jueves, 18 de junio de 2020

Retreta militar contra el coronavirus


El domingo 3 de mayo, día en que debían realizarse elecciones nacionales, pospuetas debido a esta pandemia que nos tiene a maltraer, las Fuerzas Armadas de nuestro Estado Plurinacional decidieron que sus bandas musicales salieran de frente con compás mar por calles y plazas de las ciudades, con la orden de “levantar el ánimo a la población en el combate contra el coronavirus”. Ese mismo día, por la noche, un noticiero televisivo difundió una breve entrevista con un oficial que explicaba que “la música levanta la moral e infunde patriotismo en la ciudadanía” y que ese fue el motivo para que se decidiera tan cívica y patriótica acción.

La escena era entre surreal y pintoresca debido a que los trompetistas y trombonistas de las bandas marchaban impedidos de usar barbijos, en tanto la protección es incompatible con soplar los instrumentos que hacían sonar “Viva Santa Cruz” o “Viva mi patria Bolivia”. Los tamboreros, en cambio, sÍ llevaban los protectores tal como lo ordena el protocolo dictado por la desportillada Organización Mundial de la Salud (OMS), lo que significa que hay más probabilidades de que los vientistas de la banda puedan contraer la enfermedad, mientras los percusionistas, bien provistos, además, de guantes quirúrgicos de látex, seguramente sintieron que el paso de parada no resultaba una gran amenaza para sus integridades físicas.

Unos marchaban con barbijo, los otros no, pero todos irrespetaban de manera estruendosa, como la música que interpretaban, la denominada distancia social, debido a que el codo a codo entre camaradas ataviados de uniformes y cascos de camuflaje es inevitable en incursiones callejeras marciales como esta. Las banderas rojo, amarillo y verde ondeaban y los aplausos desde ventanales y balcones se dejaban sentir, como testimonio de gratitud de los espectadores, emocionados con el espectáculo militar musical, que reconocían la valentía de los uniformados que por imbuír de espíritu a los confinados, fueron capaces de salir a riesgo de terminar contagiados, en terapia intensiva y en algún caso, coqueteando con la muerte.   

Los grandes músicos populares del planeta, los que consagran sus vidas a componer, tocar y cantar a diario, han venido programando tareas sin tufo nacionalista y con sonido universal, desde las salas y estudios de grabación de sus casas, desde la pulcritud y la sobriedad de acatar las cuarentenas que  rigen en sus ciudades y países, haciendo uso de la tecnología para armar propuestas interconectadas por Whatsapp, Zoom o Jitsi Meet. Que hasta ahora sepamos, a ninguna banda rockera o jazzera se le ocurrió romper el confinamiento en el afán de salir a combatir estados de ánimo y de salud que se extienden desde la resignación hasta el miedo, pasando por la depresión, la histeria, la paranoia y la somnolencia.

Los de mi generación, los que tuvimos infancia-adolescencia bajo regímenes dictatoriales militares, no experimentamos la vibración que mujeres y hombres de nuevas generaciones supieron expresar este último domingo, sencillamente porque las bandas de oficiales y soldados del Ejército nos recuerdan a las cadenas informativas obligatorias instruídas por el dictador García Meza que se transmitían desde radio Illimani, “la emisora del Estado”.

Combatir el coronavirus con Biblia, plegarias, vigilancias militar y policial en primer lugar, y con la ciencia y la infraestructura médicas por detrás, me recordó que las ciudadanas y los ciudadanos de nuestro país tenemos la necesidad de contar con un gobierno elegido en las urnas, para que las fases de mediano y largo plazo de lucha contra esta compleja pandemia puedan producirse en el marco de la orientación y concientización en lugar de la vigilancia y el ultimátum. La legitimidad es uno de los bienes más preciados para la salud democrática de un país.


Originalmente publicado en el diario La Razón el 07 de mayo de 2020


Bolivia: El combate contra el coronavirus es militar y policial


El Estado boliviano atraviesa una severa crisis de legitimidad instalada el 12 de noviembre del pasado año con el irregular ascenso de Jeanine Añez a la presidencia, luego de logrado el objetivo de forzar la renuncia de Evo Morales, acusado de propiciar un fraude electoral que le habría permitido un triunfo en primera vuelta, victoria agilmente desmontada con una operación multilateral y mediática encabezada por el reelecto Secretario General de la OEA, Luis Almagro: Hasta el día de hoy no han aparecido los números concretos y precisos de las “irregularidades” y todo indica que nunca aparecerán. Ya no hay necesidad de demostrar el fraude: Evo dejó el gobierno y el país hace más de cien días.

Esa crisis de legitimidad es producto de la instalación de un gobierno facilitado por los aparatos militar y policial con el respaldo de una multipartidaria golpista y  la embajada de los Estados Unidos, instituciones armadas que han vuelto a cobrar protagonismo con la declaratoria de cuarentena, días después nombrada como Emergencia Sanitaria,  que debería servir para evitar la propagación masiva del corona virus en todo el territorio nacional, contexto en el que el discurso oficial ha estado centrado en las advertencias amenazantes de emprender acciones penales contra todo el que ose romper el confinamiento que serviría para evitar calamidades de grandes proporciones como las que se soportan en Italia, España, Francia y Estados Unidos.

Al privilegiar el orden y el ultimatum como principales contenidos del encaramiento de la crisis, el gobierno transitorio con presidenta-candidata para las próximas elecciones con fecha ahora pospuesta e indeterminada (debían realizarse el 3 de mayo), se había logrado hasta el domingo 29 de marzo desplegar una cortina lo necesariamente gruesa para que la ciudadanía no lograra visualizar que en el país, el discurso preventivo y sanitario resultaría insuficiente dada la precariedad del sistema de salud pública como bien lo ha reconocido el Alcalde de La Paz, Luis Revilla, socio político de Añez, para las próximas presidenciales.

Tuvo que llegar la desgracia y la negligencia a la familia del ejecutivo de una telefónica con sede en La Paz, para que finalmente saltaran las alarmas. En efecto, el ciudadano Richard Sandoval, gerente de la empresa AXS había retornado de Nueva York y empezó a sentir que su organismo avisaba sobre la necesidad de acudir a un centro de salud. Lo atendieron en una clínica privada y lo derivaron a un centro municipal situado en una zona periférica, teóricamente señalado para atender el corona virus, en el que lo recibieron con las manos vacías, luego de llegar en una ambulancia sin camilla: No había ni equipamiento, ni médico intensivista que pudiera atenderlo. Ingresado en fase crítica, Sandoval fue reenviado a otro hospital, situado éste en la ciudad de El Alto, al que llegó sin signos vitales, fallecido por una neumonía. 

En dos días, Bolivia ya contabiliza siete personas muertas, y más de cien casos detectados y confirmados, de los cuales, más del 50 por ciento se encuentran en el departamento de Santa Cruz, en el que ha cundido el desorden y la desobediencia a las disposiciones gubernamentales que insisten a diario con que se acate la cuarentena sin que pudieran mediar argumentos o atenuantes.  El Secretario de Salud de la Gobernación de ese departamento, Oscar Urenda, ha insistido de que “debemos estar preparados y asustados”, debido a que se viene una crisis en la que toda la infraestructura hospitalaria y de personal, serán insuficientes en el momento en que se ingrese en la llamada “transmisión comunitaria sostenida” de la propagación del virus.

El corona virus afectará severamente la economía popular, considerando su carácter predominantemente informal y las consecuencias se advertirán de manera nítida con posterioridad a la superación de la pandemia que amenaza con tener al país prácticamente paralizado por los próximos tres meses con la única certidumbre de que el partido de Evo Morales, el Movimiento al Socialismo (MAS) ganará nuevamente las elecciones, por ahora duplicando en las preferencias a sus inmediatos perseguidores, la presidenta Añez y Carlos Mesa, 32 contra 18 y 17 por ciento, restando saber si lo logrará en primera vuelta o se deberá acudir a una segunda .

De haberse posicionado como primera economía en crecimiento de la región durante por lo menos tres años consecutivos, Bolivia ha retrocedido a tiempos en que se caracterizaba por su inestabilidad política y económica, ahora agravada por el azote planetario de una pandemia que ha interrumpido la normalidad cotidiana y que obliga a repensar los códigos de convivencia fuertemente deteriorados, dicho sea de paso, al haberse prohibido el regreso de ciudadanos bolivianos a través de la frontera con Chile debido a la vigencia de un decreto que obliga a que nadie ingrese o salga del país, aunque hace unos días se hayan autorizado vuelos para repatriar ciudadanos norteamericanos y europeos a sus países, lo que le está significando al gobierno de Añez una condena generalizada, incluso a cargo personalidades públicas que en su momento propiciaron su  llegada al poder.


Originalmente publicado en Noticias para América Latina (NODAL) el 03 de abril de 2020




Bolivia: Del Estado de Derecho al Estado de derecha


Lejanos y borrosos quedaron los días en que Eduardo Rodriguez Veltzé condujo la transición boliviana de 2005 en que se impuso una sobria agenda conducente hacia las elecciones generales del 18 de diciembre, en la que ninguna tentación para el oportunismo pudo seducir al que llegaba al palacio de gobierno como presidente de la Corte Suprema de Justicia.

A Rodríguez ni se le pasó por la cabeza maquinar alguna burda maniobra de prorroga en el cargo, y menos concebir una candidatura desde su presidencia, producto del sentido de la sucesión constitucional que pasaba por devolverle al país la normalidad democrática con el propósito de facilitar elecciones libres de contaminaciones tendenciosas, una vez el entonces presidente de la República, Carlos Mesa y los presidentes del Senado, Hormando Vaca Diez  y de Diputados, Mario Cossío, renunciaron a sus cargos, producto de una crisis político institucional arrastrada desde el gobierno del más neoliberal de los presidentes bolivianos, Gonzalo Sánchez de Lozada.

