,
siempre habrá uno que no nos falle. En la política todavía no lo hemos
encontrado.
Originalmente publicado en la columna Tocaré madera - Urgente.bo el 01 de junio
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