Dicen la leyenda, el prejuicio y algunas experiencias recogidas en testimonios pasmosos, que las borracheras del altiplano aymara son horrendas hasta el paroxismo. Dicen que los habitantes de los andes bolivianos, una vez se pasan de copas, se transfiguran en espectros capaces de cometer desmanes lindantes con la violación, el asesinato, o el linchamiento. Sumisos y humildes en la normalidad diurna, son unas fieras sueltas cuando chupan hasta morír, cuando deciden terminar como estropajos al amanecer.
El rictus del miedo escénico del que quiere ser actor de teatro y se paraliza en el escenario porque el público lo cohíbe es ciertamente menos inquietante que el gesto desencajado de un aymara danzando en zetas al borde de la carretera en alguna celebración patronal o familiar. Nada tiene que ver su gesto habitualmente ensimismado y taciturno con este otro producto de varios días de descontrol etílico.
A todas estas imágenes descritas por mi padre hace tres décadas, me ha remitido el semblante de este Patzi que escapaba de la Policía a las tres de la mañana en pleno centro de la ciudad y que ha sido conminado a renunciar a candidato para la gobernación de La Paz por el propio Evo que muy a contracorriente de los hábitos campesinos...no chupa, porque sabe de los daños y perjuicios que puede provocar el alcohol en las profundidades existenciales y en los objetivos políticos.
Chupar hasta morír es una vocación que no he conocido de manera tan nítida en otros territorios que no sean los andes bolivianos. Conozco los estados de gracia a que puede conducir un cuidadoso saboreo de buenos vinos, pero también sé lo lamentable que es pasarse de la raya y transitar por estados de ánimo indeseables como la depresión o la agresividad, resultados de esa tontería de excederse a sabiendas de las consecuencias.
Los Patzis y los choferes de los buses que no quieren perder sus licencias porque se creen inmortales y estupendos, porque creen que cuando se está chispeado no pasa nada, hasta ahora no saben que el vicio posterga el crecimiento personal y que entre estar chispeado y estar mula de borracho hay un imperceptible línea fronteriza.
Y por si todo lo anteriormente dicho fuera poco, aparecen tipos detestables como Franklin Durán, ejecutivo de los transportistas, que en plan negociador y perdonavidas amenaza con un paro y bloqueos de carreteras ante la decisión gubernamental de empezar a tomar al toro por las astas, teniendo en su opaca conciencia que le fue decomisada la licencia por infeliz borracho reincidente.
Si la boliviana no es una sociedad alcohólica, ya no quedan dudas de que en términos gremiales y corporativos es una sociedad que se caracteriza por tener demasiada conciencia y sentido de ubicuidad sobre sus derechos, pero un enorme desprecio por sus obligaciones: Empresarios que no quieren estatismo pero que vivieron del Estado cada vez que tuvieron amigos en el poder para obtener recursos que su ineficiencia les impedía, maestros trostskystas que lloriquearon por décadas el salario mínimo con escala móvil, pero que hasta ahora no dan señales de una sustancial mejora cualitativa de sus saberes y su capacidad para enseñar/aprender, choferes que quieren seguir chupando y manejando impunemente en las carreteras donde para ellos debe seguir reinando el descontrol, burócratas que se creen inmortales porque le dicen al pobre usuario simplemente No.
Dejémonos de joder con cacareos sobre el Proceso de Cambio mientras no alcancemos conciencia de que tal cosa será imposible si seguimos chupando hasta morír y que le robaremos los impuestos al prójimo porque no acudiremos al trabajo al día siguiente, porque estamos de chaqui hermanito, o porque la resaca es el recinto sagrado de la mediocridad emborrachada en que muchos y muchas debaten su cotidianidad.
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