El Indio Solari está cantandolé a
Lionel Messi desde el cielo y el infierno su premonitorio “ángel amateur”: “Empiezo
por el final, terminaré en el principio” para continuar con el augurio “yo ya
no puedo cumplir hazañas que prometí, sólo seguir cantando”.
Cada vez que repasamos lo que
hace Messi para no dejar de ser amateur, ese que ama vocacionalmente lo que
hace, me convenzo más que con su esencia ha logrado ponerle una frontera a su
cerebro para separar la fama y el dinero del espíritu con el que el genio
nacido en Rosario se desplaza en los tapetes verdes en los que el juego de once
contra once se hace prosa y poesía (Pier Paolo Pasolini) gracias a esa
capacidad que tiene de honrar al más grande título de un libro futbolero: “La
dinámica de lo impensado”(1967) de Dante Panzeri.
¿A alguno de nosotros, seguidores
persistentes del juego, se nos pasó por la cabeza que Messi empezaría por el
final anotando un triplete en el debut contra Argelia en su sexto mundial para
terminar en el principio como cuando debutaba el 16 de noviembre de 2003 con la
camiseta del Barcelona a los 16 años? Creo que a nadie, y menos a esa caterva
de detractores que siguen esperando vanamente que se produzca el tropezón que
le ponga fin a su carrera, ahora que tiene 38 años jugando su sexto mundial.
Los que le llaman extraterrestre
o ángel caído del cielo, se equivocan. Messi, desde su inalterable cotidianidad
de hombre normal, con la sencillez del que rehúye la ostentación, ha sido tan terrícola
durante toda su carrera que primero se hizo especialista en fracasos con la
celeste y blanca, como alguna vez se autodefiniera el ahora seleccionador de
Uruguay, Marcelo Bielsa, masticando las amarguras de la derrota, claudicando y
renunciando a continuar en la selección argentina en 2016 y retornando desde la
tristeza para reactivar el incierto desafío de intentarlo otra vez.
Ya lo había ganado todo con los
blaugranas y como siempre recuerdo, cristalizando esa santísima trinidad junto
a Xavi e Iniesta con los que no se cansaba de dibujar triangulaciones y hacer
de cada juego una fiesta en la que la calidad desembocaba en goles y trofeos
levantados.
Cuando Lionel Scaloni se hizo
cargo de la albiceleste, acompañado por ese puñado de talentosos que conforman
su cuerpo técnico –Pablo Aimar, Wálter Samuel, Roberto Ayala—provenientes de la
generación formada por José Pekerman, estaba arribando un desconocido al que
gran parte del periodismo argentino le cantó el réquiem de la subestimación y
el menosprecio.
Les tapó la boca a los pájaros de
mal agüero –desde entonces a la selección muchos le llaman la escaloneta--,
aplicando el “uno para todos y todos para uno” de Los tres mosqueteros. Ningún
otro predecesor parecía haber asumido plena conciencia de que la fórmula
consistía en una dinámica de dar-recibir con Messi jugando para el equipo y
simultáneamente los compañeros jugando para Messi, esto es, produciendo la circularidad
de lo colectivo y lo personal, con trabajo táctico y autorización de libertad
para las expresiones de talento individual, no sólo del 10, sino de todos sus
compañeros como sucedió con esa obra de arte que es el segundo gol anotado por
Angel Di Maria frente a Francia en la final de Qatar 2022 luego de una
secuencia de precisión en velocidad producida por Nahuel Molina, Lionel Messi,
Julián Alvarez, y Alexis MacAllister
La perfección futbolística
alcanzada por Messi, la única perfección hoy verificable por quienes se ufanan
de apreciar el juego en profundidad, pasa por su ausencia del partido jugado
frente a Brasil (4-1) por eliminatorias (25 de marzo de 2025). Argentina
ofreció entonces una exhibición de solidez táctica notable, pero sobre todo un repertorio
de exquisiteces técnicas de sus intérpretes. Fue en ese partido que se confirmó
que la “Messi dependencia” era cosa del pasado amargo, produciéndose otro hecho
inusual: Messi, inspirando a sus compañeros desde afuera de la cancha, demostró
que también se puede ser el mejor en esa aparente contradicción de ser sin
estar.
En su debut en este mundial 2026
frente a Argelia, el úlitmo campeón del mundo, obligado por el buen manejo de
pelota de la selección africana intentando imponer superioridad en el medio
terreno, tuvo que emplear recursos de repliegue y disciplina defensiva que le
dieron apariencia de lentitud, ensayando de manera inusual, salidas de balón
saltando líneas con largos envíos a cargo del guardameta Emiliano Martínez a
contracorriente de una Argentina acostumbrada al control casi absoluto de las
acciones en el desarrollo de un partido, que habitualmente sale del fondo con el
primer pase a cargo de alguno de los centrales, en este caso Cristian “Cuti”
Romero o Lisandro Martínez.
Con la madurez acumulada
ejerciendo su condición de gran ganadora en Qatar, Argentina hizo de la
perfecta combinación entre pausa y repentización, el expediente de cómo jugar
sin ansiedad igual de bien con la posesión de la pelota así como con la pérdida
y la búsqueda de recuperación que permitieron las fantasmales irrupciones del
ángel amateur para batir la portería del hijo del gran Zinedine Zidane (Luca),
ahora más argelino que francés.
Así Argentina inició su andadura
en esta Copa del Mundo, como si su tercera final ganada hubiera sucedido hace
quince días: La mayor parte de los futbolistas de hace cuatro años estaba en la
cancha del Kansas City Stadium repleta de argentinos y argentinas de todas las
edades delirando con ese elenco que por si fuera poco, se ha tomado tiempo para
contener a su líder histórico, afectado por una enfermedad comprometedora que
está padeciendo su padre, internado en una clínica.
Cuando se pensaba que en este
torneo tendríamos a un Messi otoñal, sucedió lo
contrario porque como bien dice Aimar, “con el nos acostumbramos a lo
extraordinario”.
Ahora toca Austria (lunes 22 de
junio 13:00 HB), contra la que podría jugar otro partido memorable, pero no se
descarta que en algún momento no brille como todos lo esperamos. No tiene
importancia. Ya lo hizo todo por el fútbol en todas sus dimensiones. Lo único
seguro es que saltará al campo de juego para decirnos, otra vez, que quiere
seguir compitiendo como nadie, hasta cuando quiera y es que como lo dijera el delantero británico Jack Grealish
(Everton) “Messi les recuerda a todos la diferencia entre la fama y la
grandeza.”
Originalmente publicado en la columna Tocaré madera - Urgente.bo el 22 de junio
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