Por jugar a los sorprendidos o escandalizados, terminan nada más que como burros quienes pretenden aprovecharse del tema para golpear, otra vez, a un gobierno que todavía sigue en proceso de aprendizaje de cómo se administra, pero sobre todo cómo se controla, un Estado.
Los servicios de inteligencia estatales y los que hacen el trabajo desde la vereda de enfrente, son más viejos que el tiempo. Que sean mal manejados, que una embajada meta la mano pagando refuerzos salariales a quienes componen la supuesta organización de élite, no es otra cosa que la constatación de la ingerencia imperial en todos los asuntos internos de un país pobre, dependiente o tercer mundista como el nuestro. Como aquí no están los venezolanos el escándalo no llega a ser mayúsculo.
Hay espías y contraespías, pero como todos se hicieron pillar, la cualidad "secreta" de estos grupos quedó pulverizada --y luego disuelta por el ministro Rada--, aquella que por cierto da sentido a sus labores diarias de pinchazos de teléfonos, rondas por ciertas calles y plazas, utilización de cámaras fotográficas, etc.
Para espiar, husmear, meter el ojo donde la moral y las buenas costumbres dicen que no, también hay que tener estilo, y en Bolivia, conforme transcurren los días, lo que cada día hay menos y se nota, es oficio y por supuesto discreción que es una manera de tener estilo.
jueves, 31 de enero de 2008
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