A diferencia de aquél tiempo, Bolivia está experimentando una sinuosa transición hacia nuevas elecciones, plagada de incidentes diplomáticos de violación a las reglas del juego sobre el refugio político, y órdenes de detención contra militantes del partido de Evo Morales y ex autoridades, que caracterizan al régimen policiaco de Jeanine Anez, promovida a la presidencia por agentes protagonistas de una conspiración que logró la renuncia de Evo Morales, ahora convertidos en candidatos presidenciales –Mesa, Camacho, Quiroga-- encargados de borrar la reglamentaria sucesión constitucional en base a un cuidadoso plan que comenzó por trasladar a Añez en un helicóptero militar desde Santa Cruz de la Sierra hasta La Paz, el lunes 11 de noviembre (2019), para que jurara al día siguiente, mientras se intentaba asegurar previamente la renuncia de Adriana Salvatierra a la presidencia del Senado, a fin de evitar que se produjera la continuidad del MAS en el gobierno, por lo menos hasta el 22 de enero de 2020, fecha de expiración del mandato de Evo: Para los golpistas, Añez ya era presidenta antes de que se produjera la renuncia de Morales.

Consumada la dimisión de Evo, inducida por el Gral.William Kalimán, Comandante de las Fuerzas Armadas, Añez comenzó a gobernar en sociedad con Luis Fernando Camacho, entonces presidente del Comité Cívico de Santa  Cruz, quién con la puesta en escena de cabildos, organización de un paro indefinido y su decidida marcha hacia La Paz para con Biblia en mano, pedir a través de una carta la renuncia de Evo, se posiciónó como el principal operador del derrocamiento, acción que hoy le permite erigirse en candidato presidencial junto a Marco Pumari, otro dirigente cívico, presidente del Comité del departamento de Potosí, y que bajo la sigla CREEMOS, aspira a  situarse como la nueva opción generacional de la derecha boliviana. 

El supuesto proceso fraudulento auditado por una comisión de la OEA, enviada por su Secretario General, Luis Almagro, que habría justificado el pedido de renuncia a Evo, se refirió a irregularidades y en ninguna parte del informe final alude explícitamente a un fraude que habría modificado dramáticamente el resultado final de las elecciones del 20 de octubre, en sentido de que no existían los diez puntos de diferencia exigidos por la ley electoral para obtener el triunfo en primera vuelta.

Producidos los acontecimientos, comenzaron a decantarse los ímpetus electorales y excluyentes de todos quienes colaboraron en distintos de grados de participación con la caída de Evo, que a diferencia de Nicolás Maduro que preserva como oro su estructura político-militar, había perdido, sin que lo advirtiera, la lealtad y la subordinación policial y de las Fuerzas Armadas que fueron decisivas a la hora de consumar los hechos.

Hoy gobierna Bolivia un partido de derecha (Movimiento Demócrata Social MDS) no elegido en las urnas y que ha impuesto un modelo  represivo de persecuciones político juidiciales, con el agravante de una candidatura que juega con ventaja sobre las demás, debido a que Jeanine Anez ejerce la presidencia  como juez y parte, exactamente igual que como lo hiciera Evo.

Lo más grave, sin embargo,  es la alarmante inexistencia de una deliberación basada en visiones de país y programas de gobierno como para que no haya duda que el trauma provocado por catorce  años  de Evo, mantiene anquilosados a quienes aspiran a sucederlo en el cargo y que no son capaces, hasta ahora, de explicar un modelo alternativo al del MAS que le ha otorgado al país en los últimos catorce anos, una estabilidad y una coherencia económica de la que se está beneficiando el gobierno transitorio que quiere a Jeanine presidenta entre 2020 y 2025.



Originalmente publicado en Noticias para América Latina (NODAL) el 16 de febrero de 2020

La desmadrada transición boliviana


Hasta mediados de octubre de 2019, Bolivia era el referente modélico de la economía de la región con niveles de crecimiento por encima del cuatro por ciento que lo situaba en el primer lugar de Sudamérica en estabilidad, reducción de la pobreza, significativa incorporación de ciudadanos urbanos y rurales  –aproximadamente un millón de personas en el último lustro—a la clase media y un insignificante nivel de inflación anual por debajo del dos por ciento admirado por propios y envidiado por extraños, populistas y neoliberales.

La repostulación de Evo Morales para las elecciones del 20 de octubre terminaría trastocandolo casi todo: Una precipitada valoración de la contienda electoral (lunes 21) por parte del equipo de observadores de la OEA, indicaba que se había producido un cambio abrupto y sospechoso en la tendencia de la votación y a esa lectura tendenciosa y precipitada contribuiría el Tribunal Supremo Electoral con la suspensión intempestiva e inexplicable de un sistema de conteo rápido de votos sin validez jurídica, pero con un alto grado de impacto psicológico colectivo que sirvió de pretexto para que el principal candidato opositor, ex vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada, el ex periodista Carlos Mesa, convocara a la ciudadanía a volcarse a las calles con dirección a las oficinas departamentales electorales para reclamar por su voto, bajo la convicción de un supuesto “monumental” fraude. La convocatoria derivó en incendios, y a partir de ese momento la violencia iría creciendo en espiral.

De ahí en más, veinte días de agitación callejera a través de paros cívicos en las principales ciudades, bloqueos y movilizaciones en distintos grados de intensidad, desembocaron el domingo 10 de noviembre en la renuncia de Evo Morales a la presidencia,  y de toda la línea sucesoria que garantizaría la permanencia del Movimiento al Socialismo (MAS) en el poder, por lo menos hasta el 22 de enero, fecha formal de finalización del mandato presidencial: La obstinación por retener el poder, aunque fuera a través de una forzada interpretación del Pacto de San José, en sentido de que repostularse es un derecho humano, se convertiría en una enormísima factura que el país empezaría a pagar en cuotas inimaginables comenzando por la captura de la presidencia por parte de la segunda vicepresidenta del Senado, Jeanine Añez del Movimiento Demócrata Social (MDS) que en la “fraudulenta” elección había alcanzado apenas el cuatro por ciento de la votación nacional. Golpe de Estado se dijo desde México, Argentina y otros países que constataron que se había obligado a Evo a renunciar y a escapar del país ante la amenaza de que su vida corría peligro en territorio nacional.
Añez juró sin quorum parlamentario y con presencia de generales y coroneles que le otorgaron su bendición para ejercer una primera magistratura transitoria, con el casi exclusivo propósito de una nueva convocatoria a elecciones en el plazo más breve posible con una nueva composición del Tribunal Supremo Electoral, lo que daría lugar a un gobierno de trámite reglamentario para evitar un temido vacío estatal, hasta que a algunos personeros de su entorno se les ocurrió preguntar a través de encuestas “¿Y si fuera ella?” en alusión a la probabilidad de pasarla de presidenta transitoria a presidenta candidata como “única” opción de unidad frente al riesgo de que el MAS, el partido de Evo que conformó binomio con Luis Arce y David Choquehuanca, ex ministros de Economía y Relaciones Exteriores durante doce años consecutivos, pudiera volver a ganar en la contienda que se realizará el próximo 3 de mayo.

En efecto, Jeanine es ahora candidata y presidenta transitoria con el respaldo de su propio partido y las agrupaciones ciudadanas de los alcaldes de La Paz y Tarija, Luis Revilla y Adrián Oliva, que decidieron romper sus alianzas con la Comunidad Ciudadana (CC) de Carlos Mesa que fue segundo en las anuladas elecciones pasadas y continúa persuadido de que esta vez puede ganarla en tanto Evo ya no podrá estar en la papeleta electoral.

En aproximadamente setenta días de ejercicio gubernamental, la administración de Jeanine Añez ha tomado decisiones estructurales que casi nada tienen que ver con un gobierno bisagra con un solo elemento central de agenda que consiste en llamar a nuevas elecciones: Liberó de la obligación de visas para ciudadanos estadounidenses e israelíes, suspendió relaciones con Cuba, reconoció a Guaido como gobernante de Venezuela, se envolvió en incidentes diplomáticos con la embajada de México en la que se encuentran asilados varios ex colaboradores de Evo Morales, y también con la embajada de España ante un supuesto intento de sacar clandestinamente a ex personeros acusados de terrorismo y sedición como el entonces Ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, acusando a Podemos de Pablo Iglesias de encontrarse detrás de esta supuesta trama.

Y no sólo eso, porque las órdenes de detención a presuntos corruptos del gobierno de Evo se han convertido en la moneda corriente boliviana, y también la vigilancia a medios de comunicación a los que se tacha de sediciosos y casi cómplices de supuestas aventuras terroristas. En este contexto se han cerrado una apreciable cantidad de radioemisoras comunitarias en las últimas semanas y la activista María Galindo, líder de la agrupación Mujeres Creando ha sufrido la censura de una última columna de opinión que publica regularmente en el diario Página Siete, en la que denuncia una reunión efectuada días previos al golpe, en instalaciones de la Universidad Católica Boliviana (UCB) con la participación, entre varios,  del embajador del Brasil en La Paz,, el político Jorge Tuto Quiroga, ex vicepresidente de Banzer y al que sindica de agente de la CIA, como factores determinantes para el derrocamiento de Evo.

Jeanine Añez ha tenido que soportar la renuncia de su ministra de Comunicación, Roxana Lizarraga y esto le ha servido para solicitar renuncia colectiva y cambiar a tres de su inicial equipo. Dice que hará campaña en horarios fuera de oficina, sin utilizar el aparato estatal en beneficio de su candidatura. Los presidenciables de filiación ideológica parecida –Mesa, Quiroga, Camacho—que coincidieron en señalar a la hasta entonces senadora, como sucesora de Evo, afirman que esto es romper las reglas de juego y que la señora presidenta está actuando tal como lo hacía el prorroguista Evo. Con este panorama, el desconcierto y las sorpresas de giros, idas y venidas en la política boliviana están plenamente garantizadas, por lo menos en los siguientes tres meses, hasta cuando llegue la fecha de concurrir nuevamente a las urnas.


