Ahora que necesito volver al quirófano para que el cirujano maxilo facial me inserte un implante que me permita recuperar completamente la parte superior de la dentadura, recuerdo el pánico a la anestesia que arrastré por décadas y a las temibles consecuencias amadorradas de un postoperatorio. He vencido ese miedo cuando el pasado año me hicieron todos los exámenes posibles, desde un hemograma completo hasta un electrocardiograma en el que ya no figuran ni los mínimos rasgos de hipertensiones inquietantes.
La convalecencia que me espera, me invita a sentir que el mundo también puede verse desde el aerodinámico sillón odontológico, sitio en el que he estado durante sesiones cercanas a las dos horas, debido a mis necesidades de periodoncia, es decir, de eliminación de cálculos en las encías, bolsas infecciosas y sarros resultantes de la falta de rigor y constancia en el cepillado de estos mis dientes que por ahora dan lugar a que mi dicción televisiva no sea posible.
Otra cosa ha sido que el cirujano plástico o estético, ha alabado mi acelerada cicatrización y el hecho de que las mallas de titanio que han sido introducidas a mi pómulo izquierdo y ayudaron a superar el estallido de fracturas, me ponga en la tentadora camilla de pensar en botox, rellenos para las líneas de expresión o tratamientos laser para los surcos de este mi cincuentenario semblante, aunque hayan todavía voces alentadoras y compasivas que me dicen que parezco sólo un cuarentón.
Hecha este indispensable contextualización maxilar, veo en pantalla, desde el sillón del dentista, al Príncipe de Huacaraje, ahora invariablemente encorbatado, explicando el por qué del Patria o Muerte, la Whipala en los uniformes militares, y dejando a otros portavoces, operadores y estrategas, la misión de hacer gobernadora a una Reina que antes trabajaba con la orientación de una señora tantas veces sindicada de proxeneta, que a su vez ha intentado vana e ingenuamente querer hacerse del concurso Miss Universo, como si tal asunto no fuera de iniciativa privada (la CAINCO y la CAO debieran apostar a estos desafíos en lugar de que algunos de sus amigos se mezclen con terroristas de Morondanga), y de ninguna manera de un Estado que en lugar de plurinacionalizarse a fondo, está prefiriendo ceder a la tentación folklórica y patética de una discreta charanguista y muy buena cantante, embajadora de no sé qué en el firmamento de la cursilería y la farándula criolla.
Como si un lema militar pudiera colgarse por decreto en lugar de concebirse como resultado de un proceso autenticamente revolucionario, como si una una reina engreída por un príncipe pudiera como la Bella Durmiente, despertar al saber, al conocimiento y a la eficiencia, como si la whipala no fuera un distintivo bastante más llamativo que la misma tricolor y por eso se decide incrustarla en un el vestuario castrense, como si una tropa de fiscales fuera indispensable para que quede claro quienes fueron los truanes del terrorismo y de los dispendiosos gastos de la cosa pública, es decir, como si todos tuviéramos que ser anestesiados para comprender quién es quién en Bolivia, ahora estamos juntos, revueltos, confusos, soberbios, omnipotentes y patéticos.
Visto de otro modo, me sacuden por los cachetes quienes me insistián en que la alta concentración del voto genera legitimidades que pueden conducir al delirio, y el delirio es enemigo de la revolución y de los revolucionarios, y muy amigo de los rencorosos, anecdóticos, patrioteros y oportunistas de un proceso, que comienza a desvirtuarse con repartijas, prebendas, administradores de pegas y coimas, y otros deformadores de oportunidades únicas como la que hoy tiene nuestro país charangueado, siliconado y encorbatado de polyester, todo esto envuelto en un triunfalismo y un sectarismo que me devuelve a los relatos de mis abuelos sobre el pazestenssorismo de los 50 y su tenebroso Control Político gerentado por los San Román y los Gayan.
Que García Meza siga en la cárcel, en celda cualquiera, lo mismo que Arce Gómez. Que Tuto, Mesa y Cárdenas nunca más vuelvan a gobernar. Y que nadie emule por izquierda, en nombre del cambio, las prácticas de los militantes de la partidocracia. Que Evo Morales haga un igual o mejor gobierno que en su primer período y para eso espero que pueda poner, cuando se deba, y a prudente distancia a príncipes, reinas y cortesanos que pueden hacerle perder la perspectiva y la frontera entre lo sustancial y lo anecdótico. De lo contrario, algún día, aunque no sea mañana, aparecerá una nueva derecha ante la que por supuesto no habrá nada que decir, y nuestra ilusionada Bolivia Plurinacional termine yéndose por un caño.