Originalmente publicado en Noticias para América Latina (NODAL) el 02 de febrero de 2020




Hasta aquí llegamos Evo


La mañana del 21 de octubre de 2019 se sabía que el gobierno de los Estados Unidos y la Organización de Estados Americanos (OEA) ya tenían cuadrada la salida de Evo Morales del poder luego de catorce años de haberlo sufrido y soportado hasta el extremo de la expulsión del embajador Philip Goldberg en 2008. En aquella oportunidad, el gobierno boliviano había acusado a la Embajada norteamericana de financiar a los gobernadores de los departamentos opositores al Movimiento al Socialismo (MAS), al que luego no podrían desestabilizar por más de una década hasta el extremo de una segunda reelección en 2014. Esta nueva victoria electoral ya había desquiciado a enemigos internos y operadores externos, afanados de que el “castro chavismo” cayera de una buena vez en las preferencias electorales de nuestros países.

El Secretario para Asuntos Hemisféricos de Occidente, Michael Kozak, hacía dúo con el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, para propagar que en los comicios del 20 de octubre, se había producido un fraude electoral, precipitada y calculadamente advertido por la misión de observadores del organismo interamericano, y amplificado por el principal candidato opositor, Carlos Mesa, que animaba a los votantes a acudir a los tribunales departamentales electorales para defender su voto. Esta fue la acusación que desembocó en vandalismo e incendios que se transformaron en un paro indefinido propiciado por el Comité Cívico Pro Santa Cruz, encabezado por el disciplinado operador Luis Fernando Camacho, quien a través de un video publicado el viernes 27 de diciembre, explicó la manera en que se operó la coordinación con militares y policías para “evitar” una represión que no tuviera un desenlace desgraciado. De todas maneras, el recuento de los daños informa 31 muertos, de los cuales se habla menos que de los 69 producidos en 2003, con la decisiva participación de Carlos Sánchez Berzaín, ministro de Defensa de Gonzalo Sánchez de Lozada en la llamada “Guerra del Gas” el hito en que la noche neoliberal llegó a su fin en Bolivia.

Evo tenía que irse sí o sí, y a 45 días de su caída resultaría ocioso persistir en la lloradera sobre la leche derramada abundando en detalles sobre el golpe de Estado al clásico estilo de uniformados pidiendo la renuncia de su Capitán General antes de que fenezca reglamentariamente su mandato. Evo fue defenestrado porque las clases medias tradicionales de las ciudades bolivianas compraron la narrativa del fraude como se adquiere en un mercado de pulgas un libro usado de autoayuda, porque sintieron que era la segunda vez que les tocaban el voto, como ya había sucedido el 21 de febrero de 2016 cuando en un referéndum gestado por el propio gobierno, el No a una tercera repostulación se impuso 51 contra 49. A partir de entonces, el entorno más cercano y complaciente al líder cocalero se afánó en encontrar la piedra filosofal constitucional que de todas maneras lo habilitara, tal como sucedió efectivamente el 28 de noviembre de 2017 en que se disponía que, de acuerdo al Pacto de San José, Evo podía volver a ser candidato haciendo uso de un inalienable derecho humano.

Evo no imitó las lecciones de sus amigos del vecindario: Lula tenía a Dilma, Néstor a Cristina, Mujica aguardaba tranquilamente el regreso de Tabaré Vásquez, Correa se jugó por el que luego lo traicionaría, Lenín Moreno, y hasta Hugo Chávez se había pronunciado por un sucesor. Evo no. Evo tenía a Evo y los lambiscones de siempre, los encaramados en la ola del exitismo y engañoso triunfalismo, asintieron que no había figura posible, masculina o femenina, capaz de encarnar el proceso histórico que lideraba con bolivianas y bolivianos que hasta su llegada al poder no estaban incorporados a la vida ciudadana. Hasta aquí habíamos comprendido que el sujeto histórico boliviano era el corporizado por las organizaciones sociales bolivianas de indígenas, campesinos y trabajadores urbanos, pero desde el momento en que prevaleció la lógica de líder carismático irremplazable, los anticuerpos contra Evo fueron centuplicándose hasta extremos obsesivos en los que algunos fracasados conversos de la izquierda boliviana de los 70, terminaron haciendo coro con los más conspicuos representantes de la derecha cavernaria y del neoliberalismo que dominó el país entre 1985 y 2005.

Las tres semanas de paro indefinido, bloqueos callejeros, alteración del orden público, acoso y quemas de viviendas de personajes públicos de uno y otro bando, motines policiales escalonados en las ciudades y la final intervención de las Fuerzas Armadas pidiendo la renuncia del presidente pueden leerse como un plan desestabilizador exitoso facilitado por los groseros errores cometidos por el hasta ese momento poder hegemónico ejercido con la mayoría parlamentaria de dos tercios de votos con los que el MAS fue una aplanadora que doblegó opositores ligados más al pasado político boliviano, que a un proyecto alternativo de futuro. La lección es inequívoca y didáctica: si el imperio es tan poderoso, repleto de recursos estratégicos y materiales, no le entregues la cartografía de la recuperación del control de un país revoltoso a cargo de su Embajada, otra vez reinando en las decisiones internas que toma un gobierno de transición que debería circunscribirse casi exclusivamente a convocar nuevas elecciones presidenciales para reestablecer plenamente el orden constitucional.

Bolivia, con una envidiable y persistente estabilidad económica desde 2006, ha ingresado en una atípica crisis, no dictaminada esta vez por indicadores económicos, sino por la puesta en entredicho de los valores democráticos y las libertades ciudadanas. El gobierno presidido por Jeanine Áñez, perteneciente al Movimiento Demócrata Social (MDS) que con su candidato Oscar Ortíz obtuvo apenas un cuatro por ciento de los votos, es el que se ha encargado de invertir los roles de la noche a la mañana, practicando lo que ellos llamaron persecución política a cargo de jueces y fiscales que buscaban congraciarse con el poderoso aparato de poder construido por el Movimiento al Socialismo (MAS). Esta situación llego a un riesgoso extremo, como el de ingresar en el terreno de los incidentes diplomáticos con la embajada de México, país que históricamente ha hecho del refugio político un ejemplo planetario de la salvaguarda de los derechos humanos.

Evo y el MAS han cometido gravísimas equivocaciones que la historia se encargará de explicar con la serenidad que permite el transcurso del tiempo: no es justo para un país que un tribunal electoral detenga un recuento preliminar de votos por más que éste no se encuentre en la normativa que determina los resultados finales. Es una chambonada con la que comenzó la caída de un presidente que, sin duda alguna, ha cambiado las matrices del funcionamiento del Estado en que el concepto de equidad se aplicó en la vida diaria de los bolivianos como nunca había sucedido en su desangrado derrotero de país saqueado y despojado de sus riquezas naturales. Esas que tanta codicia desatan en el capital transnacional.


Originalmente publicado el 28 de diciembre de 2019 en Debates indígenas

sábado, 2 de noviembre de 2019

El payaso del sistema


Los cultores del comic andan alucinando con el Joker que ha compuesto Joachim Phoenix y los cultores del buen cine de todas las épocas se están lanzando a las salas desparramadas por todo el planeta, acicateados por el León de Oro del Festival de Venecia que ha obtenido esta película de masas, que perfora la historia del más sofisticado y atormentado enemigo de Batman que ha llegado al mundo, según el especial énfasis de esta versión cinematográfica, para experimentar desde sus primeros recuerdos, la negación, el menosprecio, la subestimación, el bullying y el ninguneo, estímulos que conducen al personaje a graduarse de resentido social, según lo dicta el léxico conservador,  con talento para la catarsis sanguinaria como forma de respuesta a todas las desgracias que debe soportar en su tortuosa existencia, combinada de precariedad para enfrentar el día a día y de ilusiones sobre lo que nunca le sucederá: Seducir a la vecina con la que fantasea, pero que en realidad le teme, y alcanzar celebridad producto de un talento que cree poseer y del que casi nadie se entera.

Digo que esta película --“Guasón” en castellano-- perfora la iconografía de códigos fantásticos, impresionistas, policromáticos y hasta psicodélicos, según las versiones que se producían de una a otra década (comics, películas, serie de televisión), --inaugurada en 1939 con la irrupción del Caballero de la Noche, “Batman” creado por Bob Kane—porque el director Todd Phillips, optando por una estética decadente en la que destacan el claroscuro, la mugre y el deterioro,  aprovecha la laberíntica estructura mental del personaje para ofrecernos la disección psicosocial de un hijo de nadie apaleado por los códigos de convivencia en que domina la apuesta por el individualismo y el castigo al malvado que tiene como destino inevitable la marginalidad en el tablero de la gran ciudad, esa que lleva el nombre de Gótica, y que es en buenas cuentas la Nueva York considerada por tantos, capital del mundo, ciudad inclasificable en un país de señalética perfecta en el que ni el más despistado debería extraviarse.

Nos inculcaron en la infancia la idea de que el payaso tiene como oficio el hacer reír al público que acude al circo. Y que no importan los dramas o crisis existenciales que vaya soportando en la “vida real” porque de lo que se trata es de honrar el pago de la taquilla, sin que importe el acudir al expediente del chiste barato o previsible. El payaso debe reír y hacer reír, aunque tenga inundadas las entrañas de lágrimas y en esa lógica de comprensión, se ha construído en el imaginario que se trata de un ser triste que habita en la pobreza,  pone cara y risa de circunstancias, que sale al escenario maquillado al extremo de quedar sin rostro propio y ataviado de manera estrafalaria para que la ridiculez de entrada, como primer impacto visual, ya resulte graciosa.

El Joker, enemigo de Batman, era en primer lugar un histriónico egocéntrico que luchaba por controlar la ciudad a través de una organización criminal por él mismo comandada, pero esta última versión, sin la presencia del hombre murciélago, tiene todo para concentrar la trama en un destino solitario,  propio de la represión institucional de las grandes urbes: La cárcel, el hospital, el geriátrico y en este caso el manicomio (Arkham) en el que el personaje desemboca, y con el que se corta de raíz la serie de asesinatos a cual más truculento, todos ellos con una explicación provista por el mosaico social: los chiquillos de barrio afros y latinos, los yuppies de Wall Street que lo atacan en el Metro, su propia madre con quien mantiene una perniciosa relación edípica y le miente acerca de la paternidad que permitió su llegada al mundo y en el climax narrativo, el showman televisivo, ícono del Star System (Robert De Niro), que lo invita a su talk show para mofarse de su necesidad compulsiva de reír y de convertirse en un referente para retrucarle al poder y sus mecanismos, con rabia, violencia y desorden callejero, con gente desbordada y debidamente disfrazada con caretas de clown en homenaje al antihéroe que ha desatado la indignación colectiva. Confesar en la tele un crimen tiene que subir el sagrado rating, aunque las consecuencias se paguen con otro asesinato si de lo que se trata es de competir para ganar en el perverso cosmos del show bussines.
C
on alusiones de  guión a “Taxi driver”(1976) y al “Rey de la comedia” (1983) de Martin Scorsese, Joker tiene la particular sutileza de quedar liberada de las convenciones del personaje de comic, para internarse con osadía en la muy característica película de personaje/actor producida por la gran industria en la que se impugna al sistema desde el mismo sistema: Si eres un mal nacido, no te preocupes, los engranajes están preparados para que te conviertas en una entidad monstruosa que es a lo único que puedes aspirar en busca de unos minutos de gloria, porque este mundo usa y bota a los pobretones, y los convierte en criminales desde pandilleros juveniles hasta psicópatas con destino al psiquiátrico. 

En el sistema- mundo, en la contemporaneidad unipolar donde los negocios dominan las creencias, cuando las reglas de juego aplastan la autoestima, siempre habrá un Joker dispuesto a ofrecer un festival sangriento para beneplácito de la morbosa y acomodada existencia de la platea.


(Originalmente publicado en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides ANF el 15 de octubre)

La dupla que no fue


El 3 de diciembre de 2017, día de elecciones judiciales, emití un video por Facebook en el que predecía que el binomio de la embajada de los Estados Unidos para las elecciones de 2019 estaría conformado por Carlos Mesa y Oscar Ortíz. Dije entonces que Carlos D. se postularía a la presidencia aunque éste lo negara reiterativamente. Mi presunción se bifurcó en dos candidaturas que han terminado por confirmar que en estos casi catorce años de un solo presidente, las oposiciones tradicionalistas con vocación neoliberal no fueron capaces de construír, como debe ser, con paciencia y laboriosidad, un proyecto alternativo de centro derecha capaz de rebatir cada una de las hipótesis y certezas con las que Evo Morales y el Movimiento al Socialismo (MAS) pretenden ahora alcanzar un cuarto período consecutivo que los conduciría a gobernar Bolivia por casi veinte años, hasta 2025.

Si la principal dupla opositora fuera en este momento, Carlos Ortíz presidente – Carlos Mesa vicepresidente  -sí, en ese orden, aunque al andinocentrismo clasemediero y citadino le parezca inconcebible--, a pesar de los enormes vacíos conceptuales con los que han encarado el ejercicio de la política, y su casi nula contribución a la refundación de un sistema de partidos, estarían en condiciones de disputarle el triunfo al partido de gobierno, voto a voto,  y no como está sucediendo hasta ahora, según gran parte de las encuestas, en que sumados, los candidatos de Bolivia Dice No y de Comunidad Ciudadana, llegan con muchas dificultades al 30 por ciento, mientras el MAS se encamina a superar la valla del 40.

¿Por qué un binomio en ese orden de los factores? Porque sencillamente Ortíz forma parte del único partido político que después del MAS se ha configurado orgánicamente --desde Santa Cruz--, tomándose más en serio que el resto, la necesidad de articular un proyecto a partir de una estructura de características institucionales y porque tanto su candidato en condición de Senador y su jefe nacional, el Gobernador Rubén Costas, fueron los principales defensores de los resultados del referéndum del 21 de febrero de 2016, mientras Carlos Mesa, fiel a su estilo, andaba con una pata oficialista como vocero de la causa boliviana por el juicio planteado contra Chile ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) y con la otra, ese mismísimo 3 de diciembre de 2017, cuando todavía ejercía de columnista de diarios y profesor universitario, acusando al gobierno de autoritario. Es decir que Ortíz tuvo una sola conducta contra el gobierno y su proyecto prorroguista, en tanto Mesa, decía una y otra vez que no sería candidato, hasta que encontró en el Frente Revolucionario de Izquierda (FRI) el paraguas que lo ayudaría a guarecerse de las tempestades que le caían, una tras otra, con temas como los de Lava Jato y Quiborax que lo ponen en aprietos en lo que a transparencia y servicio público se refiere.

Otro sería el panorama electoral, a sólo un mes de la realización de los comicios, con un candidato cruceño potenciado por su propio departamento y debidamente secundado por otro que ya fue vicepresidente y tendría en esta, la oportunidad de reivindicarse luego de haberse desmarcado de Gonzalo Sánchez de Lozada para terminar siendo un presidente ni chicha ni limonada, y tratar de taparnos la boca a todos quienes reconocemos su soltura oratoria, pero lamentablemente, sobre todo, su falta de claridad para la toma de decisiones y para honrar la palabra empeñada: ”Ni olvido, ni perdón” para los responsables de Octubre Negro de 2003 en El Alto por ejemplo.

En esas condiciones, Mesa sería indirecta y seguramente readmitido en el electorado cruceño que no le perdona sus desaprensivas e irrrespetuosas declaraciones de ninguneo en los tiempos de lugarteniente de Goni y de presidente de los pañuelos blancos, y Ortíz con sus excelentes lazos a distintos niveles con los Estados Unidos, estaría puesto ahí como carta renovadora, con un pasado político muy discreto en calidad de funcionario del gobierno democrático de Banzer (1997 – 2001).
Ortíz – Mesa era la dupla ideal de la oposición para estas elecciones del 20 de octubre de 2019, pero pudo más el diegocentrismo  que la claridad estratégica. Primero fue Samuel Doria Medina el que pateó el tablero porque se consideraba, sí o sí, candidato, y no soportó que un monolítico Movimiento Demócrata Social (Demócratas) le plantara cara y lo mandara a pasear con sus ínfulas de colla predestinado. Más tarde, con Mesa no hubo caso de cerrar un acuerdo desde la gobernación de Santa Cruz con la consecuencia de que hoy, se encuentra tercero en la preferencia electoral cruceña y Ortíz tiene muy buena aceptación en sus propios pagos y en el Beni, pero en el resto de los departamentos no pasa del 5 por ciento de la favorabilidad.

Así han cerrado, sus apuestas los principales referentes de la oposición, divididos y perfectamente funcionales a la candidatura de Evo Morales. “Divide y vencerás” dijo lucidamente el Emperador Julio César, máxima que no hubo necesidad de aplicar ya que la fragmentación de las oposiciones bolivianas, fue obra exclusiva de ellas mismas que se encargaron de confirmar que si hay algo que no gobiernan con sensatez y equilibrio los hombres con distintos grados de vocación de poder, son sus inmanejables egos, aquellos que los conducen tantas veces a tomar decisiones erroneas. 




(Originalmente publicado en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides ANF el 24 de septiembre)


domingo, 11 de agosto de 2019

Gringos, balas, minas y candidatos


En época de Feria del Libro hay que recomendar sin ambages la extraordinaria investigación del estadounidense Thomas C. Field Jr. que con el título en castellano “Minas, balas y gringos – Bolivia y la Alianza para el Progreso en la era de Kennedy”,  disecciona de manera implacable, por la rigurosidad de los datos en los que se sustenta, lo secuestrada que estuvo la Revolución del 52 con un Paz Estenssoro, sobre todo a partir de la década de los 60,  absolutamente sometido a los direccionamientos del gobierno del legendario J.F.K. que condicionó la ayuda económica a nuestro país, a la penetración sin límites de la llamada Alianza para el Progreso, aparato con el que se activó el Plan Triangular, en plena Guerra Fría y el pretexto-argumento geopolítico de evitar que nos convirtiéramos en un estratégico satélite del comunismo que “estaban trabajando duro para subvertir el gobierno y convertir a Bolivia en un Estado de obreros y campesinos” (pag. 105, capítulo 2, El desarrollo como anticomunismo). 
Paz Estenssoro fue el arquetípico caudillo modernizador autoritario que usó el tenebroso Control Político para acallar a la derecha falangista y a la izquierda sindical minera de los históricos Juan Lechín Oquendo, Federico Escóbar e Irineo Pimentel. Y vaya que logró en gran medida su cometido, instalando campos de concentración y pertrechándose militarmente con la ayuda gringa para reprimir a los revoltosos de los centros mineros que querían una Bolivia soberana,  liberada de las ataduras impuestas por el imperio del norte, imperio que por supuesto existe y no es el producto del delirio de unos cuantos idealistas empecinados con cerrar sus puertas al mundo exterior para que nuestros recursos naturales no fueran aprovechados para beneficio propio antes que para saqueo ajeno como ha sucedido a lo largo y ancho de nuestra historia.
“Minas, balas y gringos…” fue publicado en mayo de 2016 por el Centro de Investigaciones Sociales (CIS) dependiente de la Vicepresidencia de nuestro Estado, y cuenta con la versión original en inglés editada por Cornell University Press.  El autor es profesor asociado y jefe de facultad de Estudios Globales en el Embry-Riddle College of Security y en el prólogo del libro, James Dunkerley ha definido esta monumental investigación  como “una valiosísima contribución a nuestra comprensión de la historia boliviana moderna y abre nuevas perspectivas sobre la Revolución Nacional , proporcionando un apasionante ejemplo de investigación forense que puede y debe ser emulado”.
Si hay un libro acerca de la historia sobre la Bolivia del siglo XX que se debe leer en quinto y sexto de secundaria es éste, porque con su solidez argumentativa y sus datos,  hecha abajo un sistema de creencias acerca de los mitos, los lugares comunes y las bondades per se de la Revolución movimientista que influyó en el acontecer nacional y en las administraciones gubernamentales, con Paz Estenssoro posteriormente asociado a Banzer en dictadura y democracia, entronizando el neoliberalismo (1985 -2005) y con Lechín Oquendo en frente, desde la izquierda, encabezando la resistencia obrera a la injerencia de los Estados Unidos en las decisiones sobre el aparato de poder y en las políticas económicas.
En “Minas, balas y gringos…” no hay párrafo que  tenga desperdicio. Nombres, lugares, hechos, planes estratégicos, situaciones de altísima conflictividad social, incluída una signficativa anécdota acerca de las sardinas podridas con fideo que le dieron de comer un grupo de mujeres mineras, al presidente de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) de entonces, Guillermo Bedregal Gutiérrez, ponen en evidencia cuan genuflexo fue “el Doctor Paz” con el gobierno de Kennedy y cuan resistentes y luchadores  fueron los mineros de la época, perseguidos y reprimidos cuando las violaciones a los derechos humanos estaban a la orden del día, en tiempos en los que de verdad existía persecución política a cargo de amos foráneos y peones criollos de la estrategia norteamericana anticomunista.
Se trata, además, de un perfecto mapa en el cuál podríamos realizar el ejercicio de extrapolar a los candidatos presidenciales de hoy al contexto de ese tiempo. Así tendríamos que Evo Morales sería Irineo Pimentel o Federico Escóbar, líderes de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) identificado por trayectoria con una auténtica causa nacional popular de las mayorías desposeídas, Carlos Mesa quedaría perfectamente mimetizado en cualquiera de los cargos ostentados por la alta jerarquía movimientista de entonces y Oscar Ortíz podría ser fácilmente un burócrata puntual y disciplinado, contratado por la embajada de Estados Unidos como parte del personal local.
 Hay que leer “Minas, balas y gringos”. Será una buena manera de conseguir que algunos puedan quitarse la venda prejuiciosa de los ojos, esa que consagra la ignorancia, el desconocimiento  y la inconciencia acerca de lo que en realidad está hecho este país, nuestro país, esta Bolivia que en seis años cumplirá doscientos años de “independencia” de vida republicana, y que sin dejar esa condición y cualidad, es desde hace diez años, en primer lugar, Estado Plurinacional.



Originalmente publicado el 07 de agosto en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)

jueves, 23 de mayo de 2019

El departamento


El chiste de la democracia pactada decía que Leopoldo Fernández era tan pobre que apenas tenía un solo departamento…el departamento de Pando. Prefecto y Cacique, el preclaro líder territorial del entonces más pobre y aislado territorio del país, manejaba vidas y haciendas para unos en el mejor sentido y luego para otros con el desenlace producido con las muertes de campesinos emboscados en una zanja en la zona de El Porvenir el año 2008.
En cambio, el departamento de propiedad horizontal del matrimonio Teresa Gisbert Carbonell-José de Mesa Figueroa, situado en el edificio Brasilia, calle Juan José Pérez esquina 6 de agosto, no cuesta ni a bala 30 mil, 19 mil o 55 mil dólares según pudiera establecerse a partir de un convencional avalúo comercial practicado por una entidad bancaria, porque sencillamente el metro cuadrado en zona tan céntrica, diagonal al monoblock central de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), está por encima de los mil dólares, ahora y también hace una década cuando fue adquirido por una señora de apellidos Hinojosa Imanareco. Si esa propiedad horizontal cuenta con una extensión de ciento veinte metros cuadrados, está claro que el precio es incluso mayor a los ciento dos mil dólares en que más adelante la misma ex pareja del Coronel Gonzalo Medina, lo habría  revendido con rotundo éxito.
No tengo la menor idea de los precios de los departamentos, -- mientras el hijo de José de Mesa se desgañitaba tratando de explicar y complicándose gratuitamente con el depósito que le hicieran a una de sus cuentas personales --,  que Evo Morales comenzaba a entregar a familias damnificadas por el deslizamiento de un apreciable número de viviendas en una deleznable zona de la ciudad, como lo son el 60 por ciento de las mismas en toda La Paz, según el mismísimo alcalde Luis Revilla. Es decir que esto me hizo notar que Mesa hijo no refirió una sola palabra de solidaridad con las familias caídas en desgracia que por ahora duermen en carpas en la cancha Fígaro, lo que lleva a suponer que calculó no decir ni pío en un asunto en el que el Gobierno Municipal de La Paz deberá dar explicaciones estructurales, superada la crisis, cuando al final de cuentas, los departamentos de los que dispone el gobierno nacional terminen cobijando a la gran mayoría de esas casi dos centenas de familias que lo perdieron todo por las inclemencias del cambio climático, las urgencias que no permiten elegir donde vivir y las irregularidades para autorizar construcciones donde sea y como sea.
Este lío sobre departamentos debe llevarnos inevitablemente a comparar las dimensiones simbólicas del departamento de Leopoldo Fernández, del departamento de los Mesa Gisbert y los departamentos del plan de vivienda gubernamental, felizmente deshabitados, para que pasaran a ocuparlos unas familias a las que jamás se les pasó por la cabeza ni por un segundo, que los sueños de la casita propia se les harían trizas en un abrir y cerrar de ojos.  El departamento de Leopoldo ha sido democratizado a lo largo y ancho, han dejado de mandar caciques de distintos tamaños y los pandinos ahora son más bolivianos que hace aproximadamente dos décadas. El departamento de los papás del ex vice y ex presidente, ha levantado dudas razonables acerca de cómo se vende y compra en Bolivia, de cómo se hacen transacciones inmobiliarias a través de, seguramente, escrituras públicas en las que figuran unas cifras y contratos privados en que aparecen los montos reales y completos.
Para redondear mi panorama sobre la propiedad horizontal, decidí examinar el archivo y me encontré con “El apartamento” (1960), película de Billy Wilder en la que el protagonista (Jack Lemmon) cedía el suyo a los jefes de su empresa, para que se convirtiera en refugio de amoríos clandestinos de los que participaba como amante la chica de la que se enamora (Shirley MacLaine). La crítica de distintas épocas considera esta sencilla película una obra maestra por su claridad argumental, la sencillez de su trama y el oficio de sus intérpretes, capaces de exponer los matices del comportamiento humano a partir de sus pulsiones, así que entre los distintos departamentos aquí abordados prefiero en primer lugar los de la solidaridad con los caídos en desgracia y el cinematográfico de Wilder que se refiere a la doble vida de tantos seres humanos, que en casa tienen una cotidianidad y en el departamento otra escondida, esa que no admite pruebas de su existencia.


Originalmente publicado en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF) el 08 de mayo

jueves, 14 de marzo de 2019

Menos calle que Venecia


En una más de tantas declaraciones forzadas,  el candidato ilustrado dijo que Evo Morales no tiene calle porque se la pasa viajando en helicóptero. El mismo sujeto ya se había equivocado atribuyéndole al Ministro de Comunicación, una declaración que hizo su propio escudero vicepresidencial el 31 de enero en entrevista concedida al diario que alienta su candidatura, en sentido de que a su propio binomio le faltaba calle, esto es, contacto con la gente de a pie, esa mayoría anónima que decide el destino democrático del país cada cinco años.
Diego Armando Maradona dijo de Mauricio Macri en tiempos en que conducía los destinos del club Boca Juniors, que tenía menos calle que Venecia, una más de esas metafóricas frases que grafican cómo se percibe a esos arquetípicos multimillonarios , y me parece que con bisoña sinceridad, Gustavo Pedraza se ha atrevido a reconocer que él y  Carlos Diego De Mesa Gisbert, carecen de lo mismo que según Maradona carece Macri, el mandamás bonaerense que se ha entregado con las manos “atados” al Fondo Monetario Internacional, cautivado por 50 mil millones de dólares y al carisma de su jefa, la longilínea Cristhine Lagarde.
Carlos D. dejó atrás esas aptitudes hipercríticas televisivas con las que defendía la capitalización pensada por Goni,   al haber decidido situarse en el barro de la politiquería de baja estofa con fuertes dosis de olvido e imprecisión, y cómo no, una insultante falta de autoexamen sobre su desempeño como sujeto de perfil público.
Si de honestidad intelectual se tratara, además, el candidato de CC debería obligarse a  escribirle una carta de agradecimiento al presidente del Estado Plurinacional que al nombrarlo portavoz de la causa marítima para el juicio ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) lo rescató de la intrascendencia con la que bajó de perfil en la última década impartiendo charlas a audiencias de universitarios desprevenidos y escribiendo sentencias en modo columna para diarios de derecha antimasistas en distinta gradación. Es a partir de Morales que Mesa decide labrar su candidatura y salir al paso ahora para acusarlo de “no tener calle” es cuando menos desagradecido.
Desde esta lectura, Carlos D. es el segundo candidato del MAS para las elecciones de octubre de este 2019, porque de no haber sido Evo,  no se habrían generado las condiciones para que el segundo vicepresidente de Goni  --quien se pasó por el forro el “ni olvido ni perdón” para reparar justicieramente la masacre de Octubre de 2003 producida en El Alto--, esté hoy nuevamente pontificando como sólo él sabe hacerlo en un contexto en el que sale ampliamente desfavorecido con esos insípidos encuentros de plaza principal que como bien ha dicho el Ministro Canelas saben a paquete turístico.
Y si de espacios públicos hablamos para intentar determinar quién conoce mejor estos, si Carlos D. o Evo Morales en un recuento de sus trayectorias, es necesario en primera instancia  definir que la carretera es la expresión rural de la calle urbana y  la cancha de fútbol del pueblo  el equivalente a la plaza del barrio, márgenes en los que nadie podrá desconocer –ni el propio Mesa, vecino acomodado del club de Golf de Mallasilla, La Paz—que Evo Morales ha sabido hacer de ese conocimiento y experiencia a cielo abierto, un instrumento de lucha que ha bloqueado muchísimas veces al partidismo MNR-MIR-ADN para defender la hoja de coca y los cocales, y para abrirse paso por esas mismas rutas, hacia la toma del poder como nunca antes había sucedido en Bolivia con un proyecto campesino de reivindicación de lo indígena, bajo los códigos del sindicalismo disciplinado al que la democracia meramente representativa no le era suficiente para buscar destino y luego empoderamiento en pleno arranque del siglo XXI, derrotando, entre otros, al mismísimo Mesa, el último de los presidentes neoliberales que dominaron nuestra escena entre 1985 y 2005 .
De calle le conocemos a Mesa que va al Megacenter de Irpavi para asistir al cine, generalmente acompañado por una amiga íntima, en su momento socia empresarial y mas tarde jefa de gabinete cuando ocupó el Palacio Quemado. Mesa no tiene calle o la tiene igual que Macri y tendrá que jalarle las orejas a Gustavo Pedraza por habernos removido la memoria. Como ejemplo demostrativo de esta afirmación, hay que recordar que huyó del Hernando Siles de un encuentro por copa Libertadores en el medio tiempo porque Bolívar perdía 1-5 contra el Atlético Paranaense (2002) y en la segunda etapa logró la proeza de lograr el 5-5 en un partidazo de esos que se recuerdan siempre.
Los que tenemos calle y nos conocemos al dedillo las arterias de nuestra La Paz, los que no negociamos los códigos de lealtad en la gradería futbolera, no nos movimos a pesar de la momentánea catástrofe, mientras él abandonaba la cómoda y exclusiva butaca numerada que tiene reservada invariablemente. Los goles de la academia los anotaron Miguel Mercado, Horacio Chiorazzo en dos oportunidades, Martin Lígori y Julio César Ferreyra y por supuesto que el opinador televisivo de entonces tuvo que resignarse a verlos en los reprises televisivos nocturnos.
El helicóptero que utiliza Evo Morales le sirve para bajar a la realidad de las provincias, aquellas, la gran mayoría, a las que ningún presidente en ejercicio jamás llegó. Mesa puede pretender hacerles creer a muchos lo que no es. Los que lo conocemos hace cuatro décadas, desde cuando trepaba con inequívoca prepotencia a  sus púlpitos de orador sentencioso, nos queda claro que se trata solamente de una figura pública sin la espontaneidad necesarias para el auténtico contacto callejero, tema sobre el que podría darle variadísimas lecciones el ahora presidente del Concejo Municipal de La Paz, Pedro Susz, con el que compartiera por muchos años la dirección de la Cinemateca Boliviana.




Originalmente publicado el 14 de marzo en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)

domingo, 10 de marzo de 2019

El Patrón del Bien


Un relator de Fox Sports subrayó el homónimo: Pablo Escóbar Gaviria fue el Patrón del Mal, el jerarca del narcotráfico colombiano que tanta muerte y tragedia sembró en su país, pero como estaba jugando el partido que narraba por Copa Libertadores, este otro Pablo Escóbar (Olivetti) se convertía, a partir de ese momento, en el Patrón del Bien. Desde entonces, el gran capitán atigrado, de estirpe futbolera paraguaya por temperamento, valentía y compromiso ha hecho honor al sobrenombre que le quedará para siempre, pues no sólo fue Patrón en el sentido hacendal de la palabra, como propietario territorial del campo de juego, sino también en las connotaciones del patrón de comportamiento que supo imponer constituyéndose siempre en una misma persona, en la cancha, en el vestuario o en el comedor de diario de su casa en el que comparte con disciplina cotidiana con su familia de compañera e hija argentinas, y de pequeños hijos bolivianos.
El 18 de diciembre de 2018, tal como lo había anunciado un mes antes, se retiro de la práctica del fútbol, fiel a la seriedad con la que se toma a si mismo. Dijo que colgaría los botines y con todo el dolor de sus entrañas en un partido en que The Strongest goleó a Blooming de Santa Cruz por el torneo de la división profesional, anotó cuatro despidiéndose del verde césped honrando su palabra porque a sus cuarenta años resultaba sensato determinar la hora de la partida.
Si existe una idea-fuerza que todavía me liga al fútbol boliviano, como fiel hincha atigrado marcado por el destino antes de nacer, esa se llama Pablo Daniel Escóbar Olivetti, con quien tengo grabadas, transcritas y editadas diez horas de conversación que convertiremos en libro durante este año a pesar de los vientos y mareas que nos lo han impedido hasta ahora. Grabamos en la soledad y en el silencio de los recintos soleados y deshabitados del estadio Rafael Mendoza Castellón de Achumani a fines de 2017 y en esos diálogos queda evidenciado cuan importante es, por lo menos para mí, como persona y periodista, que un referente de multitudes tenga la entereza cotidiana para hacer coincidir el Ser y el Parecer.
Muy rápido, muy de buenas a primeras, Pablo se convirtió veinte días después en el entrenador del equipo al que le entregó lo fundamental de su vida deportiva y en el que supo cultivar sus valores personales. Formado en una escuela nacional y a través de un programa virtual de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA), se hizo profesional en la materia y comenzó a dirigir a los compañeros con los que había compartido el tricampeonato y esa brillante Copa Libertadores de 2017 en la que Alejandro Chumacero fue uno de los goleadores con ocho anotaciones.
The Strongest está hoy en el podio de la tabla de posiciones del fútbol profesional, pero un traspié sufrido en condición de local, saliendo derrotado por Nacional Potosí, luego de ir ganando 2-0, el último jueves de febrero en el Hernando Siles,  ha situado a Pablo en zona de inestabilidad, de esas que suele fabricar cualquier hinchada a la que caracteriza el exitismo y la urgencia por resultados al día, asunto que exhibe el costado más desagradecido de este hecho socio cultural  llamado fútbol definido por el entrenador italiano Arrigo Sacchi como lo “más importante de lo menos importante”, considerando los millones de seguidores que en distintas intensidades consagran su tiempo libre animando a los equipos de los amores de cada quien.
La práctica dirigencial de los clubes bolivianos informa que ante las primeras señales de inestabilidad en materia de resultados, la propensión pasa por cambiar precipitadamente al técnico, y así tenemos varios que han girado una y otra vez por los mismos equipos, práctica que es una evidencia más de que en nuestro país el fútbol es frágil y poco competitivo internacionalmente, debido al cortoplacismo de miras. Mientras en el vecindario sudamericano se continúa trabajando en el mediano y largo plazo para generar nuevos valores de manera contínua, aquí se trata de de poner y sacar técnicos como si se tratara de pañuelos desechables: Se extraen de cajas que inicialmente tienen la apariencia de mágicas, se usan y se botan.
Los símbolos de las instituciones, aquellas figuras que han hecho historia por calidad, rendimiento y regularidad en cada una de sus actuaciones se merecen el respeto agradecido de sus seguidores. Ese es el trato que corresponde darle a este Patrón del Bien, un futbolista que ha vestido las camisetas atigrada y de la selección nacional con oficio, talento, pero sobre todo con una convicción propia de los líderes naturales, esos que deberán ser recordados por siempre, en este caso en las gradas de la Curva Sur del estadio de Miraflores, allí desde la cual, un puñado de delirantes y exitistas, confunde un mal resultado con una carrera impecable que se merece el bronce reservado para los héroes inmortales. 
Nuestro Pablo Escóbar es el Patrón del Bien,  y así lo tendremos presente por siempre aquellos que sentimos el “The Strongest levanta tu corazón” como una forma de ser, como una manera de vivir.


Originalmente publicado el 04 de marzo en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)



lunes, 18 de febrero de 2019

El Alpacoma de la política boliviana

Se han apoderado de las redes sociales versión boliviana, unos especímenes que ejercitan su empeño cotidiano en hacer del nuestro, un país ridículo que apuesta a no tomarse en serio a si mismo y que ha convertido la repostulación de Evo Morales en el principio y el fin de la vida planetaria. Es para quedar impresionado y de tanto sin sentido perpetrado de a 140 caracteres por minuto, será bueno tener claridad y cierta experiencia para decidir si desternillarse de risa o ponerse a llorar con la dignidad de quien sabe hacerlo sin buscar consuelo.
Bolivia es hoy, en términos generales, una nación de naciones sin partidos políticos, y con candidatos presidenciales que compraron o se prestaron siglas. Mesa se hizo del FRI.  Cárdenas de UCS. Paz Zamora regresa a su fuente primigenia --el PDC-- que le cierra espacio a una señora que vive en un helicóptero creativo inventando bases venezolanas allí donde nunca las hubo ni las habrá.  El hijo del chapaco Gringo Limón encabeza la candidatura de un MNR que ya no es un partido hace mucho, sino una broma melancolica de un ayer que persiste en revalidarse durante un siglo XXI signado por nuevas formas de percibir y aprender la vida.
 Así tenemos a Mesa con la sigla del  partido fundado por el Motete Zamora que nació a la vida institucional como maoísta y acabó en los brazos de Paz Estenssoro y Banzer. También figura Cárdenas, el otrora katarista palmoteandose con unos reaccionarios e intolerantes evangélicos de Santa Cruz de la Sierra que, juntos, lograron manotear la sigla del partido de Max, el cervecero, un asistencialista que quiso ser presidente y encontró la muerte antes de  tiempo, pero más vale que ahorremos más descripciones allí donde lo que encontramos a cada paso son anécdotas, unas debajo de otras, en forma de tweets. Los dos, Mesa y Cárdenas, hay que recordarlo siempre, fueron vicepresidentes de Gonzalo Sánchez de Lozada y Sánchez Bustamante.
Con la excepción del Movimiento al Socialismo (MAS) que es una confluencia en que cohabita la multitud plebeya con todas sus formas, colores y olores, desafiando la autosuficiencia letrada de variados presuntuosos que leyeron mucho y comprendieron poco, y el centro derechista Movimiento Demócrata Social (MDS) de Santa Cruz, en la desintitucionalizada política boliviana hay siglas con personería jurídica vaciadas de inteligencia, visión de mundo, visión de país, militantes, instancias jerárquicas orgánicas o células barriales.  En el primer caso, el candidato formalmente ingresado en el escenario electoral –ese era su objetivo medular en estas primeras primarias—es el tres veces electo con mayoría absoluta Evo Morales, y en el segundo caso, encontramos a un Senador de nombre Oscar Ortíz que estoy casi seguro, ni siquiera sabe como ejecutar el paso básico de la cumbia.  El uno antiimperialista a más no poder, y el otro, pro yanqui, como lo confirman sus distintas ligazones con partidos políticos del circuito de la derecha latinoamericana alineada con Washington y con fundaciones entrenadas en tratar de penetrar sin permiso nuestras dignidades combatientes a tutelajes e injerencias como las que se ejercitan a diario contra la muy lastimada Venezuela de Nicolás Maduro.
Ese el patético panorama que nos encara hacia octubre de este recién nacido 2019: 1. Bolivia dijo no, pero también dijo Sí. 2. El Vice desplegando su mejor esfuerzo para explicar los impresionantes números de la nueva economía asentada en un modelo distinto al mercantil neoliberal, pero seguramente, como él mismo dijera, preocupado porque concurrieron a las urnas menos de la mitad de los militantes de su partido. 3. Samuel al que por fin le demostraron que no siempre una candidatura es posible solamente con una chequera rotunda y quedó fuera del ruedo sin siquiera haber ingresado al vestuario para jugar. 4. La sarta de portavoces remunerados, operadores disfrazados de analistas neutros que acuden a impartir capacitaciones a Los Yungas, que cuando están en la ciudad, juegan agazapados sobre sus teclados a escribir cuanta bazofia crean necesaria para hacer un Alpacoma virtual, un relleno que de sanitario tiene nada, y de miseria humana lo viene completando casi todo.
Y si de relleno sanitario las redes sociales invadidas por la politiquería no muestran nada, como botadero de desperdicios tóxicos cumplen todos los requisitos: Insultos, agravios, calumnias, injurias, difamaciones, racismo, misoginia, homofobia, falsedades e inexactitudes estadísticas, lo que significa que se han pasado trece años indigestados con el “Indio Presidente” y nunca se detuvieron a planear un proyecto genuinamente alternativo, capaz de remplazar la democracia pactada (1985 – 2005) que cumplió su ciclo hecha añicos y conseguir, con ambición inteligente, derribar el proyecto masista que a esta hora sigue siendo el único con Introducción, Desarrollo y Desenlace, tal como ya se pusiera de manifiesto en la Asamblea Constituyente en la que ganó el Sí frente  a la negación, esa con la que persisten en arrancar a Evo de la silla presidencial que ha pasado del piso dos del Palacio Quemado, al veintitantos de su nueva oficina situada en un rascacielos que lleva el nombre de Casa Grande del Pueblo, y en la que casi nunca está porque sigue viajando a tres o cuatro zonas rurales por día.
Frente a tan desolador panorama carente de creatividad, el pasado fin de semana fui a ver “La mula”, última película del gigante y conservador Clint Eastwood que a sus 90 años sigue demostrándonos que pueden existir ciudadanos de derecha dignos y coherentes, que si se atreven a ingresar en el circuito del narcotráfico articulado por los carteles mexicanos, saben que les espera la cárcel, declarándose culpables en los estrados judiciales sin necesidad de que los abogados hagan su trabajo…aquí no, los representantes del conservadurismo señorial y nostálgico no tienen nada que ofrecerle al país hasta ahora y cuando cometen delitos cuelgan el cartel de “persecución política”. Supongo que inventarán algo a  título de “programas de gobierno” en los próximos diez meses para justificar su travesía hacia las elecciones de octubre. Como alguna vez dijo el ahora octogenario Jaime Paz Zamora: Qué difícil es amar a Bolivia.





Originalmente publicado el 30 de enero en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)

lunes, 24 de diciembre de 2018

Travesía electoral (De Goni a Evo)


Después del trauma colectivo producido por el descalabro del gobierno de la UDP (1982-1985), fulminado por el salarialismo cobista y el boicot de las bancadas empresariales instaladas en  el parlamento de entonces (MNR-ADN), se desdibujaba el horizonte utópico, propio de los idealismos de los 60 y 70, con la reaccionaria visión de los que se empeñaron en convencer a la siempre temerosa y vacilante clase media que los comunistas asociados con los miristas y los movimientistas de izquierda encabezados por Hernán Siles Zuazo, se comerían a nuestros niños, nos arrebatarían nuestras casas y el populacho se apoderaría el país. “La indiada se nos viene encima” diría una tía de esas que respiraba racismo por todos los poros. 

La hiperinflación inauguró un estado de derecho con libertades libertinas que precipitaron el adelantamiento de elecciones y  la apertura de una ventana por la que Jaime Paz Zamora se coló en la papeleta de presidenciables, resignándose a que, finalmente su tío Victor (Paz Estenssoro) sería presidente sin ganar elecciones, asociándose con Banzer como ya lo hiciera en el golpe de Estado en 1971, inaugurando la democracia pactada todavía sin repartija de poder y pegas: El General vivía urgido por demostrar que era tan demócrata como sus pares de la multicolor y multisigno, con el nefasto antecedente de que siete años antes cerraba otros siete de dictadura con Plan Cóndor y masacres de Tolata y Epizana incluídas.

Desde entonces he ejercido ciudadanía en las urnas, en aquella elección de 1985 votando en blanco. Cuatro años después no dudé en marcar por el candidato que se desataba las manos y evitaría que el ex dictador ingresara a Palacio por la compuerta democrática: Goni  no era de izquierda, pero su aparente centrismo prometía librarnos del reingreso de  la bota militar con el betún abrillantado por ese voto duro con  promedio de 20 por ciento, a la silla presidencial. Años después caeríamos en cuenta que el dictador desarrollista de los 70 no era desde la ideología económica muy diferente de ese Sánchez de Lozada que terminó sus días de vida pública como un vulgar represor inducido al suicidio poltico por su Ministro de Defensa, Carlos Sánchez Berzaín.

Banzer, Paz Estenssoro y Sanchez de Lozada, secundados por Paz Zamora, adscribieron a Bolivia al unipolar neoliberalismo que impidió por dos décadas consecutivas la emergencia de un proyecto alternativo que nos permitiera comprobar esperanzados que otra izquierda era posible. Así sobrevivimos durante ese tiempo en el que nos convencieron que el pragmatismo insensibilizado con las variopintas demandas sociales era el único camino para que el país no se nos muriera.
Rehacios al militarismo dictatorial sudamericano de los 70-80  debidamente digitado por el departamento de Estado norteamericano, creímos con espantosa ingenuidad que Goni sería el empresario distinto que cambiaría las cosas, pero lo único que logró fue posponer, --aparte de dibujar las condiciones del nuevo saqueo a cargo de las transnacionales que tomaría forma en su siguiente gobierno (2002-2003) -- la llegada del General a la presidencia, cosa que finalmente sucedería en 1997, elección en la que al igual que en 1993, no volví a votar por el que ni siquiera llegó a Bachelor en Filosofía y Letras de la Universidad de Chicago, cineasta aficionado y exitoso millonario de la empresa minera mediana COMSUR.   

Voté por Goni en 1989, y en elecciones municipales una vez por Juan del Granado (2004) y otras dos por Luis Revilla (2010 y 2015), convencido de la importancia de la continuidad institucional y programática para La Paz, y fue en 2002 que sufragué por segunda vez en mi vida electoral por un candidato presidencial con el criterio de no entregarle el parlamento en charola de plata a los gonistas, banzeristas y a los manfredistas (de Reyes Villa) y decidí marcar por Evo Morales que perdió apenas por una diferencia de 1.62 por ciento de los votos con un extraño corte de luz en medio de un crucial recuento nunca debidamente explicado por esa Corte Nacional Electoral presidida por nuestro maestro de la Comunicación, Luis Ramiro Beltrán. A partir de entonces continué votando por Evo --2005, 2009 y 2014--, y además voté por el Sí en el referéndum revocatorio que se transformó en ratificatorio (2008), lo mismo que por la nueva constitución política (2009) y por una nueva repostulación el año 2016 con el mismo criterio por el que voté por Del Granado y Revilla para Alcaldes, el de la prioritaria continuidad, en el entendido de que el ciclo político que persigue el objetivo central de la erradicación total de la pobreza extrema no debía ser interrumpido en el contexto de la llamada Agenda 2025, objetivo mucho más posible de alcanzar con el nuevo modelo económico que con el clásico liberal del que ya sabemos cómo fracasó y por qué terminó desmoronándose con presidente escapando en helicóptero desde el colegio Militar de Irpavi.

En la democracia de elección presidencial indirecta, Paz Estenssoro fue presidente con el 30 por ciento de los votos (1985), Paz Zamora apenas con el 22 por ciento (1989), Sanchez de Lozada con el 35 por ciento (1993), Banzer nada más que con el 22 por ciento (1997), con el mismo porcentaje Sanchez de Lozada para su segundo mandato –22 por ciento—(2002) y luego vendrían las palizas de legitimidad propinadas por el sorprendente Evo Morales que ganó la primera vez con 54 por ciento (2005), 64 por ciento la segunda (2009) y 61 por ciento la tercera (2014).

En el referéndum revocatorio convertido en ratificatorio, Morales logró un aplastante 67 por ciento (2008) y la aprobación de la nueva Constitución Política del Estado alcanzó un 61 por ciento (2009). Desde entonces nos convertimos en Estado Plurinacional de Bolivia y demasiadas cosas han cambiado significativamente para el país, incluída una trama de culebrón muy de melodrama latinoamericano, en el que una señora que ha debido pasar una apreciable cantidad de veces por el cirujano plástico jugó a la mentira mediática propiciada por algún loco del parque  -- todas las ciudades tienen sus locos del parque—que primero afirmó que esta dama había sido madre de un hijo del presidente, para luego de conseguido el triunfo del No el 21F, el mismo personaje dijera que no había hijo. La acusación pasaba por tráfico de influencias entre esta señora de apellido Zapata y el primer mandatario, cosa que nunca pudo demostrarse , pero que sirvió perfectamente, a través de una mentirosa operación mediática, para que el No se impusiera al Sí por tres puntos, cerrándole el paso a la modificación del artículo 168 de la Constitución Política del Estado que permitiría la repostulación presidencial.

Esta es la historia electoral boliviana en las casi cuatro décadas de democracia ininterrumpida de la que goza Bolivia. Hoy nos encontramos en un atolladero polarizador porque una sentencia constitucional habilitó a Evo Morales para ser nuevamente candidato en las elecciones de octubre de 2019, reconociendo su derecho humano a postularse. Bolivia dijo No, pero Bolivia también dijo Sí –51 contra 48 por ciento—y esa es la contradicción principal entre quienes profieren alaridos en sentido de que Evo no tiene más derecho a ser candidato, y los otros, pertenecientes a las organizaciones de indígenas, campesinos, trabajadores urbanos y neocapitalistas de nuevo tiempo, están persuadidos de lo contrario. El show debe continuar.


Originalmente publicado en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF) el 18 de diciembre

lunes, 5 de noviembre de 2018

Felicitaciones para un supremacista


“Macaco” y “negro de mierda” le profirió el futbolista argentino Leandro Desabato (Quilmes) a su colega de profesión, Grafite, entonces jugador del Sao Paulo. El incidente se produjo el 13 de abril de 2005, durante el desarrollo de un partido de Copa Libertadores de América en el estadio Morumbí, lo que motivó que efectivos policiales, ni bien el jugador rioplatense traspuso la línea de cal cuando se cumplieron los 90 minutos, fuera detenido durante cuarenta horas, y su club se viera obligado a pagar casi cuatro mil dólares para que se instruyera su liberación. Entonces, hace trece años, estaba muy claro que los dichos racistas eran condenados social y penalmente en un país en que por fin los pobres, los desheredados de la tierra, se convertían en prioridad democrática.

Las cosas han cambiado, transcurrida algo más de una década, porque un candidato a la presidencia, perteneciente a la más nauseabunda derecha que pudiera existir en el planeta que hasta la propia Marine Le Pen ha condenado desde París, ha utilizado un lenguaje de odio y discriminación étnica durante toda su campaña, emprendiéndola contra mujeres, afros, homo y transexuales. Ese candidato que lleva el sugestivo Mesías como segundo nombre es ahora el presidente electo del Brasil, y  varios políticos han saludado su triunfo calificando la elección de “limpia” entre los que hay que destacar a Luis Almagro como Secretario General de la OEA, Sebastián Piñera, presidente de Chile; el ex presidente Jaime Paz Zamora,  los exvicepresidentes de Gonzalo Sánchez de Lozada, Victor Hugo Cárdenas y Carlos Mesa; el exvicepresidente de Hugo Banzer, Jorge Quiroga; el alcalde suspendido de Cochabamba, José María Leyes y otros anticomunistas que viven en una especie de guerra fría mental, pertenecientes a las llamadas plataformas ciudadanas que defienden con uñas, dientes y quién sabe con qué otras armas si lo consideraran necesario, el  resultado del referéndum del 21F2016.

Algunos otros, medianamente más astutos, han preferido enviar congratulaciones a la democracia y al pueblo brasileño en genérico, a sabiendas de que la personalización de los parabienes es implícitamente un reconocimiento a que en las reglas de juego, más importa el juego que las reglas, ya que no puede generar dudas que las autoridades electorales le han permitido a Jair Mesías Bolsonaro, decir que lo que se le pegara la gana, apelando, además, a las noticias falsas esparcidas a través de las redes sociales para consolidar el voto en aquellos como él que creen en un Brasil blanco, de ojos azules, incapaces de mezclarse con escorias humanas como los migrantes bolivianos, tal como en su momento el campante ganador, ex capitán de ejército, tributario de las dictaduras militares, lo afirmara sin ambages, superando las torpezas y los excesos de otro parecido a él, llamado Donald Trump.

Los grandes líderes y tomadores de decisiones pertenecientes a la izquierda y el progresismo no deben darse el lujo de subirse en los aviones de los ricos, de los Marcelos Odebrecht, de los propietarios de OAS, de los Queiroz Galvao o de los Camargo Correa, y menos ceder ante coimeras tentaciones que desnaturalizan su génesis política e ideológica. Que eso lo sigan haciendo los conversos y los culipanderos que tienen como proyecto invariable el privilegio del mercado por encima de las necesidades apremiantes de los sectores más deprimidos de la sociedad. “La estrategia de la izquierda es no robar” ha dicho lucidamente Pepe Mujica desde Montevideo, porque la corrupción debe continuar siendo una marca distintiva de los conservadores, de los adoradores del capital transnacional, de los facilitadores de la explotación despiadada de los trabajadores del campo y las ciudades,  del saqueo y el despojo de nuestra biodiversa riqueza, de aquellos que en el fondo son tremendamente parecidos a Bolsonaro, pero que su hipocresía políticamente correcta y un cierto pudor por el respeto a valores humanos elementales, les impide poner en evidencia a través de un discurso o un tweet.

Bolsonaro presidente será algo distinto que Bolsonaro candidato. Moderará su lenguaje, muy probablemente aprenderá a medir sus palabras, pero ningún cambio de estilo o tono impedirá que deje de creer en el supremacismo como guía de sus acciones,  para controlar la sociedad y la economía. Privilegiará a los poderosos empresarios, restituirá privilegios y escenarios para los altos mandos militares. y el resto, incluídos los 45 millones que votaron por el tardío candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, deberán someterse a sus criterios de orden y limpieza, incluído Luiz Inácio Lula da Silva al que tratarán de pudrir en la cárcel de Curitiba y Dilma Roussef, que no logró ganar el curul de Senadora por Mina Gerais, alejada de la presidencia a través de un golpe de Estado “suave” por presuntos hechos de corrupción que hasta ahora no han sido demostrados.

El panorama internacional es patético si se considera que al ex izquierdista uruguayo, Luis Almagro, empleado de alto standing del sistema interamericano financiado por los Estados Unidos, celebra el triunfo de Bolsonaro y persiste en su campaña en la que tacha de dictador a Nicolás Maduro: Está claro, es preferible un explícito militante del conservadurismo y de la derecha, que un converso, como los hay tantos en nuestras comarcas, que terminan alinenadonse con quienes, comenzando desde la retórica electoral, pisotean los preceptos consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, vigentes desde 1948. 




Originalmente publicado el 31 de octubre en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)

martes, 23 de octubre de 2018

Post La Haya: Con el resultado puesto


Forman parte del comemierdismo  --para algunos toda una corriente filosófica—aquellos que juegan a estupendos, insinuando siempre el “te lo dije”, cuando antes de que sucediera lo peor, callaran la boca por ser políticamente incorrecto ir a contracorriente del sacrosanto patrioterismo en el que propios y extraños, izquierdas y derechas, dicen coincidir en que el regreso soberano al Oceano Pacífico es un bien mayor, por tratarse de la reparación de una injusticia y de la puerta hacia el mercado internacional que ayudaría a modificar en positivo las relaciones económicas de Bolivia con el mundo.

Insisto en que la demanda presentada ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) fue impecable. Que se trabajó con denuedo desde 2013, cuando ni imaginábamos que algún día llegaría un 21F o un fallo controvertido del Tribunal Constitucional. Se emprendió esta suerte de estrategia y aventura para intentar sacudir a Chile, el “adversario indolente” según Jaime Paz Zamora (1993), frase que precipitó la renuncia de su Canciller, Ronald MacLean Abaroa, a diez días de la finalización del gobierno del Acuerdo Patriótico. El sacudón internacional se prolongó por un lustro y con el fallo emitido el pasado 01 de octubre hay un explícito reconocimiento, en la parte introductoria del documento de 178 párrafos, que nuestro país nació a la vida independiente con 400 kms. de costa marítima, contenido central astutamente invisibilizado por la estrategia celebratoria de comunicación política del gobierno de Sebastián Piñera.

Sin duda que perdimos, que el objetivo de que la Corte conminara a Chile a la obligatoriedad de un diálogo negociador para una salida soberana no se cumplió porque el conservadurismo de la mayoría de los jueces, la correlación de fuerzas entre el país demandante y el país demandado, y un presunto lobby pudieron más, pero esa derrota no es lo catastrófica que pretenden los militantes del comemierdismo, esos que en lugar de cerrar filas en nombre de los intereses bolivianos, utilizan el tema para conectarlo con los ímpetus prorroguistas del presidente Evo Morales en sentido de que el fallo, si va a ser reconocido por ganador y perdedor, debe serlo en todos sus alcances y no solamente por lo que dice el artículo 177, porque Chile tendrá claro ahora que hay una instancia jurídica internacional que acepta que Bolivia tuvo Litoral, que éste fue arrebatado por una invasión y una guerra sucia, y lo más importante: Que no haya obligatoriedad, a pesar de los varios y consistentes antecedentes presentados por nuestro país, no significa que el problema pendiente haya desaparecido, hecho que la misma CIJ reconoce en el artículo 176, y por lo tanto, los chilenos saben que Bolivia jamás renunciará su derecho a regresar a lo que ese eslogan militar llama “los puertos del progreso”.

Candidatos fracasados siempre con menos del 10 por ciento en las encuestas, oportunistas con un pie adentro y otro afuera --utilizando el problema marítimo para beneficiar imagen y proyección estrictamente individuales-- tránsfugas que dan lecciones de democracia desde el derecho y la ciencia política, operadores-opinadores que le pegan en el palo apostando al candidato equivocado para generar una unidad opositora que no va a producirse, columnistas que redactan a coro “la derrota de Evo” como si no se tratara de un emprendimiento en que todos jugábamos con la misma camiseta, conforman el patético escenario público clasemediero obsesionado con que “el indio tiene que irse”, como si Bolivia comenzara y terminara con su presencia o su ausencia en el poder, luego de doce años de una abrumadora acumulación de hechos demostrables acerca de cómo este país es bastante diferente del que teníamos hasta diciembre de 2005.

Hablar con el resultado puesto, pontificar desentendiendosé del involucramiento que pocas horas antes les era útil, pone en evidencia que los fantasmas del pasado quieren ahora llegar hasta los últimos pisos de la Casa Grande del Pueblo, cuando las reglas de juego dicen que el orden de los factores sí altera el producto porque una cosa era el neoliberal trípode Mercado-Estado-Sociedad y otra muy distinta es el triángulo Estado-Sociedad/Mercado. Con esos jugadores que usan el “resultado puesto” para operar en favor de ciertos intereses, muy lejanos a las aspiraciones y demandas de las mayorías nacionales, no hay caso: Hace mucho que viven con respiradores artificiales.


Originalmente publicado el 10 de octubre en la sección Opinión de la Agencia de Noticias Fides (ANF)

La capitulación chavista

  Desde el viernes 27 de febrero, Bolivia se ha convertido en un país serie B. Se trata del último cherry comunicacional que ha terminado po...